Historia de Escocia

A pesar del aislamiento geográfico, Escocia se forjó a partir de la fusión de varias culturas y llegó a alcanzar gran influencia cultural, científica e industrial a escala global. Desde el declive de los vikingos, su historia quedó vinculada (a menudo violentamente) a su vecina Inglaterra. Las contiendas y las incursiones fronterizas fueron moneda corriente hasta que la monarquía compartida primero y la unión política después unificaron los dos países. Pero incluso entonces, los levantamientos jacobitas reflejaron las divisiones entre ambos. Más recientemente, el proceso de autodeterminación motivó la creación de un Parlamento escocés en 1999 y el referéndum de independencia en el 2014.

Orígenes

Cazadores y recolectores, llegados en oleadas del norte de Europa e Irlanda, dejaron evidencias de los primeros asentamientos humanos en Escocia, que se remontan a la retirada de la última glaciación, hacia el 10 000 a.C.

El Neolítico arrancó con la llegada de otros pobladores de Europa continental. La Edad de Piedra dejó tras de sí un extraordinario registro del desarrollo humano con imborrables recuerdos líticos. Caithness, las Orcadas y las Shetland atesoran aldeas prehistóricas, túmulos y menhires de los mejores conservados del mundo. Más al sur, los crannogs (palafitos) proliferaron en la Edad del Bronce por ser fácilmente defendibles.

Durante la Edad del Hierro se construyeron edificaciones defensivas de distinto tipo. Los brochs (también típicos de las islas del noreste) eran macizas torres fortificadas de piedra, algunas de las cuales superan los 10 m de altura.

Romanos y pictos

La ocupación romana de Britania comenzó en el 43 d.C., casi un siglo después de la primera invasión, ordenada por Julio César. La embestida se detuvo en el norte, poco más allá de la actual frontera escocesa. Entre los años 78 y 84, el gobernador Agrícola avanzó hacia el norte y pasó varios años tratando de someter a las tribus que llamaron pictos (del latín pictus, que significa “pintados”). En el s. II, el emperador Adriano, cansado de batallar, decidió reducir las pérdidas y levantar el muro (122-128) que lleva su nombre y cruza el norte de Inglaterra. Dos décadas más tarde, su sucesor Antonino Pío invadió de nuevo Escocia y construyó el Muro de Antonino, una fortificación de turba entre el estuario del Forth y el río Clyde. Los romanos habían encontrado la horma de su zapato en el norte de la isla.

Se sabe muy poco de estos pobladores del norte y el este de Escocia. La presencia romana tal vez contribuyó a la unificación de las distintas tribus celtas y, a tenor de los problemas que causaron al ejército romano, cabe suponer que eran feroces guerreros. El principal vestigio material de su cultura son las fabulosas piedras grabadas con símbolos, halladas en el este de Escocia.

Cuando los romanos abandonaron Britania había al menos dos pueblos autóctonos en la zona septentrional: los pictos (en el norte y este) y los britanos (en el suroeste). Los escotos, un pueblo celta procedente de Irlanda, se cree que llegaron hacia el 500 y fundaron el reino de Dalriada en Argyll. San Niniano fue el primer predicador del cristianismo en la región y fundador de una misión en Whithorn, al suroeste. Su labor la retomó en el s. VI san Columbano, el misionero más famoso de Escocia, además de un erudito, que –según la leyenda– se exilió después de una cruenta batalla. Tras huir de Irlanda en el 563, fundó un monasterio en Iona –isla que retiene su antigua aura mística– y viajó al noreste para llevar su mensaje a los pictos. A finales del s. VIII casi toda Escocia se había convertido.

Primeros reyes de Escocia

Pictos y escotos se unieron frente a la amenaza de la invasión nórdica, en virtud del poder político y espiritual de su común fe cristiana. Kenneth MacAlpin, primer monarca de la Escocia unida, subió al trono valiéndose de una mezcla de lazos de sangre y diplomacia. Estableció la capital en Scone, en territorio picto, adonde trasladó la sagrada Piedra del Destino, utilizada en la coronación de los reyes escoceses.

