Historia de Noruega

Puede que Noruega se haya convertido en el arquetipo de país moderno y pacífico, pero su historia está bañada en sangre. Es el suyo un pasado poblado de personajes picarescos y grandes temas recurrentes, desde los vikingos hasta la batalla por la supremacía en Escandinavia, pasando por las penurias de los lapones en la II Guerra Mundial o la evolución de la extrema pobreza a una abundancia antes inimaginable; constituye una de las grandes hazañas épicas de la historia.

Oscuridad y hielo

Algunas de las impresiones que los viajeros se llevan cuando visitan Noruega (una tierra de nieve y hielo apenas poblada, con una abundante costa y extremas condiciones climatológicas) han estado presentes desde los albores de la civilización escandinava. En realidad, la colonización de Noruega estuvo dificultada durante miles de años por su geografía y su clima, las figuras más imperecederas de la historia de esta nación.

Durante la última glaciación, Noruega era prácticamente inhabitable; y aunque no resultaba muy acogedora, era un paraíso comparada con el norte de Rusia. Cuando el hielo comenzó a derretirse, desde el este tuvo lugar la primera migración importante, hace unos 11 000 años, cuando los komsas, que más tarde se convertirían en los lapones, llegaron al norte ártico de Noruega.

A medida que el clima se suavizaba y esta tierra se hacía cada vez más habitable, comenzaron a llegar a las costas meridionales los pueblos Nøstvet-Økser de Europa central, atraídos por la caza (de focas, en particular) y la pesca, relativamente abundantes. El reno salvaje también siguió la retirada del hielo, desplazándose hacia el interior, aún cubierto de nieve, y los cazadores que lo persiguieron fueron los primeros humanos en atravesar las tierras altas noruegas. Su presencia, sin embargo, se limitó a campamentos itinerantes y estacionales, por lo que quedaron pocos asentamientos en una tierra vacía dominada por glaciares y yermos helados.

En el milenio siguiente, comenzaron a echar raíces culturas estables, hasta tal punto que, en los últimos años del Imperio, Roma llevó a Noruega estructuras, instrumentos de hierro y cerámica. Las herramientas permitieron que se eliminaran los árboles de las tierras de labranza, que se construyeran barcos mayores gracias a las hachas y que se levantaran estructuras más permanentes, hechas de piedra y tepe, para el clima helado. En el s. v, los noruegos ya sabían fundir su propio hierro con la mena hallada en las ciénagas del sur. Había comenzado la incesante lucha por dominar su indómito paisaje.

Llegan los vikingos

Pocas civilizaciones han hecho volar la imaginación tanto como los vikingos. Considerados los predadores más temibles de la vieja Europa e inmortalizados en historietas actuales (Asterix y Olaf el vikingo, por alguno), puede que hayan desaparecido, pero como civilización de marineros en busca de tierras lejanas, siguen siendo los precursores de la Noruega actual. ¿Y quiénes eran estos antiguos guerreros que, a bordo de sus naves, dominaron Europa durante cinco siglos?

Conquista y expansión

Los primeros pobladores procedentes de Noruega comenzaron a llegar a las costas de las Islas Británicas en la década del 780, forzados por la escasez de tierras de cultivo debido a una población en aumento. Cuando sus barcos regresaron a casa, con tentadores artículos para comerciar e historias acerca de costas casi indefensas, los vikingos comenzaron a planear la conquista del mundo. La primera incursión vikinga tuvo lugar en el 793 en el monasterio de San Cutberto de la isla de Lindisfarne. Poco después, con la guerra en mente, se extendieron por Gran Bretaña, Irlanda y el resto de Europa, volviendo a su patria con sus formidables naves cargadas de esclavos (thrall).

