Historia de Egipto

La historia de Egipto es tan rica como su tierra, tan variada como su paisaje y tan larga como el Nilo; una de las más largas del mundo. Y como siguen demostrando los acontecimientos más recientes, también puede ser tan alegre como el carácter de sus habitantes. Mientras en Europa la gente todavía se envolvía en pieles de animales y blandían garrotes, los antiguos egipcios llevaban una vida sofisticada, dedicada a mantener el orden en el universo y sacando el máximo partido a una de sus grandes ventajas: el Nilo.

El Nilo

Regalo de una nación

El historiador griego Heródoto dijo que Egipto era “un regalo del Nilo”, y aunque hoy esto parezca un tópico, es la pura verdad. Los antiguos egipcios lo llamaban simplemente iteru, “el río”. Sin el Nilo, el Egipto que hoy conocemos nunca habría existido.

Su historia exacta es oscura, pero hace muchos miles de años el clima del norte de África cambió de forma drástica. El ciclo de lluvias también cambió y Egipto, que antaño era una rica sabana, se volvió cada vez más árido. Los habitantes de esta parte de África eran nómadas y vivían de la caza y la recolección; pero cuando sus pastos se convirtieron en desiertos, solo les quedó un lugar al que ir: el Nilo.

Las precipitaciones en África oriental y central garantizaban la crecida del Nilo cada verano; algo que sucedía hacia finales de junio en Asuán. En septiembre las aguas alcanzaban el punto álgido en El Cairo. Casi todos los años, la crecida del Nilo inundaba el valle y sumergía la campiña; y cuando las lluvias disminuían, el caudal del río bajaba y las aguas volvían a su cauce, dejando tras de sí una capa de fecundo cieno procedente de las colinas de África.

Los egipcios descubrieron que si plantaban semillas en aquel territorio tan fértil podían cultivar buenas cosechas. A medida que más gente se iba asentando en el valle, cada vez era más importante aprovechar bien la crecida anual, de lo contrario no habría alimento suficiente para el año siguiente. Surgió un nuevo orden social para organizar la mano de obra que extraería el máximo rendimiento de aquel ‘regalo’, un orden que situaba a los agricultores en el escalafón más bajo, a los burócratas y gobernantes en el medio y, en la cima de esta pirámide, al faraón.

La leyenda egipcia atribuyó este desarrollo social al buen rey Osiris quien, según narra el mito, enseñó a los egipcios a cultivar y a vivir una vida próspera y civilizada. Este mito se remonta a un pasado idealizado, pero también está vinculado con lo que se conoce sobre la aparición de la realeza: una de las primeras representaciones de la realeza, la predinástica Cabeza de Maza de Escorpión, hallada en Hieracómpolis hacia el año 3000 a.C., muestra un ritual de riego, lo cual sugiere que aprovechar el don que ofrecía el río era tarea clave del líder.

Las fuentes de la leyenda

La crecida del Nilo maravilló a los antiguos egipcios hasta el s. xix, cuando los exploradores europeos descubrieron sus fuentes. No existen pruebas que demuestren que, en la antigüedad, los egipcios conocieran el origen del río, y ante la ausencia de datos, se inventaban mitos.

De todos los mitos egipcios, uno de los menos convincentes relacionados con la crecida del Nilo sitúa su nacimiento en Asuán, bajo la Primera Catarata. Decían que, desde aquella catarata, el río fluía hacia el norte, hasta el Mediterráneo, y hacia el sur, adentrándose en África.

La fuerza vital del río se veneraba de muchas formas, la más obvia de las cuales era su encarnación divina: Hapi. Era un dios inusual, en el sentido de que, a diferencia de la habitual esbeltez de los dioses, se le representaba como un hombre orondo, con pechos colgantes y un tocado de papiro. Con cada crecida anual del Nilo se rendía homenaje a Hapi con un banquete. En imágenes más tardías se le suele representar atando plantas de loto y de papiro, a modo de recordatorio de que el Nilo unía a la gente del norte y el sur del país.