Casi dos siglos después, su descendiente Malcolm II [1005-1018] derrotó a los anglos de Northumbria (una tribu germánica asentada al este de Inglaterra) en la batalla de Carham (1018), y así Edimburgo y Lothian pasaron a los escoceses, que extendieron sus dominios por el sur hasta el Tweed.

Pero los clanes de las Highlands, inaccesibles en sus valles, siguieron autogobernándose durante 700 años. Así empezó a crecer la brecha cultural y lingüística entre los habitantes de las Highlands, que hablaban gaélico, y los de las Lowlands, que hablaban la lengua de los escotos.

Robert Bruce y William Wallace

Al morir Alejandro III en 1286 surgió una disputa por la sucesión con 13 aspirantes al trono, que acabaron reduciéndose solo a dos: Robert de Brus, señor de Annandale, y John Balliol, señor de Galloway. Se pidió a Eduardo I de Inglaterra que ejerciera de árbitro, y este optó por Balliol, creyendo que podría manipularlo más fácilmente.

En un intento por aumentar su poder feudal en Escocia, Eduardo I–apodado “martillo de los escoceses”– trató al rey escocés como a un vasallo. El humillado Balliol terminó volviéndose contra él y firmó una alianza entre Escocia y Francia en 1295, que dio inicio a la duradera Antigua Alianza (Auld Alliance) y a las guerras de independencia.

La respuesta del inglés fue sangrienta. En 1296 invadió Escocia, encarceló a Balliol en la Torre de Londres y, como un golpe más al orgullo escocés, se llevó la Piedra del Destino. Entonces entró en escena William Wallace.

Varias bandas de rebeldes atacaban a las tropas de ocupación; una de ellas, liderada por Wallace, derrotó a los ingleses en Stirling Bridge en 1297. Tras su ejecución, Robert Bruce, nieto de Robert de Brus, vio su oportunidad, desafió a Eduardo I (con quien antes se había aliado), acabó con su rival, John Comyn, y en 1306 se hizo coronar rey de Escocia en Scone. Organizó una campaña para expulsar a los ingleses, pero sufrió repetidas derrotas. No obstante, su perseverancia dio frutos, como acredita la memorable victoria sobre los ingleses en Bannockburn, recordada como uno de los momentos señeros en la historia de Escocia.

Escocia logró la independencia en 1328, aunque Bruce murió al año siguiente. Pero las guerras con Inglaterra y las disputas internas continuaron hasta que, en 1371, su nieto Roberto II inició la dinastía Estuardo, que reinaría en Escocia y, con el tiempo, en toda Gran Bretaña hasta 1714.

Renacimiento

Jacobo IV [1488-1513] se casó con la hija de Enrique VII de Inglaterra, el primer monarca de la casa Tudor, uniendo así las dos familias reales mediante “el matrimonio del cardo y la rosa”. Esto no impidió que los franceses le convencieran para que declarara la guerra a su familia política; murió en la batalla de Flodden en 1513, junto con 10 000 de sus súbditos. En este período florecieron las ideas renacentistas, la poesía y la arquitectura escocesas; algunos de los mejores edificios renacentistas se hallan en el recinto del castillo de Stirling.

María Estuardo y la Reforma

En 1542, el rey Jacobo V, sin descendencia, yacía en su lecho de muerte desconsolado, según dicen, tras la derrota a manos de los ingleses en Solway Moss. Entonces, alguien le hizo saber que su mujer había dado a luz una niña. Temiendo el final de la dinastía Estuardo y rememorando que su origen se debía a la hija de Roberto I, el rey suspiró: “Llegamos con una muchacha y nos iremos con una muchacha”. Murió a los pocos días, dejando el trono a su hija María, de apenas una semana.

