Historia de Argentina

Como todos los países latinoamericanos, Argentina arrastra una historia tumultuosa manchada por períodos de gobierno despótico, corrupción y miseria. Sin embargo, también tiene una cara ilustre, la que retrata a un país que se halló en su día entre las grandes potencias económicas mundiales. Es el país del tango y de iconos internacionales como los gauchos, el general San Martín o Jorge Luis Borges. Comprender el pasado de Argentina resulta decisivo para entender su presente y a los propios argentinos.

Pueblos nativos

Muchos pueblos nativos recorrieron lo que muchos siglos después sería Argentina. En las pampas vivieron los cazadores-recolectores querandís; en el norte estaban los guaranís, eran agricultores y pescadores semisedentarios. En la región de los lagos y la Patagonia, los pehuenches y puelches recogían los piñones de la araucaria y los mapuches entraron en esa región por el oeste conforme los españoles avanzaban hacia el sur desde Perú. En la actualidad existen varias reservas mapuches, en especial en la zona cercana a Junín, en los Andes.

En Tierra del Fuego, las culturas selknam, haush, yagán y alacaluf vivieron como cazadores-recolectores nómadas hasta que la llegada de los misioneros británicos acabó con ellas. Pese al inclemente tiempo, vestían poca ropa o ninguna; sus fuegos los mantenían calientes y de ahí el nombre de la región.

La zona noroccidental era la más desarrollada. Varios grupos indígenas, en especial los diaguitas, practicaban la agricultura de regadío en los valles de las estribaciones orientales andinas. Recibieron la influencia de Tiahuanaco, en la actual Bolivia, y luego, del Tawantinsuyo inca, que se expandió militarmente al norte y al sur desde Cuzco durante el s. XV. En la provincia de Salta, las ruinas de la ciudad de Quilmes constituyen uno de los lugares preincas mejor conservados.

Llegada de los españoles

Una década después de que Cristóbal Colón descubriera accidentalmente América, otros exploradores europeos empezaron a inspeccionar el estuario del río de la Plata. Casi todas las primeras exploraciones llevadas a cabo en la zona estaban motivadas por los rumores de que aquellas tierras ocultaban inmensas cantidades de plata. Sebastián Caboto, veneciano al servicio de España, en un exceso de optimismo, le puso tal nombre, y para dar aún más pábulo a la leyenda, una parte del nuevo territorio fue nombrada según la voz latina que designa la plata (argentum). Pero riquezas minerales como las que tenía el Tawantinsuyo inca jamás afloraron en esta región, tan impropiamente bautizada.

En 1536 el aristócrata español Pedro de Mendoza fue el primero en intentar establecer una colonia permanente en el estuario. Desembarcó en la zona de la actual Buenos Aires, pero los indígenas querandís reaccionaron con violencia. Al cabo de cuatro años, Mendoza se retiró sin una sola onza de plata y el destacamento de soldados que dejó se desplazó río arriba, hacia la menos hostil Asunción, actual capital de Paraguay.

Liderazgo del noroeste

Aunque los españoles refundaron Buenos Aires hacia 1580, siguió siendo un lugar atrasado en comparación con los asentamientos andinos fundados por otro contingente español, independiente y más eficaz, que se adentró en el sur desde el Alto Perú (hoy Bolivia). Durante la segunda mitad del s. XVI, los españoles erigieron unas dos docenas de ciudades en lugares tan meridionales como Mendoza (1561), vinculadas a la fortaleza colonial de Lima, y financiadas por la rica mina de plata de Potosí.