Los vikingos atacaban con grandes flotas y aterrorizaban, asesinaban, esclavizaban, desplazaban a las poblaciones locales o las apresaban. Las regiones costeras de Gran Bretaña, Irlanda, Francia (Normandía debe su nombre a estos pueblos nórdicos), Rusia (hasta el río Volga), al-Ándalus (Sevilla fue asaltada en el 844) y Oriente Próximo (hasta Bagdad) estuvieron bajo dominio vikingo. Constantinopla, con una firme defensa, se resistió: los vikingos la atacaron en seis ocasiones pero nunca tomaron la ciudad. A pesar de este contratiempo, los asedios vikingos hicieron que Escandinavia pasara de ser un oscuro remanso en el margen septentrional de Europa a convertirse en un imperio omnipotente.

Los ataques vikingos elevaron la forma de vida en Noruega. La emigración liberó las tierras de cultivo y fomentó la aparición de una nueva clase comerciante, mientras que los esclavos capturados proporcionaban mano de obra. Los agricultores noruegos también cruzaron el Atlántico para poblar las Islas Feroe, Islandia y Groenlandia durante los ss. IX y X; parecía que el mundo les pertenecía.

Harald el de Hermosos Cabellos

Harald Hårfagre (el de Hermosos Cabellos), hijo de Halfdan Svarte (el Negro), no solo fue el último de una larga lista de grandes nombres vikingos. Mientras la mayoría de los jefes forjaba su nombre a fuerza de conquistas extranjeras, Harald hizo algo que ningún líder había conseguido antes: unió las distintas y enfrentadas tribus de la nación vikinga.

Su momento decisivo llegó en el 872 en Hafrsfjord, cerca de Haugesund, cuando salió victorioso de una de las pocas guerras civiles de la historia que se resolvieron en el mar. Cuando las aguas volvieron a su cauce, Noruega se había convertido en una única nación.

El reinado de Harald Hårfagre fue una época tan extraña y turbulenta que fue registrada para la posteridad en la Heimskringla, la saga de reyes noruegos escrita por el islandés Snorre Sturluson. Según él, la unificación de Noruega a manos de Harald fue inspirada por una mujer que provocó al rey negándose a tener relaciones con un hombre cuyo reino era incluso más pequeño que la diminuta Dinamarca. Mediante una serie de confederaciones y acuerdos comerciales, extendió su reinado hacia el norte, hasta la actual Trøndelag. Sus políticas exteriores fueron igual de astutas e incluso envió a uno de sus hijos, Håkon, a Inglaterra para que se criara en la corte del rey Athelstan. Murió por la peste en Avaldsnes, en la isla de Karmøy, hacia el 930.

Sin embargo, el rey que unificó el país poco pudo hacer con su propia familia. Tuvo 10 esposas y una plétora de herederos, lo que dio lugar a importantes disputas por la sucesión. Finalmente se impuso Eric, el más pequeño y su único hijo con Ragnhild, hija del rey danés Eric de Jutlandia. El despiadado Eric eliminó a todos sus hermanos legítimos excepto a Håkon, que estaba a salvo en Inglaterra. Su reinado estuvo marcado por una considerable ineptitud y echó a perder la confederación noruega que tantos esfuerzos costó a su padre. Cuando Håkon regresó de Inglaterra para resolver aquel desastre como rey Håkon den Gode (el Bueno), Eric se vio obligado a huir a Gran Bretaña, se apoderó del trono de York y reinó como Eric Hacha Sangrienta.

Cristianismo y decadencia vikinga

Los vikingos legaron a los noruegos su amor por el mar y, durante la última etapa del período, les otorgaron otro de sus rasgos más imperecederos: un arraigado cristianismo. Pero este giro en el panteón de los dioses no estuvo exento de lucha.

Håkon el Bueno, que había recibido el bautismo cristiano durante su educación inglesa, trajo a su regreso la nueva fe, además de misioneros y obispos. A pesar de algunos éxitos tempranos, la mayoría de los vikingos permaneció fiel a Thor, Odin y Freyr. Aunque los misioneros fueron capaces finalmente de sustituir los nombres de los dioses por los de los santos católicos, la práctica pagana del sacrificio de sangre siguió incólume y, cuando Håkon el Bueno fue derrotado y asesinado en el 960, el cristianismo noruego desapareció por completo.