Enviaron a María a Francia y Escocia fue gobernada por regentes, que rechazaban las propuestas del rey Enroque VIII de Inglaterra de casar a la niña con su hijo. Enfurecido, envió a sus ejércitos en represalia. El Cortejo Brutal, como fue conocido, no logró ganarse ningún corazón. En 1558, María se casó con el delfín francés, que al año siguiente se coronó rey, lo que convirtió a María durante un tiempo en reina de Francia y Escocia.

Mientras se educaba en Francia según la fe católica, la Reforma se extendió por Escocia, adonde regresó en 1561 con 18 años, tras la muerte de su enfermizo marido. Fue recibida con todos los honores en la capital y mantuvo una audiencia con John Knox. El reformador arengó a la joven reina y ella accedió a proteger a la Iglesia protestante escocesa, aunque continuó asistiendo a la misa católica en privado.

Se casó con lord Darnley en la Capilla Real de Holyrood y, en 1565, dio a luz al futuro Jacobo VI. La paz del hogar duró un suspiro y, en una lamentable sucesión de acontecimientos, Darnley se vio implicado en el asesinato del secretario Rizzio, supuesto amante de la reina, antes de ser asesinado él mismo, quizá por el conde de Bothwell, nuevo amante y futuro esposo de María.

La situación era insostenible; los enemigos de la reina –una alianza de poderosos nobles– finalmente le hicieron frente en Carberry Hill, al este de Edimburgo, y fue obligada a abdicar en 1567 y encarcelada en el Castle Leven. Logró escapar y presentó batalla en Langside, pero fue derrotada y tuvo que huir a Inglaterra, donde permaneció en prisión 19 años (por orden de Isabel I) hasta su ejecución en 1587.

No obstante, la historia siempre ofrece giros sorprendentes. Mientras tanto, en Stirling se coronó al hijo de María, Jacobo VI [1567-1625]; una serie de regentes reinaron en su lugar. En Inglaterra, Isabel I falleció sin descendencia y sus súbditos, ávidos de un monarca varón, desplazaron la atención hacia Jacobo VI de Escocia, que se convirtió en Jacobo I de Inglaterra y trasladó la corte a Londres. Pero sus planes para lograr la unificación política de los dos reinos fracasaron. En adelante, la mayoría de los Estuardo ignoraron Escocia.

Unión con Inglaterra

La Guerra Civil y los conflictos religiosos del s. XVII arruinaron al país. Escocia no podía competir en esta nueva era de colonialismo europeo y, para mayor infortunio, en la década de 1690 la hambruna mató a un tercio de la población en algunas zonas. El rechazo a los ingleses fue en aumento: el rey protestante Guillermo II/III, que para disgusto de muchos escoceses había reemplazado al soberano católico exiliado Jacobo VII/II, estaba en guerra con Francia y a ella destinaba soldados e impuestos. El sentimiento se exacerbó con el fracaso del Plan del Darién, cuyo propósito consistía en establecer una colonia escocesa en Panamá y terminó provocando la bancarrota del país.

Este fiasco demostró a los ricos comerciantes y accionistas escoceses que la única forma de acceder a los lucrativos mercados de las colonias en vías de desarrollo era uniéndose con Inglaterra. El Parlamento inglés se inclinó por la unión por miedo a que las simpatías que despertaban los jacobitas en Escocia fueran aprovechadas por sus enemigos franceses.

Según dicen, al recibir la Ley de Unión en Edimburgo, lord Seafield–canciller de Escocia y líder del Parlamento que dicha ley abolía– murmuró: “A partir de ahora será otro cantar”. Robert Burns después castigaría a los ricos políticos que fraguaron la unión utilizando palabras más contundentes: “Se nos compra y se nos vende por oro inglés; ¡vaya atajo de canallas en una nación!”.

Los jacobitas

Los levantamientos jacobitas del s. XVIII buscaban expulsar a la dinastía Hannover (elegida por el Parlamento inglés en 1701 para garantizar la sucesión protestante a las reinas Estuardo María II y Ana, ambas sin hijos) y restaurar en el trono británico a un rey Estuardo católico.