Los dos principales centros eran Tucumán, fundada en 1565, y Córdoba, en 1573. Tucumán se hallaba en el corazón de una región de gran riqueza agrícola y suministraba al Alto Perú grano, algodón y ganado. Córdoba se convirtió en un importante centro de conocimiento, y los misioneros jesuitas fundaron estancias (ranchos) en las sierras para abastecer al Alto Perú de mulas, alimentos y vino. La Manzana Jesuítica de Córdoba conforma hoy el conjunto de edificios coloniales mejor conservado del país, y varias estancias jesuitas de las Sierras Centrales se mantienen también en buen estado; estos lugares, junto con las plazas principales de Salta, ciudad fundada en 1582, poseen la arquitectura colonial más valiosa.

Buenos Aires: del contrabando a la prosperidad

A medida que prosperaba la región noroeste, Buenos Aires decidió aprovechar a su favor las restricciones comerciales monopolísticas impuestas por la Corona española. Como su situación era ideal para el comercio, se dedicó al contrabando ilegal con el Brasil portugués y las potencias europeas no peninsulares. La riqueza que fluía por la ciudad espoleó su crecimiento.

Con el declive de las minas de plata de Potosí a finales del s. XVIII, la Corona española hubo de reconocer la importancia de Buenos Aires para el comercio transatlántico. La Reformas Borbónicas relajaron las restricciones previas y, en 1776, se creó un nuevo virreinato, el del Río de la Plata, formado por los actuales territorios de Argentina, Paraguay, Uruguay y parte de Bolivia, con capital en Buenos Aires.

En el nuevo virreinato hubo disputas internas sobre el control del comercio, pero cuando los británicos atacaron la ciudad en 1806 y de nuevo en 1807, en un intento por hacerse con las colonias españolas durante la invasión napoleónica de la península Ibérica, la respuesta fue unánime. Los lugareños se unieron contra los invasores y los repelieron.

A finales del s. XVIII surgieron también los gauchos de la pampa; cazaban ganado salvaje y domaban a los caballos cimarrones abandonados por las expediciones que iban al Río de la Plata.

Independencia y guerra civil

Hacia finales del s. XVIII, los criollos comenzaron a mostrar su descontento con las autoridades españolas. La expulsión de las tropas británicas de Buenos Aires dio a las gentes del Río de la Plata mayor seguridad en su capacidad para dirigir su destino. El 25 de mayo de 1810, dos años después de que Napoleón invadiera España, Buenos Aires declaró su independencia.

En la década de 1820 se sumaron varios movimientos independentistas por toda Sudamérica. Bajo las órdenes del general José de San Martín, entre otros, el 9 de julio de 1816, las Provincias Unidas del Río de la Plata (precursoras de la República Argentina) declararon su independencia en Tucumán.

Pero las provincias estaban unidas solo en teoría. A falta de una autoridad central, las disparidades regionales, hasta entonces soterradas por el dominio español, se hicieron cada vez más patentes, dando como resultado el auge de los caudillos, que se resistieron a Buenos Aires.

A raíz de ello, la política argentina se dividió entre los federalistas del interior, que abogaban por la autonomía provincial, y los unionistas de Buenos Aires, defensores de la autoridad central de su ciudad. Durante casi dos décadas, los sangrientos conflictos entre ambas facciones dejaron al país extenuado.

Hegemonía de Rosas

En la primera mitad del s. XIX, Juan Manuel de Rosas cobró prominencia como caudillo en la provincia de Buenos Aires representando los intereses de la oligarquía rural y los hacendados. En 1829 se convirtió en gobernador y, al tiempo que defendía la causa federalista, contribuyó a centralizar el poder político bonaerense proclamando que todo el comercio internacional se canalizara a través de la capital. Su hegemonía duró más de 20 años, hasta 1852, y sentó funestos precedentes en la política argentina con la creación de la tristemente famosa Mazorca (su despiadada policía política) y la institucionalización de la tortura.

Bajo su mando, Buenos Aires siguió dominando la nueva nación, pero su extremismo se volvió contra él. Finalmente, en 1852, el caudillo rival Justo José de Urquiza (antiguo defensor acérrimo de Rosas) organizó un poderoso ejército y lo depuso. Lo primero que hizo Urquiza fue esbozar una nueva Constitución, que se formalizó el 1 de mayo de 1853 mediante una convención en Santa Fe.

