Historia de Nueva Zelanda

La historia de Nueva Zelanda no es larga, aunque sí precipitada. En menos de mil años, estas islas han visto nacer dos pueblos nuevos: los maoríes polinesios y los neozelandeses europeos, a menudo llamados “pakehas”, gentilicio maorí no del gusto de todos. El país comparte un pedazo de su historia con el resto de la Polinesia y otras sociedades de colonos europeos, aunque también posee rasgos propios, de lo más interesante.

Germen maorí

A pesar de los persistentes mitos, no hay duda de que los primeros colonos de Nueva Zelanda fueron antepasados polinesios de los maoríes. Por lo demás, se abren numerosos interrogantes. ¿De qué lugar del este de la Polinesia procedían exactamente?, ¿de las islas Cook, de Tahití, de las Marquesas? ¿Cuándo llegaron? ¿Los primeros colonos arribaron en uno o en varios grupos? Algunas pruebas, como el ADN diferente de las ratas polinesias que acompañaron a los primeros pobladores, sugieren que fueron múltiples oleadas. Por otro lado, solo han sobrevivido las ratas y los perros que les acompañaron, pero no los cerdos y pollos, más valiosos genéticamente. El fracaso de la implantación de estas últimas especies apunta a un menor número de viajes.

Nueva Zelanda parece muy pequeña comparada con Australia, pero es un poco mayor que la mitad de España y mucho mayor que las otras islas polinesias. Sus regiones varían considerablemente en cuanto a medio ambiente y clima. Los primeros asentamientos fueron los cálidos jardines costeros, perfectos para el cultivo de las plantas comestibles traídas de la Polinesia (kumara o boniato, calabaza, ñame y taro), los sitios donde había piedra maleable, para la fabricación de cuchillos y azuelas, y las zonas con abundante caza mayor. Aunque el país no posee mamíferos terrestres autóctonos, a excepción de varias especies de murciélagos, hablar de “caza mayor” no resulta exagerado, pues en las islas habitaban una docena de especies de moa (una gran ave no voladora), la más grande de las cuales podía alcanzar los 240 kg y doblar en tamaño al avestruz. Convivían con otras aves no voladoras y grandes mamíferos marinos como los osos marinos, ninguno de ellos habituado a ser cazado, lo que para los habitantes de las pequeñas islas del Pacífico fue como si les hubiera tocado la lotería. Los primeros colonos se expandieron rápido y lejos, desde el extremo superior de la Isla Norte al inferior de la Isla Sur, en los primeros 100 años. Probablemente una dieta alta en proteínas propició el fuerte crecimiento de la población.

Sin embargo, con la disminución de las grandes presas hacia 1400, los maoríes tuvieron que recurrir a piezas más pequeñas (aves del bosque y ratas) y posteriormente al cultivo y la pesca. Aunque todavía se podía vivir bien, se requería un conocimiento más específico de la región, un esfuerzo sostenido y una compleja organización comunitaria, todo lo cual llevó al crecimiento de las tribus maoríes. La competencia por los recursos también aumentó y con ella los conflictos, lo que propició la construcción de pueblos fortificados cada vez más sofisticados, conocidos como pas, de los que todavía pueden verse restos, p. ej., en las cumbres de Auckland.

Los maoríes no poseían metales ni sabían escribir, y también desconocían las bebidas alcohólicas o las drogas. Sin embargo, su cultura y espiritualidad eran ricas e inconfundibles. Entre Ranginui (padre Cielo) y Papatuanuku (madre Tierra) había varios dioses de la tierra, el bosque y el mar, a los que se fueron sumando antepasados deificados; el pícaro semidiós Maui tenía especial importancia. Según la leyenda, Maui conquistó el Sol y pescó la Isla Norte antes de morir entre las piernas de la diosa Hine-nui-te-po cuando intentaba conquistar la mortalidad humana que ella encarnaba. El tradicional arte de la representación maorí, los cantos y danzas grupales conocidos como kapa haka, posee gran fuerza, incluso para el espectador actual. Las artes plásticas, particularmente la talla en madera, “no tienen parangón”, en palabras del explorador y científico del s. XVIII sir Joseph Banks.