Jacobo Eduardo Estuardo, conocido como el Viejo Pretendiente, era hijo de Jacobo VII/II. Con el apoyo de los franceses, llegó en 1708 al estuario del Forth acompañado de una flota, pero los ingleses desbarataron sus planes.

El conde de Mar encabezó otro levantamiento jacobita en 1715, pero demostró ser un líder inepto; su campaña se fue al traste enseguida, poco después de la poco concluyente batalla de Sheriffmuir.

El hijo del Viejo Pretendiente, Carlos Eduardo Estuardo, más conocido como Bonnie Prince Charlie (el Hermoso Príncipe Carlos) o el Joven Pretendiente, desembarcó en Escocia para la última rebelión. Tenía poca experiencia militar, no hablaba gaélico y apenas chapurreaba el inglés. Sin embargo, respaldado por un ejército de habitantes de las Highlands, marchó hacia el sur y tomó Edimburgo (salvo el castillo) en septiembre de 1745. Logró avanzar hasta Derby, en Inglaterra, pero su éxito fue fugaz; un ejército hannoveriano liderado por el duque de Cumberland le hizo retroceder hasta las Highlands, donde en 1746 se puso fin definitivamente a los sueños jacobitas en la batalla de Culloden.

Aunque su figura se observe desde una óptica romántica, Carlos Eduardo fue en parte responsable de la aniquilación de la cultura de las Highlands, dadas las severas medidas que implicó su intento por recuperar el trono. A su regreso a Francia se labró fama de borracho y maltratador. Francia contempló seriamente la posibilidad de invadir Gran Bretaña a mediados del s. XVIII, pero en última instancia dejó de considerar al príncipe un personaje serio. Las ambiciones francesas quedaron frustradas por las victorias navales británicas en 1759; Carlos había perdido su última oportunidad. Murió en Roma en 1788.

Las Clearances de las Highlands

Tras los levantamientos jacobitas, se ilegalizaron los trajes de las Highlands y las gaitas y se prohibió portar armas. La región quedó bajo control militar y se prohibieron los ejércitos privados.

Los integrantes de los clanes, ahora inútiles como soldados e insolventes como arrendatarios, fueron expulsados de casas y granjas para dejar paso a rebaños de ovejas. Algunos se quedaron para pastorear el ganado, pero muchos se vieron obligados a buscar trabajo en las ciudades o a llevar una existencia precaria en terrenos costeros poco fértiles. Hombres que nunca antes habían visto el mar no tuvieron más remedio que subirse a un barco y probar fortuna en la pesca del arenque, y muchos miles emigraron –algunos voluntariamente, otros bajo coacción– a las colonias emergentes de América del Norte, Australia y Nueva Zelanda.

Al caminar por las Highlands y las islas es fácil topar con montones de piedras entre los helechos, que corresponden a los restos de una casa o una granja. Si se mira alrededor se encontrarán muchos más y enseguida repara uno en que se halla en un antiguo pueblo.

Ilustración escocesa

Durante el período conocido como la Ilustración escocesa (1740-1830 aprox.), Edimburgo se hizo famosa por ser un “semillero de genios”. Los filósofos David Hume y Adam Smith y el sociólogo Adam Ferguson emergieron como influyentes pensadores, nutriéndose de generaciones de debate teológico. El médico William Cullen desarrolló la farmacopea moderna, el químico Joseph Black logró avances en termodinámica y el geólogo James Hutton cuestionó creencias tradicionalmente aceptadas sobre la edad de la Tierra.

Tras varios siglos de derramamientos de sangre y fanatismo religioso, la gente se aplicó con la misma devoción a ganar dinero y disfrutar del tiempo libre. Se renovó el interés por la historia y la literatura escocesas. Las obras de Walter Scott y la poesía de Robert Burns alcanzaron cotas de popularidad inusitadas. Las típicas imágenes que vienen a la mente al pensar en Escocia (gaitas, haggis, tartán, valles brumosos) le deben mucho a sus románticas descripciones.