La efímera edad de oro

Al segundo presidente de Argentina, Bartolomé Mitre, le preocupaba la construcción del país y el establecimiento de infraestructuras, pero sus buenos propósitos se fueron al traste al estallar la Guerra de la Triple Alianza, que duró de 1864 a 1870 y en la que Argentina, Brasil y Uruguay se enfrentaron a Paraguay. Cuando Domingo Faustino Sarmiento, maestro y periodista nacido en San Juan, accedió a la presidencia de la República, el progreso llegó de verdad a Argentina.

La economía capitalina experimentó un notorio auge y atrajo a un aluvión de inmigrantes llegados de España, Italia, Alemania y la Europa del Este. Los nuevos residentes que trabajaban en la zona del puerto y malvivían en las casas de vecindad crearon el famoso tango bonaerense en los burdeles y tabernas. En otras partes del país, los refugiados vascos e irlandeses se convirtieron en los primeros pastores cuando el número de ovejas y de exportaciones de lana se multiplicó casi por 10 entre 1850 y 1880.

Sin embargo, los colonos no podían acceder todavía a la mayor parte del sur de la Pampa y la Patagonia debido a la resistencia que ofrecían los indígenas mapuches y tehuelches. En 1878, el general Julio Argentino Roca llevó a cabo una campaña contra los indígenas a través de la eufemísticamente llamada Conquista del Desierto. La ofensiva dobló la extensión del territorio que se hallaba bajo control estatal y abrió la Patagonia a los colonos y sus ovejas.

A principios del s. XX, Argentina contaba ya con una extensa red ferroviaria (financiada en su mayor parte con capital británico), que nacía en Buenos Aires y se desplegaba en todas las direcciones. No obstante, aún planeaba sobre el país la negra nube de su vulnerable economía. La industria era incapaz de absorber toda la inmigración, creció el descontento de los obreros y las importaciones superaron a las exportaciones. Finalmente, con la Gran Depresión, los militares se hicieron con el poder en un clima de extrema inquietud social. Entonces, un desconocido militar, entre mesiánico y populista, el coronel Perón, se convirtió en el primer dirigente que trató de asumir la crisis económica del país.

Juan Perón

Juan Domingo Perón adquirió notoriedad en la década de 1940 al convertirse en la figura política más reverenciada de Argentina, pero también en la más despreciada. Alcanzó fama nacional como jefe del Departamento Nacional de Trabajo, después de que en 1943 un golpe de Estado militar derribara al Gobierno civil. Con la ayuda de su segunda esposa, Eva Duarte (Evita), se presentó a presidente y ganó las elecciones en 1946.

Durante sus visitas previas a la Italia fascista y a la Alemania nazi, el presidente había descubierto la importancia del espectáculo en la manipulación de las masas, y a raíz de ello desarrolló su propia versión del fascismo al estilo Mussolini. Pronunció numerosos mítines desde el balcón de la Casa Rosada, con la también carismática e igualmente populista Evita a su lado. Gobernó de forma autoritaria, estableció un movimiento sindical vertical, amplió los derechos políticos a las clases trabajadoras, garantizó el voto de las mujeres y abrió los estudios universitarios a las clases populares. Por supuesto, muchas de esas políticas sociales le granjearon la oposición de los conservadores y las clases adineradas.

Los apuros financieros y la inflación socavaron su segundo mandato en 1952, y la muerte de Evita aquel mismo año fue un duro golpe para su popularidad y para el país. En 1955 se exilió a la España de Franco tras un golpe militar. A ello seguirían 30 años de catastrófico régimen militar.