Entrada europea

Nueva Zelanda se convirtió oficialmente en colonia británica en 1840, pero el primer contacto constatado entre maoríes y el mundo exterior tuvo lugar casi dos siglos antes, en 1642, en la Golden Bay, en la parte superior de la Isla Sur. Dos barcos holandeses habían zarpado de Indonesia hacia el sur en busca de territorios y tesoros. Ante la posible existencia de nativos, el comandante Abel Tasman fue instruido para “no mostrarse ávido de metales preciosos ni revelar el valor de los mismos”.

Cuando los barcos de Tasman fondearon en la bahía, los maoríes se acercaron en canoas a darles el tradicional aviso: ¿amigos o enemigos? Los holandeses malinterpretaron el gesto y los desafiaron haciendo sonar las trompetas. Entonces, al echar un bote al agua con un grupo a bordo, este fue atacado y murieron cuatro tripulantes. Tasman puso rápidamente rumbo al norte y ningún otro europeo regresó en 127 años. No obstante, el holandés dejó un nombre: “Statenland”, pero luego se cambió por “Nieuw Zeeland” (Nueva Tierra del Mar). El contacto entre maoríes y europeos se restableció en 1769 con la llegada de exploradores ingleses y franceses al mando de James Cook y Jean de Surville, respectivamente. Las relaciones ganaron en cordialidad y la exploración continuó presidida por la ciencia, los beneficios y una gran pugna por el poder. Cook efectuó dos visitas más entre 1773 y 1777.

En la década de 1790 comenzaron las visitas no oficiales de balleneros al norte y cazadores de focas al sur. En 1814 se fundó la primera misión en la bahía de las Islas, seguida de otras más, anglicanas, metodistas y católicas. El comercio del lino y la madera generó pequeños asentamientos europeo-maoríes hacia la década de 1820. Curiosamente, los visitantes ‘europeos’ más numerosos quizá fueron americanos: los barcos balleneros de Nueva Inglaterra eligieron la citada bahía para el descanso y el ocio; 271 de ellos recalaron solo entre 1833 y 1839. Para sus tripulantes, descanso y ocio significaba sexo y alcohol, y la pequeña ciudad de Kororareka (actualmente Russell), conocida por los misioneros como el “antro del Pacífico”, se convirtió en su lugar favorito.

Alrededor de una veintena de encontronazos sangrientos jalonan la historia de las relaciones entre maoríes y europeos hasta 1840, pero dado el número de visitas, estos conflictos interraciales podrían calificarse de discretos. Los europeos necesitaban protección, comida y mano de obra maorí, y estos, con el tiempo, productos europeos, en especial mosquetes. Las estaciones balleneras y las misiones se vieron vinculadas a la población indígena a través de matrimonios mixtos, lo que contribuyó a mantener la paz; de hecho, la mayoría de las guerras ocurrieron entre maoríes, como las terribles Guerras de los Mosquetes entre 1818 y 1836. Dado que la mayor parte de los contactos con Europa comenzaron en Northland, la tribu ngapuhi fue la primera en conseguir armas, y al mando de su gran general Hongi Hika, fue conquistando el sur mediante sangrientas victorias sobre otras tribus desprovistas de armas de fuego. Pero cuando las tribus perjudicadas adquirieron armamento cambiaron las tornas, derrotaron a los ngapuhi, realizando a su vez incursiones más al sur. El efecto dominó prosiguió hasta el extremo más meridional de la Isla Sur en 1836. Aunque los misioneros afirmaron que esta sangría disminuyó gracias a su influencia, el reparto equitativo de mosquetes se antoja como una causa más creíble en la restauración del equilibrio de poder.

Por fin llegaron de Europa el ganado porcino y la patata, como contrapartida a los mosquetes y las enfermedades, cuyos efectos aniquiladores en Nueva Zelanda se han exagerado. Así, los primeros cálculos de población maorí (hasta un millón) eran desmesurados. Estimaciones actuales más realistas hablan de entre 85 000 y 110 000 en 1769. Las guerras quizá acabaron con unos 20 000, mientras que las nuevas enfermedades no fueron tan devastadoras, pues el país gozaba de la cuarentena natural de la lejanía. Los europeos infectados solían sanar o morir durante la larga travesía; p. ej., la viruela, que causó estragos con los indios americanos, no tuvo aquí ninguna incidencia. Hacia 1840 había aproximadamente 70 000 maoríes, lo que indica que superaron relativamente bien el choque de civilizaciones.