Pero el mito más duradero y enraizado de todos los mitos egipcios relacionados con el río está dedicado a la figura de Isis, la esposa doliente: donde quiera que naciera el río, su crecida anual se explicaba por el llanto de la diosa madre por la pérdida del buen rey Osiris.

Los hechos

Fuera cual fuera su origen, el Nilo era el principio y el fin para muchos egipcios. Nacían junto al río y recibían su primer baño posnatal en sus aguas. Los mantenía a lo largo de sus vidas, hacía posible el cultivo de hortalizas en sus campos y les permitía comer pollos, vacas, patos y pescado, además de saciarles la sed. Cuando hacía mucho calor, o al final de un día de arduo trabajo, el Nilo era el lugar ideal para refrescarse o darse un baño. Y cuando morían, si podían permitírselo, su cuerpo recorría el río hasta Abidos, el centro de culto. También era el agua del Nilo lo que los embalsamadores utilizaban para preparar los cuerpos para darles sepultura; si bien la sepultura era el momento de separación total de aquella fuente de vida, ya que, si había suerte, el cuerpo se enterraba en las áridas arenas del desierto, que lo conservaban por toda la eternidad.

No todo en el río era generosidad; también entrañaba peligros en múltiples formas: cocodrilos, inundaciones repentinas que engullían a niños indefensos o derribaban casas y enfermedades. El río también dictaba el ritmo de la vida, y todo empezaba con el comienzo de la inundación: el Año Nuevo se celebraba con la crecida y era época de celebraciones y de relajación. Mientras la tierra estaba cubierta de agua y era necesario desplazarse en barco de un pueblo al otro, los agricultores tenían tiempo de ocuparse de tareas que durante el resto del año tenían aparcadas; así, arreglaban herramientas y trabajaban en sus hogares. También era época de la corvée, el sistema de trabajo por el cual se cree que se construyeron varias obras públicas, entre ellas las pirámides, el canal que conectaba el Nilo con el mar Rojo y, en el s. xix, el Canal de Suez.

El río también influía en los impuestos, ya que el caudal determinaba las tasas anuales. Los burócratas analizaban la crecida del río en la isla Elefantina, donde se había tallado un medidor en la roca. Si el agua alcanzaba los 14 codos, habría comida suficiente; si llegaba a los 16, habría comida abundante –y la abundancia se traducía en impuestos más elevados–; y si solo marcaba, por ejemplo, ocho codos, era señal de que había que prepararse para lo peor.

Viejos hábitos

Incluso cuando los antiguos dioses llevaban tiempo muertos, y las carreteras y vías de tren discurrían junto al río, el Nilo seguía ejerciendo su magia y su poder. En los ss. xviii y xix permitió a los extranjeros descubrir los misterios del pasado, navegando río arriba cuando el viento soplaba desde el norte, y encontrándose cara a cara con un esplendor inimaginable. Incluso entonces, los egipcios se mantuvieron fieles a sus hábitos y a su dependencia del río. En la década de 1830 el orientalista británico Edward Lane escribió que a la noche del 17 de junio la seguían llamando la “Noche de la Gota”. “Se cree –escribió– que una gota milagrosa cae entonces en el Nilo y provoca su crecida”. Lane también anotó la costumbre de modelar una figura femenina en barro, la “Novia del Nilo”, que el río engullía al crecer y que era un recuerdo de una antigua ceremonia en la cual se sacrificaban efigies –y quizás algunas jóvenes– ante la crecida del mismo.

Unos 100 años más tarde, en 1934, la egiptóloga Margaret Murray pasó una noche de mediados de septiembre en un pueblo copto celebrando la noche del alto Nilo, dando gracias “al Señor del río, que ya no es Osiris sino Cristo; y a quien, como antaño, rezan para que bendiga a sus hijos y hogares” (The Splendour that was Egypt, 1963).