Durante su exilio, Perón urdió su regreso a Argentina. A finales de la década de 1960, los crecientes problemas económicos, huelgas, secuestros políticos y la ofensiva de la guerrilla caracterizaron la vida política del país. En medio de esos sucesos, Perón regresó a Argentina y fue nombrado de nuevo presidente en 1973; sin embargo, tras 18 años de exilio, su gobierno carecía de base. Enfermo crónico, murió a mediados de 1974, dejando un país fragmentado a su inexperta y poco preparada tercera esposa, Isabel.

La guerra sucia y los desaparecidos

A finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 se había generalizado el sentimiento de oposición al Gobierno, y las protestas callejeras solían acabar en disturbios. Emergieron organizaciones armadas enfrentadas a los militares, la oligarquía y la influencia de EE UU en Latinoamérica. La corrupción oficial era cada vez mayor y, en consecuencia, también la incompetencia de Isabel Perón, y Argentina se encontró sumida en el caos.

El 24 de marzo de 1976, el general Jorge Rafael Videla llevó a cabo un golpe de Estado y se hizo con el gobierno del país, tras lo cual se inició un largo período de terror y brutalidad. Videla estaba decidido a aplastar los movimientos armados y restaurar el orden social. De este modo, durante lo que el régimen etiquetó con el eufemístico nombre de Proceso de Reorganización Nacional, “el Proceso”, las fuerzas de seguridad recorrieron el país arrestando, torturando, violando y matando a cualquiera que constara en su lista de sospechosos.

Los grupos en defensa de los derechos humanos calculan que durante el período de 1976 a 1983 desaparecieron entre 10 000 y 30 000 personas. Por paradojas del destino, la guerra sucia concluyó cuando los militares argentinos se atrevieron a lanzar una verdadera operación militar para arrebatarle a Gran Bretaña la soberanía de las islas Malvinas.

La Guerra de las Malvinas

A finales de 1981, el general Leopoldo Galtieri asumió la presidencia. En medio de la inestable economía y la inquietud de las masas, Galtieri jugó sus cartas nacionalistas y lanzó una invasión en abril de 1982 para desplazar a los británicos de las islas Malvinas, que Argentina llevaba casi siglo y medio reclamando.

Sin embargo, Galtieri subestimó la enérgica respuesta de la primera ministra británica, Margaret Thatcher. Tras solo 74 días, las fuerzas argentinas, mal adiestradas, poco motivadas y en su mayoría formadas por adolescentes, se rindieron de forma no muy decorosa. El régimen militar sucumbió y en 1983 los argentinos eligieron presidente al civil Raúl Alfonsín.

Secuelas de la guerra sucia

En su exitosa campaña presidencial de 1983, Alfonsín se comprometió a perseguir a los militares responsables de las violaciones de los derechos humanos durante la guerra sucia y condenó a algunos mandos de la Junta Militar por secuestro, tortura y homicidio. Pero cuando el Gobierno trató de juzgar a más oficiales, estos respondieron con levantamientos en varias partes del país. El aún poco estable Gobierno se plegó a las exigencias militares y elaboró la Ley de Obediencia Debida, que permitía a los oficiales de menor rango defenderse alegando que habían actuado cumpliendo órdenes, y la Ley de Punto Final, que fijaba fechas más allá de las cuales no podían emprenderse procesos penales o civiles. Aquellas medidas impidieron el enjuiciamiento de conocidos criminales; con todo, en el 2003 se revocaron dichas leyes. Los casos de la guerra sucia se reabrieron y en los últimos años se ha condenado por crímenes a varios oficiales. Pese a esos arrestos, muchos de los líderes del Proceso siguen en libertad en Argentina y el extranjero.

La figura de Menem

Carlos Saúl Menem fue elegido presidente en 1989 y rápidamente se embarcó en un período de reforma radical con tintes neoliberales. Al vincular el peso con el dólar estadounidense, creó un período de falsa estabilidad económica que propició un gran ascenso de la clase media argentina. Sin embargo, sus políticas (como la privatización de empresas públicas) fueron las principales responsables de la crisis económica argentina del 2002, por la devaluación de un peso sobrevalorado.