Revivió, no obstante, durante el reinado de Olaf Tryggvason (Olaf I). Como buen rey vikingo, decidió que solo la fuerza conseguiría convertir a sus compatriotas a la “verdad”. Pero su futura esposa, la reina Sigrid de Suecia, se negó a convertirse. Olaf canceló el acuerdo prematrimonial y Sigrid se casó con el rey pagano Svend I de Dinamarca. Juntos, orquestaron la muerte de Olaf en la gran batalla naval del Báltico y se adueñaron de Noruega.

Olaf Haraldsson, Olaf II, que también se había convertido en Inglaterra, consolidó finalmente el cristianismo en Noruega. Junto a sus hordas vikingas, se alió con el rey Ethelred y lograron salvar Londres de un ataque danés, liderado por Svend I, destruyendo el Puente de Londres. Olaf II, a diferencia de su homónimo, difundió el cristianismo con bastante éxito. En el 1023 levantó una cruz de piedra en Voss, que aún sigue en pie, y en el 1024 fundó la Iglesia de Noruega. Tras una invasión del rey Canuto de Dinamarca en el 1028, Olaf II murió en la batalla de Stiklestad en el 1030. Para los cristianos, este hecho equivalía al martirio y el rey fue canonizado. La magnífica catedral de Nidaros, en Trondheim, se yergue como monumento a san Olaf y, hasta la Reforma protestante, fue el destino de peregrinos de toda Europa. Su legado más valioso, sin embargo, fue el haber forjado una identidad imperecedera de Noruega como reino independiente.

De los reyes que le sucedieron, ninguno destaca tan tristemente como Harald III (Harald Hardråde el Despiadado), su hermanastro. Asoló todo el Mediterráneo, aunque no fue más que el principio del fin de los vikingos. Su muerte durante un ataque mal planeado en Inglaterra, en el 1066, acabó con la imagen invencible de este pueblo.

Pérdida de la independencia

Puede que la historia hiciera desaparecer rápidamente a los vikingos, pero su expansionismo, al igual que la llegada del cristianismo, sembró las semillas de lo que estaba por venir. A medida que disminuía la esfera de influencia internacional de Noruega, sus vecinos comenzaron a rodearla, haciendo que la que fuera potencia mundial tuviese que luchar por su propia independencia.

Problemas en el exterior y en casa

En 1107, Sigurd I dirigió una expedición de 60 barcos a Tierra Santa. Tres años después conquistó Sidón, en lo que hoy es Líbano. Pero, para entonces, la conquista exterior se había convertido en una cortina de humo que ocultaba serios problemas internos. Sigurd murió en 1130 y el resto del siglo estuvo plagado de brutales guerras civiles por la sucesión al trono. El victorioso rey Sverre, un clérigo convertido en guerrero, preparó el terreno para la denominada Edad de Oro noruega, durante la cual Bergen reclamó el título de capital nacional. Groenlandia e Islandia, atraídos tal vez por su boom económico, se unieron voluntariamente al Reino de Noruega en 1261 y 1262 respectivamente.

Pero el papel de Noruega como potencia mundial menguaba y se encerraba en sí misma. Håkon V construyó fuertes de ladrillo y piedra, uno en Vardø, para proteger el norte de los rusos, y otro en Akershus en 1308, para defender el puerto de Oslo. Pronto siguió el traslado de la capitalidad de Bergen a Oslo. Cuando su nieto Magnus unificó Noruega y Suecia en 1319, Noruega inició un declive que duraría 200 años. La otrora grandiosa Noruega había pasado a ser otra provincia más de sus vecinos.

En agosto de 1349, la peste negra llegó a Noruega vía Bergen, a bordo de un barco inglés. La peste bubónica acabó matando a un tercio de la población europea. En Noruega, dejó de cultivarse la tierra, las ciudades quedaron arruinadas, las actividades comerciales decayeron y los fondos nacionales disminuyeron en un 65%. Pereció un 80% de la nobleza noruega. Puesto que su mano de obra campesina también había sido diezmada, los supervivientes se vieron obligados a regresar a la tierra, cambiando para siempre la base de su poder y plantando las semillas de un igualitarismo que, hoy en día, sigue caracterizando a la nación.