Esta especie de vínculo espiritual con el río se rompió cuando los diques y las presas detuvieron la crecida anual. Pero los egipcios, vivan junto al río o en una de las nuevas ciudades satélite en el desierto, siguen siendo tan dependientes del río como siempre. Ahora, en lugar de rezar al “Señor del Río”, confían en los ingenieros, quienes, como los reyes de antaño, les ayudan a rentabilizar el agua; y en los políticos, que actualmente renegocian los acuerdos para compartir el agua con los vecinos de la cuenca del Nilo; pero allí donde depositen sus esperanzas, saben bien que, como siempre, su existencia depende del agua que fluye por Asuán rumbo al Mediterráneo.

Egipto cristiano

Al principio

Según la tradición copta, el cristianismo llegó a Egipto en el año 45 d.C. con la figura de san Marcos, quien era originario de Cirene (en la actual Libia) y estaba de paso por Alejandría cuando se le rompió una sandalia. La llevó a reparar a un zapatero, Ananias, el cual se hizo daño en la mano mientras remendaba la sandalia y exclamó “¡Oh, dios único!”; ante lo cual san Marcos reconoció a su primer converso a la nueva religión. Si bien es imposible demostrar la veracidad de esta historia, lo que es innegable es que el cristianismo llegó temprano a Egipto, directamente desde Palestina.

En la cúspide de su poder los antiguos egipcios habían exportado sus religiones; Amón de Tebas era conocido y temido por todo el Mediterráneo, e incluso en épocas de debilidad, el culto a la diosa Isis se extendió por todo el Imperio romano. Pero los egipcios también estaban abiertos a ideas religiosas foráneas. Los persas no tuvieron mucho trabajo para imponer a sus dioses cuando saquearon Tebas en el s. vi a.C. y se anexionaron Egipto como parte de su imperio. Dos siglos después, Alejandro Magno veía las cosas desde otra perspectiva, al menos en el norte del país: mientras construía santuarios a Amón en Karnak no tuvo inconveniente en ser recibido como un faraón por los sacerdotes de Menfis, e incluso animó a griegos y judíos a llevar a sus dioses a la ciudad que él había construido, Alejandría. Bajo el mandato de sus sucesores, los ptolemaicos, la ciudad se convirtió en un centro del multiculturalismo, donde gente de distintos credos y religiones convivía y rezaba en paz.

Primeros pasos de la Iglesia

Los cristianos coptos de Egipto absorbieron la forma y el contenido de la antigua religión pagana. Es imposible establecer paralelismos directos, pero el auge del culto de la Virgen María parece estar influenciado por la popularidad de Isis: ambas concibieron supuestamente un hijo por intervención divina. Según el malogrado musicólogo copto Dr. Ragheb Moftah, la liturgia copta parece haber evolucionado a partir de antiguos rituales. Incluso la estructura física de las iglesias coptas recuerda la distribución de los antiguos templos paganos con el uso de tres espacios sagrados distintos, el más recóndito de los cuales contiene el altar reservado a los sacerdotes y está oculto del resto de la congregación por el iconostasio, lleno de imágenes de santos.

La necesidad inicial de rezar a escondidas, el deseo de seguir a Jesús en su intención de retirarse del mundo, la creciente dificultad de reconciliar los valores espirituales con las demandas y las tentaciones de la vida terrenal y, quizá, el recuerdo de algunos ermitaños paganos llevó a algunos cristianos a abandonar el valle del Nilo y adentrarse en el desierto en busca de la pureza espiritual; se cree que el primero de ellos fue san Pablo, nacido en Alejandría en el año 228 d.C., quien se marchó al desierto huyendo de las persecuciones del año 250 d.C. Parece ser que se adaptó bien a la vida en el desierto, ya que cuentan que sobrevivió allí casi un siglo y que murió en el año 343. Aunque hay textos del s. v que hablan de él, perdura todavía cierta controversia en cuanto a si existió realmente. No se da tal problema con el hombre al que, según dicen, inspiró.