Su mandato duró hasta 1999, y en el 2003 intentó volver a la presidencia, aunque se retiró en la primera vuelta. En el 2005 se convirtió en senador de su provincia, La Rioja, pero dos años más tarde no consiguió el puesto de gobernador. Toda la carrera pospresidencial de Menem ha estado marcada por los escándalos. En el 2001 fue condenado por vender armas ilegalmente a Croacia y Ecuador; tras cinco meses de investigación judicial se retiraron los cargos y, en el 2008, se volvieron a presentar, aunque fue absuelto. En el 2009 fue acusado de corrupción y obstrucción a la justicia por el atentado en 1994 al AMIA, un centro comunitario judío de Buenos Aires. Ese juicio aún está pendiente, aunque en diciembre del 2015 fue sentenciado a cuatro años y medio de cárcel por malversación de fondos públicos en la década de 1990. Los años dorados de Menem claramente pasaron a la historia.

La crisis

Fernando de la Rúa sucedió a Menem en las elecciones de 1999, heredando una economía inestable y una deuda exterior de 114 000 millones de dólares. Con el peso argentino vinculado a la moneda estadounidense, Argentina se vio incapaz de competir en el mercado internacional y las exportaciones cayeron en picado. La posterior bajada de precios de los productos agropecuarios en los mercados estremeció la economía nacional, que dependía fuertemente de las exportaciones agrícolas y ganaderas.

En el 2001, la economía argentina se hallaba al borde del colapso y la administración, con el ministro de Economía Domingo Cavallo al frente, adoptó medidas para acabar con el déficit y recortar el gasto público. Tras intentos de intercambiar la deuda y rumores de devaluación del peso, los argentinos de clase media empezaron a vaciar sus cuentas bancarias. Cavallo respondió limitando las retiradas de efectivo a 250 US$ semanales por persona, pero aquello solo fue el principio del fin.

A mediados de diciembre, el desempleo llegó al 18,3% y los sindicatos iniciaron una huelga general. El punto crítico se alcanzó el 20 de diciembre, cuando los argentinos de clase media salieron a las calles a protestar por la forma en que se había enfocado la situación económica. Se produjeron disturbios en todo el país y el presidente De la Rua dimitió. Tres presidentes interinos habían ya presentado su renuncia cuando Eduardo Duhalde tomó posesión en enero del 2002, convirtiéndose en el quinto presidente en dos semanas. Devaluó el peso y anunció que no se pagarían los 140 000 millones de dólares de deuda exterior, la mayor de la historia.

Néstor Kirchner

El ministro de Economía de Duhalde, Roberto Lavagna, negoció un acuerdo definitivo con el FMI según el cual Argentina solo pagaría los intereses de su deuda. Simultáneamente, la devaluación del peso trajo consigo que los productos de Argentina resultaran de pronto asequibles en el mercado mundial, y en el 2003 las exportaciones estaban en alza. Tal auge resultó magnífico para el PIB del país, pero los precios se dispararon, empobreciendo aún más a la ya vapuleada clase media.

Finalmente se celebraron elecciones presidenciales en abril del 2003 en las que el gobernador de Santa Cruz, Néstor Kirchner, resultó elegido cuando se retiró su oponente, el expresidente Carlos Menem.

En el 2007, al final de su mandato, Kirchner se había convertido en uno de los presidentes más populares de Argentina. Revocó la amnistía que protegía a los miembros de la Junta Militar de 1976-1983 de ser enjuiciados por las atrocidades cometidas durante la guerra sucia, adoptó una dura actitud ante la corrupción gubernamental y alejó la economía del estricto alineamiento con EE UU para alinearse con los vecinos sudamericanos de Argentina. En el 2005 satisfizo la deuda de Argentina con el FMI en un solo pago. Al final de su presidencia, en el 2007, el desempleo había descendido a menos del 9%, tras haber rozado el 25% en el 2002.