Revolución industrial

El desarrollo de la máquina de vapor espoleó la Revolución industrial. Glasgow, despojada del lucrativo comercio del tabaco tras la Guerra de Independencia de EE UU (1776-1783), se convirtió en un importante centro industrial y en la segunda ciudad del Imperio británico. En el s. XIX proliferaron a orillas del Clyde tejedurías de algodón, fundiciones de hierro, acerías, plantas químicas, astilleros y fábricas de maquinaria pesada, alimentadas por las abundantes minas de carbón del sur de Escocia.

Las Clearances y la Revolución industrial habían supuesto el fin del estilo de vida tradicional en las zonas rurales, y aunque las ciudades manufactureras y los puertos prosperaron en esas décadas del Imperio, muchos pobres generaban la riqueza de unos pocos elegidos. La miseria extrema provocó muchos emigrantes y un sinnúmero de muertos. El despoblamiento se exacerbó con el estallido de la I Guerra Mundial, que se cobró la vida de multitud de jóvenes escoceses. A esto siguieron años de decadencia marcados por las disputas laborales.

Guerra y paz

Escocia se libró en buena medida del trauma y la devastación que la II Guerra Mundial supuso para las ciudades industriales inglesas (con la salvedad de Clydebank, que sufrió devastadores bombardeos). Pese a todo, la guerra trajo cierta prosperidad a Escocia, ya que los astilleros y las fábricas trabajaban a contrarreloj para suministrar material bélico. Pero en la posguerra se produjo el derrumbe del sector naval y de la industria pesada, de las cuales había dependido en exceso la economía escocesa.

Tras el descubrimiento de petróleo en el mar del Norte, el entusiasmo inicial de muchos escoceses se convirtió en amargura al reparar en que los ingresos se enviaban a Inglaterra. Esta cuestión, unida a la compra de empresas escocesas por otras inglesas (que después las cerraron, desmantelaron y trasladaron los puestos de trabajo a Inglaterra), avivó el creciente sentimiento nacionalista. El Partido Nacionalista Escocés (SNP) se convirtió en la tercera fuerza política, después en la segunda, tras eclipsar a los conservadores, y finalmente en la primera, al arrebatarle el poder al Partido Laborista.

Devolución de poderes

En 1979 se convocó un referéndum para decidir si debía constituirse una Asamblea escocesa por elección directa. El 52% votó a favor de la devolución de poderes, pero el primer ministro laborista, James Callaghan, decidió que las abstenciones debían contarse como noes, de modo que el proyecto no prosperó.

De 1979 a 1997, Escocia estuvo gestionada desde Londres por un Gobierno conservador al que la mayoría de los escoceses no había votado, lo que fortaleció el siempre presente sentimiento nacionalista. Tras la victoria arrolladora del Partido Laborista en 1997, se convocó otro referéndum sobre la creación de un Parlamento escocés. En esta ocasión, el resultado fue un sí abrumador.

En 1999 se celebraron elecciones al nuevo Parlamento y los parlamentarios se reunieron por primera vez en Edimburgo. El laborista Donald Dewar, que murió al año siguiente en el ejercicio de su cargo, fue elegido primer ministro. Su partido conservó el poder hasta el 2007, cuando el SNP formó Gobierno. En el 2011 fueron reelegidos por mayoría absoluta e impulsaron la convocatoria de un referéndum por la independencia. En septiembre del 2014, con gran afluencia de votantes, los escoceses votaron no convertirse en un país independiente por un 55% contra el 45%.

Uno de los aspectos más importantes para muchos escoceses era la garantía de seguir formando parte de la UE si permanecían en el Reino Unido. Cuando en junio del 2016 la población británica votó salir de la UE, el tema de la independencia volvió al candelero.

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