Los cristianos egipcios tuvieron un papel decisivo en la evolución de aquella religión entonces tan joven. En una serie de encuentros con cristianos de todo el Imperio, los coptos discutieron sobre la naturaleza de la divinidad, los deberes de los cristianos, la forma correcta de rezar y muchos otros aspectos de la vida religiosa. Hubo un tema en el que, en particular, los coptos se quedaron solos: muchos cristianos aseguraban que, cuando Jesús nació, hubo un tiempo en el que no fue divino y parte de Dios. El clero copto, y en particular Atanasio, sostenía que esta idea de una naturaleza dual era un retroceso al politeísmo. La escisión tuvo lugar en el 325, en el Concilio de Nicea, organizado por el emperador, en el cual triunfaron los alejandrinos: el credo niceno afirmó de forma inequívoca que Padre e Hijo son uno. Con semejante éxito, Alejandría confirmó su estatus como centro de la cultura mediterránea.

La muerte de los antiguos dioses

En el año 391 d.C. el emperador Teodosio proclamó un edicto que prohibía a la gente visitar templos paganos, e incluso mirar estatuas paganas. Aunque en algunos lugares el edicto fue ignorado por completo, en Alejandría, donde el templo de Serapis todavía se alzaba en el centro de la ciudad, se lo tomaron muy en serio. La estatua dorada del dios permaneció en el santuario, adorada por sus fieles, hasta que el patriarca cristiano de Alejandría azuzó a una multitud para que atacara el templo: derribaron al dios de su pedestal –desmintiendo a los profetas que vaticinaban el caos si la estatua sufría daño alguno–, lo sacaron a la calle y lo quemaron. También se cree que aquella multitud prendió fuego a la biblioteca del templo, que contenía una de las más grandes colecciones de pergaminos del mundo desde que la ‘biblioteca madre’ alejandrina fuera incendiada durante un ataque de Julio César.

Constantino trasladó la capital a la ciudad de Bizancio, a la que rebautizó como Constantinopla (la actual Estambul) en el 330, y a partir de aquel momento Alejandría fue perdiendo poder. Más de un siglo después, en el 451, los egipcios fueron oficialmente marginados en el Concilio de Calcedonia. Al rechazar la idea de que Jesús fuera una persona, pero tuviera dos naturalezas, los egipcios se escindieron del resto de los cristianos, su patriarca fue excomulgado y, poco después, Alejandría fue saqueada.

A pesar del cisma religioso, Egipto seguía formando parte del Imperio bizantino, sometido a un gobernador extranjero, y su suerte iba ligada al Imperio. Aquello aumentó la tensión, que alcanzó su punto álgido durante el reinado del emperador Justiniano (528-565). Los alejandrinos apedrearon al gobernador del emperador, quien envió a su ejército a castigarlos. En el 629 un mensajero de Arabia emprendió un viaje para visitar al emperador en Bizancio. Era el enviado de un hombre llamado Mahoma y su misión era revelar al emperador una nueva religión, el islam. El mensajero fue asesinado por el camino y 10 años después los ejércitos árabes invadían Egipto.

Después de Bizancio

Bajo el mando de su brillante general Amr Ibn Al As, los árabes barrieron un Egipto mal defendido y peor preparado, derrotando al ejército bizantino cerca del fuerte romano de Babilonia, en Egipto. Las puertas de Alejandría se les abrieron sin oponer resistencia alguna.

Amr no obligó a los egipcios a convertirse a la nueva religión, pero impuso una tasa a los no creyentes y mostró preferencia por los conversos. Poco a poco, y de forma inevitable, la población se convirtió, aunque la rapidez con la que lo hizo es motivo de controversia. A la larga, algunos monasterios quedaron vacíos, y la lengua copta, la última versión de la lengua de los faraones, dejó de hablarse en público. Las comunidades cristianas se mantuvieron fuertes en la nueva capital, El Cairo, y en el valle hacia el sur, hasta la antigua capital, Tebas (Luxor). Cada vez eran más los cristianos que se encerraban en monasterios; en sitios como Wadi Natrun y a lo largo del valle del Nilo, las comunidades monásticas se refugiaban tras sus murallas, conservando la lengua y las tradiciones antiguas, y, en sus bibliotecas, una parte del saber antiguo.