En 1387, Noruega ya había perdido el control de Islandia, y 10 años más tarde, la reina Margarita de Dinamarca creó la Unión de Kalmar, que fusionaba Suecia, Dinamarca y Noruega bajo el reinado de Erico de Pomerania. El abandono de Noruega por parte de Margarita continuó hasta el s. xv, cuando los lazos comerciales con Islandia se rompieron y las colonias groenlandesas desaparecieron misteriosamente sin dejar rastro.

En 1469, las islas Orcadas y Shetland fueron empeñadas, se suponía que temporalmente, a la corona escocesa por el rey Cristián I de Dinamarca y Noruega, que tenía que conseguir dinero para la dote de su hija. Solo 3 años más tarde, los escoceses se las anexionaron.

Noruega se había convertido en la sombra de lo que fue. La única constante aparente era su acérrima devoción cristiana. Pero incluso en esta se estaban gestando cambios esenciales. En 1537, la Reforma cambió la fe católica titular por el protestantismo luterano y, con ello, acabó la transformación de la Noruega vikinga.

Dinamarca y Suecia: los enemigos

La razón por la que podría detectarse cierto odio cordial por parte de los noruegos hacia sus países vecinos es la que sigue.

Una serie de enfrentamientos entre la Unión danesa y la corona sueca tuvieron lugar en suelo noruego. Primero fue la Guerra de los Siete Años (1563-1570), a la que siguió la Guerra de Kalmar (1611-1614). Trondheim, por ejemplo, fue tomada en repetidas ocasiones por ambos bandos y, durante la Guerra de Kalmar, se organizó desde Escocia una invasión a Noruega.

En otras dos guerras, a mediados del s. XVII, Noruega perdió una parte importante de su territorio frente a Suecia. La Gran Guerra del Norte, que acabó con la expansión del Imperio sueco, se libró a principios del s. xviii, y en 1716 los suecos ocuparon Cristianía (Oslo). Suecia fue derrotada finalmente en 1720, lo que supuso el fin de 150 años de contiendas.

Pese a los intentos de restablecer el comercio con Groenlandia mediante la formación de compañías noruegas en Bergen en 1720, las restricciones danesas hundieron la independencia económica en ciernes. Como resultado, Noruega no estuvo preparada para las inclemencias de la llamada Pequeña Edad de Hielo, de 1738 a 1742. La ruina de las cosechas provocó un período de hambruna y la muerte de un tercio del ganado noruego, además de miles de víctimas.

Durante las Guerras Napoleónicas, Gran Bretaña bloqueó Noruega, causando la rendición de los daneses el 14 de enero de 1814. El posterior Tratado de Kiel cedió Noruega a Suecia en la Unión de las Coronas. Cansados de que reyes extranjeros se repartieran su territorio, un contingente de granjeros, comerciantes y políticos se reunieron en Eidsvoll Verk en abril de 1814 para redactar una constitución y elegir un nuevo rey noruego. A Suecia le molestó esta muestra de independencia y obligó al nuevo rey, Cristián Federico, a someterse y aceptar al monarca que había elegido Suecia, Carlos Juan. El compromiso de devolver el poder a Suecia evitó la guerra. La Constitución noruega no había durado mucho, pero demostró el hartazgo del pueblo.

Noruega independiente

Puede que el país haya pasado gran parte de los últimos siglos como vasallo de ocupantes extranjeros, y que sus días como potencia mundial acabaran hace mucho, pero no todo fue tan negativo. Tardaron más de un siglo desde su primera constitución, y otros nueve transcurrieron desde la unificación del país por Harald el de Hermosos Cabellos, pero los noruegos estaban dispuestos a convertirse en los dueños de su destino.