Germen ‘pakeha’

Hacia 1840, las tribus maoríes describían a los europeos como “sus pakehas”, y valoraban los beneficios y el prestigio que les aportaban. Sin embargo, querían más y creyeron que aceptar la autoridad nominal británica era el medio para conseguirlo. A su vez, el Gobierno británico vencía su reticencia a una intervención potencialmente costosa en el país. Aunque es verdad que influían los beneficios y el prestigio, también existían razones humanitarias, pues equivocadamente los británicos creían que los maoríes no podrían gestionar su creciente contacto con Occidente. En 1840, ambos pueblos alcanzaron un acuerdo, simbolizado en un tratado firmado en Waitangi el 6 de febrero. El Tratado de Waitangi tiene hoy un estatus parecido al de la Constitución de EE UU, pero más contestado. El problema de base fue la discrepancia entre las interpretaciones británica y maorí: la versión inglesa les prometía total igualdad como súbditos británicos a cambio de derechos absolutos de gobierno; y la versión maorí aseguraba que los maoríes conservarían su condición de jefes, lo que implicaba derechos de autoridad local. Al principio no hubo grandes contratiempos, pues la versión maorí se aplicaba fuera de los pequeños asentamientos europeos, pero a medida que estos crecieron, se gestó el conflicto.

En 1840 había solo 2000 europeos, con Kororareka como capital. Hacia 1850 se habían creado seis nuevos asentamientos, con 22 000 colonos en total. Aproximadamente la mitad había llegado bajo los auspicios de la New Zealand Company y sus socios. La empresa fue creada por Edward Gibbon Wakefield, que quiso evitar la fase de frontera bárbara con una “civilización inmediata”, pero su éxito fue limitado. Desde la década de 1850, sus colonos, principalmente de clase media-alta, se vieron abrumados por sucesivas oleadas de inmigrantes hasta la gran diáspora británica e irlandesa de la década de 1880, que también pobló Australia y gran parte de Norteamérica. También llegaron pequeños grupos de alemanes, escandinavos y chinos, aunque estos últimos fueron víctimas de prejuicios raciales desde la década de 1880, cuando los pakehas ya rozaban el medio millón.

Gran parte de la inmigración masiva de las décadas de 1850 y 1870 estuvo fomentada por las autoridades provinciales y central, que también emprendieron obras públicas a gran escala, sobre todo en la década de 1870, bajo el mandato de Julius Vogel. En 1876, Vogel abolió las provincias alegando que dificultaban el progreso. El último gobernador imperial con un poder significativo fue el inteligente y maquiavélico George Grey, que finalizó su segundo mandato en 1868. Desde entonces, los gobernadores (gobernadores generales a partir de 1917) fueron meros jefes de Estado nominales, superados por el jefe de Gobierno o el primer ministro. El Gobierno central, al principio más débil que los provinciales, el gobernador imperial y las tribus maoríes, muchas veces superaba a los tres.

Pero los maoríes no cedieron fácilmente, y su resistencia contra la expansión europea fue siempre firme. El primer choque tuvo lugar en 1843 en el valle del Wairau, hoy una región vinícola, cuando una partida de colonos se propuso imponer el mito del control británico y se topó con la realidad de la supremacía maorí. Murieron 22 de ellos, además de seis maoríes. En 1845, tras el saqueo de un asentamiento británico por parte de Hone Heke, estalló una lucha más encarnizada en la bahía de las Islas. Heke y su aliado Kawiti sorprendieron a tres expediciones de castigo británicas utilizando una variante moderna del poblado fortificado pa. Restos de estos innovadores terraplenes aún son visibles en Ruapekapeka (al sur de Kawakawa). El gobernador Grey proclamó su victoria en el norte, pero pocos lo creyeron. Tuvo más éxito en el sur, donde apresó a Te Rauparaha, temible jefe ngati toa, que había ejercido gran influencia a ambos lados del estrecho de Cook. Los pakehas pudieron con los pocos maoríes que vivían en la Isla Sur, pero los combates de la década de 1840 confirmaron que, en esa época, la Isla Norte era una franja europea en torno a un núcleo maorí independiente.