Pero no todo fueron vino y rosas. El hecho de que Argentina hubiera pagado su deuda era sin duda una noticia fantástica. No obstante, a ello no siguió una estabilidad económica. De hecho, se sucedió toda una serie de problemas: las altas cifras de inflación fruto de la creciente falta de energía, la desigual distribución de la riqueza y el abismo cada vez mayor entre ricos y pobres estaban destruyendo poco a poco a la clase media.

Con todo, las cosas le fueron bastante bien a Kirchner. Cuando el sillón presidencial quedó vacante en el 2007, los argentinos expresaron su satisfacción por su política eligiendo a su esposa, la senadora Cristina Fernández de Kirchner, como presidenta del país, con un 22% de votos más que su oponente inmediato.

Las tribulaciones de Cristina

Cuando Néstor Kirchner se retiró en favor de su esposa en la candidatura presidencial, muchos se preguntaron si la “Reina Cristina” (como se la llamaba a menudo por su porte real) no sería más que una marioneta en manos de su marido, que pretendía gobernar entre bastidores.

La débil oposición y la influencia de su esposo fueron varias de las razones de la rotunda victoria de Cristina, pese a la falta de un claro programa durante su campaña. No era la primera vez que Argentina tenía una mujer por jefe de Estado (Isabel Perón ya había sido presidenta durante un breve período, al heredar el mandato de su esposo), pero Cristina sí era la primera mujer elegida a resultas del voto popular. Como abogada y senadora, se la comparó muchas veces con Hillary Clinton; como figura política consciente de la moda y con cierto gusto por los vestidos chic y los bolsos de diseño, también evocaba a Evita.

La tumultuosa presidencia de Cristina se vio marcada por los escándalos, las decisiones poco populares y los altibajos en las encuestas de satisfacción, además del cálculo extraoficial de la inflación, que se situaba en un 30%. Y, sin embargo, su mandato tuvo aspectos positivos, como el fortalecimiento de la economía durante la primera mitad de su presidencia, la consolidación de algunos programas sociales y la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo de julio del 2010.

El 27 de octubre del 2010, su presidencia recibió un duro golpe cuando su esposo, Néstor Kirchner, falleció de un ataque cardíaco. Dado que se esperaba que Néstor se presentara como candidato en las elecciones del 2011, su muerte se vio como un desastre para la dinastía Kirchner. Pero el país se unió a Cristina en su dolor y, a principios del 2011, su popularidad seguía siendo tal que no solo se presentó a las elecciones, sino que fue reelegida. Dirigió su campaña al voto populista, prometiendo aumentos de salarios, la restauración de la industria y el mantenimiento del crecimiento económico nacional. Su enfoque cautivó al electorado, pero el encanto no duraría mucho.

El 25 de octubre de 2015 tuvieron lugar nuevas elecciones a la presidencia, a las que concurrían, entre otros, el expresidente del club de fútbol Boca Juniors y exalcalde de Buenos Aires Mauricio Macri, al frente de la coalición de centro-derecha Cambiemos, y Daniel Scioli, líder de Frente para la Victoria, la agrupación fundada en el 2003 por Néstor Kirchner. En una reñidísima primera vuelta tomó ventaja la candidatura de Scioli, quien no alcanzó sin embargo el 40% de los votos necesario para convertirse en presidente (se quedó en el 37% frente al 34 de Macri). Un mes más tarde, Cambiemos logró alzarse con la victoria también por un estrecho margen (51 frente a 48%). Durante su primer año de mandado, Macri ha seguido una línea política totalmente contraria a la establecida por los Kirchner, y aunque al inicio tuvo bastante aceptación, hacia finales del 2016 su popularidad había caído debido a las subidas de tarifas de servicios públicos como el transporte, la elevada inflación y el temor generalizado a una recesión económica.

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