Un buen comienzo

En el s. xix, animados tal vez por el espíritu de la constitución de 1814, los noruegos comenzaron a replantearse su identidad cultural. Este renacimiento en ciernes se hizo patente con el florecimiento de la expresión musical y artística dirigido por el poeta y dramaturgo Henrik Ibsen, el compositor Edvard Grieg y el artista Edvard Munch.

El idioma también cobró protagonismo con al desarrollo de una escritura estandarizada del noruego, conocida como landsmål (o nynorsk). En 1854 se completó la primera línea férrea de Oslo a Eidsvoll y el país comenzó a centrarse en el auge comercial internacional, relacionado especialmente con su floreciente pesca y con las industrias balleneras del Ártico.

Noruega seguía viviendo en una extrema pobreza –entre 1825 y 1925, más de 750 000 noruegos se reasentaron en EE UU y Canadá–, pero la escalada de orgullo e identidad nacionales era ya imparable.

En 1905 tuvo lugar un referéndum constitucional. Tal como se esperaba, casi un 80% de votos abogaban por independizarse de Suecia. El rey sueco Óscar II se vio obligado a reconocer la soberanía noruega, a abdicar y a restituir la monarquía constitucional, con Haakon VII en el trono. Sus descendientes gobiernan el país desde entonces y las decisiones sobre sucesión quedan a cargo del storting (Parlamento). Oslo fue declarada capital del Reino.

La nueva Noruega independiente pronto emprendió la tarea de mostrar al mundo que era una valiosa ciudadana internacional. En 1911, el explorador noruego Roald Amundsen alcanzó el Polo Sur. Dos años después, las mujeres noruegas fueron de las primeras de Europa en conseguir el sufragio. Por todo el país surgieron proyectos hidroeléctricos y prósperas industrias para impulsar la creciente economía de exportación.

Después de salir casi indemnes de la II Guerra Mundial (permaneció neutral, aunque los alemanes hundieron algunos barcos mercantes noruegos), Noruega ganó confianza. En 1920, el storting votó para unirse a la recién formada Sociedad de Naciones, y esa década aportó innovaciones como el desarrollo de buques factoría, que permitieron procesar las ballenas en el mar y provocaron un aumento de las actividades relacionadas con la caza de estos animales, sobre todo en la zona de Svalbard y el Antártico.

Pero la Gran Depresión de finales de la década de 1920 casi doblegó al país. En diciembre de 1932 había un desempleo del 42% y los agricultores se vieron muy afectados por el deterioro de la economía.

Noruega en guerra

El país escogió un mal momento para afirmar su independencia. Las sombras de la guerra asomaban en Europa y, a principios de la década de 1930, el fascismo había empezado a extenderse por el continente. A diferencia de lo que ocurrió en la I Guerra Mundial, Noruega se vio envuelta en las violentas convulsiones que barrían Europa y, en 1933, el anterior ministro de Defensa noruego, Vidkun Quisling, formó un partido fascista, el Nasjonal Samling. Los alemanes invadieron Noruega el 9 de abril de 1940, forzando el exilio del rey Haakon y la familia real, mientras que los ejércitos británico, francés, polaco y noruego trataban de resistir.

Seis ciudades meridionales fueron arrasadas y, a pesar de algunas victorias aliadas, los británicos, que se quedaron en la estacada, abandonaron a su suerte a la Noruega ártica. En Oslo, los alemanes establecieron un Gobierno títere bajo el mandato de Vidkun Quisling, cuyo nombre, desde entonces, pasó a designar a los que traicionan a su pueblo.

Después de pasar siglos luchando por un país al que poder llamar “suyo”, los noruegos no se tomaron a la ligera la ocupación alemana. La resistencia se caracterizó por sabotear los planes alemanes, a menudo con la ayuda de osados pescadores de las Shetland que pasaban armas de contrabando por mar hasta Noruega occidental. Entre los hechos más memorables destaca el ataque de un comando, en febrero de 1943, a la fábrica de agua pesada de Vermok, implicada en el desarrollo de la bomba atómica alemana.