En la década de 1850, los colonos y sus aspiraciones crecieron, y las hostilidades estallaron de nuevo en 1860, con rebrotes esporádicos hasta 1872 en buena parte de la Isla Norte. Al principio, una organización nacionalista maorí, el Kingitanga (Movimiento del Rey), vertebró la resistencia. Después, destacados generales profetas se hicieron con el control, en especial Titokowaru y Te Kooti. La mayoría de los conflictos armados fueron de poca envergadura; no así la Guerra de Waikato (1863-1864), en la que, coincidiendo con la Guerra de Secesión americana, participaron barcos de vapor armados, artillería pesada moderna y 10 orgullosos regimientos de Regulares británicos. Con todo en contra, los maoríes sumaron varias victorias, como la de Gate Pa, cerca de Tauranga, en 1864, aunque al final cayeron frente a la superioridad armamentística y numérica de los europeos. La independencia política maorí, que no la cultural, fue disminuyendo hacia el final del s. XIX, y acabó en 1916 con la invasión por parte de la policía de los montes Urewera, su último santuario.

Bienestar y guerra

Entre las décadas de 1850 a 1880, a pesar de los conflictos con los maoríes, la economía de los pakehas prosperó con la exportación de lana, la fiebre del oro y los masivos préstamos extranjeros al desarrollo. El crac llegó en la década de 1880, cuando el país experimentó su Larga Depresión. Los liberales, el primer partido organizado de la nación, conquistaron el poder en 1890 y lo mantuvieron hasta 1912, gracias a sus buenos resultados económicos. Fue el primero de los varios Gobiernos quien otorgó al país la fama de “laboratorio social del mundo”. En 1893, Nueva Zelanda se convirtió en el primer país del mundo en aceptar el voto femenino, y en 1898 implantaron las pensiones. Los liberales también establecieron un duradero sistema de arbitraje industrial que, sin embargo, no bastó para evitar el descontento del sector en 1912-1913. Esto ocurría bajo el mandato del Gobierno conservador ‘reformista’, que había reemplazado a los liberales en 1912 y se mantendría en el poder hasta 1928, convirtiéndose más tarde en el Partido Nacional. Una renovada depresión golpeó en 1929, con consecuencias igual de nefastas que en tantos otros rincones del planeta.

En 1935, un segundo Gobierno reformista salió elegido. Liderado por Michael Joseph Savage, posiblemente el australiano más querido por los neozelandeses, fue considerado durante un tiempo el ejecutivo más izquierdista fuera de la Unión Soviética, aunque en la Europa de 1939 no dudó en apoyar a Gran Bretaña.

Ya había pasado lo mismo en la Guerra de los Boers (1899-1902) y en la I Guerra Mundial (1914-1918), con muchas bajas neozelandesas en ambos casos, particularmente en esta última, cuyas víctimas son recordadas con nombres y apellidos en innumerables monumentos conmemorativos repartidos por plazas y parques de casi cada pueblo. Entre 1939 y 1945, unos 100 000 neozelandeses combatieron en Europa y Oriente Medio en la II Guerra Mundial. Parece mentira que un país de aspecto tan apacible haya pasado gran parte de su historia batallando: en el s. XIX, en su territorio, y en el s. XX, en el extranjero.

¿Los mejores británicos?

Hace mucho que los visitantes británicos encuentran Nueva Zelanda muy familiar; ello se debe no solo al origen británico e irlandés de la mayoría de los pakehas, sino también a los vínculos entre ambos países desde 1882, año del inicio de los cargamentos de alimentos refrigerados hacia Londres. En la década de 1930, grandes buques transportaban carne congelada, queso, mantequilla y lana en travesías regulares que duraban unas cinco semanas. La economía neozelandesa se adaptó al aprovisionamiento alimenticio londinense y, a la par, crecieron los vínculos culturales entre ambos países. Los escolares neozelandeses estudiaban historia y literatura británicas, en lugar de las propias. Los principales científicos y escritores nacionales, como Ernest Rutherford y Katherine Mansfield, gravitaron hacia Gran Bretaña. Esta sólida relación ha sido definida como “recolonial”, aunque sería un error considerar a Nueva Zelanda una colonia explotada, pues, aunque las prestaciones sociales y el sistema educativo eran inferiores en el Pacífico, el nivel medio de vida local era más elevado. Los neozelandeses tuvieron acceso al mercado británico y su cultura, y participaron de esta como iguales. La lista de escritores, académicos, científicos, líderes militares, editores y demás “británicos” realmente neozelandeses es larga. De hecho, sobre todo en la guerra y los deportes, solían considerarse a sí mismos una versión superior de los europeos: los mejores británicos del sur.