Los alemanes iniciaron una venganza implacable contra la población y entre las víctimas civiles hubo 630 judíos noruegos que fueron enviados a campos de concentración europeos. Los prisioneros de guerra serbios y rusos fueron obligados a realizar trabajos forzados en proyectos de construcción en Noruega, y muchos perecieron a causa del frío y de una dieta inadecuada. La elevada cifra de trabajadores muertos durante la construcción de la carretera ártica a través de Saltfjellet inspiró el sobrenombre de blodveien (carretera sangrienta).

Finnmark sufrió especialmente la destrucción y las víctimas durante la guerra. En Altafjorden y en otros lugares, los alemanes construyeron bases submarinas para atacar a los convoyes que se dirigían a Murmansk y Arkhangelsk, en Rusia, con el fin de interrumpir su suministro de armamento.

A principios de 1945, las fuerzas alemanas, que lidiaban una guerra en dos frentes cada vez más intensa e intentaban retrasar el avance ruso sobre Finnmark, adoptaron una estrategia de tierra arrasada y devastaron el norte del país. Poco después de que los nazis entregaran Noruega, se fusiló a Quisling y otros colaboradores fueron encarcelados.

Los años del petróleo

En la posguerra, a pesar del miedo inicial a que Noruega se uniera al Bloque del Este integrado por países comunistas de la órbita soviética, el Telón de Acero se mantuvo firme en la frontera rusa. Además, Noruega hizo una evidente declaración de intenciones en 1945, al convertirse en miembro fundador de la ONU. Consciente de su proximidad a Rusia, el país abandonó también su posición neutral y se unió a la OTAN en 1949. Dejando el pasado atrás, se alió en 1952 con otros países escandinavos para formar el Consejo Nórdico.

Pero Noruega estaba arruinada y necesitaba dinero urgente para su reconstrucción. Al principio, parecía que la flota mercante, cada vez más próspera, y la ballenera, proporcionarían una solución parcial, pero lo cierto es que Noruega salía adelante como podía.

Ese panorama pronto cambiaría de una forma espectacular. Fue el descubrimiento en 1969 del yacimiento petrolífero de Ekofisk, en la plataforma continental noruega del mar del Norte (al suroeste de Stavanger) lo que convirtió a Noruega en uno de los principales países productores de petróleo (el nº 14 del ranking mundial en el 2013, con un 2,79% de las reservas mundiales). La economía floreció, sacando al país de la pobreza y transformándolo en uno de los más ricos de Europa.

Noruega moderna

Desde que la economía noruega se transformara a raíz del descubrimiento del petróleo, los sucesivos Gobiernos socialistas (y los efímeros mandatos conservadores) utilizaron estos beneficios inesperados, junto con altos impuestos sobre la renta y tasas de servicios, para promover uno de los sistemas de bienestar social más amplios de la historia, con asistencia médica y enseñanza superior gratuitas, así como generosas pensiones y prestaciones por desempleo. Y la generosidad del Estado no tiene vistas de agotarse pronto: su fondo del petróleo para generaciones futuras crece a buen ritmo y ya ha alcanzado los 700 000 millones de US$. Y todo ello sumado a lo que se denomina “la democracia social más igualitaria de Europa occidental”.

Gracias, en gran parte, a su riqueza petrolera, Noruega ejerce una gran influencia en el panorama mundial que no se corresponde con su población, relativamente escasa. Su enérgica participación en varias instituciones internacionales, su papel clave en procesos de paz desde Oriente Próximo a Sri Lanka y, en especial, su liderazgo en la asistencia a refugiados de todo el mundo le han valido el reconocimiento general.

Al mismo tiempo, y por decisión propia, se mantiene al margen del continente en el que habita y aún no forma parte de la Unión Europea. Echando un vistazo a su historia, no es difícil entender por qué los noruegos son cautos a la hora de establecer uniones con otros países. Tras haber votado, por escaso margen, en contra de su ingreso en la UE en 1972 y, de nuevo, en 1994, a pesar de la presión de sus políticos para obtener el voto afirmativo, Noruega sigue observando desde fuera.

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