La Nueva Zelanda recolonial se mostraba orgullosa, no sin razón, de su prosperidad, igualdad y armonía social, pero también era conformista e incluso puritana. Hasta la década de 1950, en teoría era ilegal que el ganado se apareara frente a la vía pública por motivos morales; la película Salvaje (1953), de Marlon Brando, estuvo prohibida hasta 1977; los periódicos dominicales no fueron legales hasta 1969 y no se permitió la actividad comercial completa los domingos hasta 1989. Los restaurantes con licencia para servir alcohol apenas existían en 1960, al igual que los supermercados o la televisión. Entre 1917 y 1967, los pubs tenían que cerrar a las 18.00, aunque el cierre a las 18.00 sonaba a chiste en las zonas rurales, sobre todo en la maravillosa e idiosincrática costa oeste de la Isla Sur; de hecho, siempre existió una especie de contracultura neozelandesa, incluso antes de que otras importadas arraigaran a partir de la década de 1960. También se desarrolló el nacionalismo cultural, que, aunque surgido en la década de 1930, no prosperó realmente hasta los años setenta; los escritores, artistas y cineastas no fueron los únicos que salieron a la luz en aquellos años.

Entradas y salidas

El sistema recolonial se vio sacudido repetidas veces desde 1935 y consiguió sobrevivir hasta 1973, cuando la madre Inglaterra se desmarcó y se unió a la comuna franco-alemana conocida hoy como UE. Nueva Zelanda comenzaba a desarrollar mercados alternativos y a exportar otros productos además de lana, carne y lácteos. Los aviones de fuselaje ancho permitían viajar a/desde el país más fácilmente; en 1960, acogió solo a 36 000 turistas frente a los más de dos millones que recibe hoy cada año. Las mujeres comenzaban a conquistar los puestos de trabajo de mayor nivel, pasando después a la esfera política; los gais salieron del armario; y los universitarios eran cada vez más numerosos y enérgicos.

Desde 1945, los maoríes han experimentado una gran eclosión demográfica y urbanística; 50 años después de 1936, cuando el 17% de los maoríes vivían en las ciudades y el 83% en el campo, esta proporción se ha invertido. Las puertas de la inmigración, casi “solo para blancos” hasta 1960, se abrieron, primero, para recibir a los oriundos de las islas del Pacífico como mano de obra y, después, a los asiáticos (del este) por su dinero. Aunque estas transiciones han motivado los importantes cambios socioeconómicos del país, la mayoría de los neozelandeses asocian su reciente Gran Cambio con la política de 1984.

Ese año fue elegido el tercer Gobierno reformista, el cuarto laborista, en teoría liderado por David Lange y, en la práctica, por Roger Douglas, su ministro de Economía. Adoptó una política exterior antinuclear del agrado de la izquierda pero una gestión económica más orientada al libre mercado. Los numerosos controles económicos de Nueva Zelanda fueron desmantelados a toda velocidad. Al neozelandés medio le inquietaba la política antinuclear, que amenazaba la alianza ANZUS con Australia y EE UU. Sin embargo, en 1985, espías franceses hundieron el buque antinuclear Rainbow Warrior en el puerto de Auckland y murió un miembro de la tripulación. La tibia condena estadounidense de este hecho llevó a la ciudadanía a apoyar la política antinuclear, que se asociaba a la independencia nacional. Los que estaban más preocupados por las cuestiones del mercado no lograron aportar una alternativa convincente. Deleitándose con su nueva libertad, los inversores neozelandeses se lanzaron a un frenesí especulativo y sufrieron más aún que el resto del mundo con la debacle económica internacional de 1987.

El s. XXI se presenta interesante. La gastronomía, los vinos, el cine y la literatura se desarrollan como nunca, y la nueva mezcla étnica ha tenido un efecto especial en la música popular. Pero no todo han sido cambios: los pubs, los estadios deportivos, la disponibilidad de terreno para la construcción de viviendas, el bush (monte) la playa y la bach (casa de veraneo) también son grandes atractivos para los visitantes. La comprensión de una gran cultura, una enigmática historia, además de una naturaleza sin par, multiplica el valor del viaje a las antípodas.

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