A mediados del s. xix, incluso los monasterios estaban amenazados, y los viajeros europeos que navegaban por el Nilo se asombraban al verse abordados por monjes desnudos que nadaban hasta sus barcos para suplicar comida y dinero. El declive continuó hasta el s. xx; entonces solo un 10% de la población egipcia era cristiana y los grandes monasterios pasaban su peor momento. Por irónico que parezca, el cristianismo respondió a aquella amenaza con una especie de resurgimiento. Las influencias modernizadoras de principios del s. xx desencadenaron una renovación cultural que insufló nueva vida a la larga tradición de la pintura de iconos, entre otras. La violencia islamista contra los coptos de los años ochenta y noventa hizo aumentar el número de monjes. El monasterio de San Antonio pasó de 24 monjes en 1960 a 69 en 1986, y el de San Bishoi, de 12 a 115.

La elección de un gobierno liderado por los Hermanos Musulmanes en el 2012, tras la caída del presidente Mubarak, no suavizó la tensión; y los coptos siguieron acosados con impunidad. Muchos coptos pudientes optaron por emigrar a EE UU y otros países. Aquel mismo año murió el popular papa copto Shenouda III, a quien sucedió el papa Teodo-ro II, el 118o patriarca de Alejandría.

El nuevo papa se alineó junto al gran imán de Al Azhar y Abdelfatah Al Sisi para anunciar el derrocamiento del Gobierno de los Hermanos Musulmanes en el 2013. Pero a pesar de su apoyo sin fisuras a Al Sisi, los coptos siguen estando perseguidos y viven en un estado de inseguridad. En el 2017 se produjeron atentados con bombas contra iglesias coptas el Domingo de Ramos, y al menos 28 personas perdieron la vida cuando un pistolero disparó a un autobús de peregrinos cerca de Menia.

La llegada de los árabes

Hacia el año 628 d.C. un hombre llamado Mahoma, el líder de una nueva fuerza árabe unida, escribió a algunos de los hombres más poderosos del mundo, incluido el emperador bizantino Heraclio, invitándoles a convertirse a su nueva religión. El emperador, que nunca había oído hablar del islam y que tenía a los árabes por nada más que una leve molestia que habitaba en los límites de su poderoso imperio, rechazó la invitación. Cuando Heraclio murió, en el año 641, los ejércitos árabes habían conquistado la mayor parte del Imperio bizantino, incluidos Siria y casi todo Egipto, y estaban acampados en las afueras de la capital egipcia, Alejandría.

La victoriosa

Los egipcios estaban acostumbrados a los invasores extranjeros, pero nunca habían vivido nada parecido a la invasión árabe. Tras la caída de Alejandría, el general árabe Amr escribió a su líder, el califa Omar, para informarle de que había capturado una ciudad de 4000 palacios, 4000 baños, 400 teatros y 12 000 vendedores de hortalizas verdes. Omar quizá percibió algún peligro ante tanta sofisticación y ordenó a su ejército la creación de una nueva capital musulmana. El lugar elegido estaba junto al fuerte romano de Babilonia, allí donde el Nilo se abría hacia el delta. El campamento inicial recibió el nombre de Al Fustat, que en árabe significa “las tiendas”, y pronto se convirtió en una de las ciudades clave de la región, hasta que quedó eclipsada por nuevos asentamientos vecinos, como la ciudad abásida de Al Askar, la ciudad tulúnida del s. ix Al Katai y, finalmente, la ciudad fatimí del s. x de Al Qahira, origen del nombre de El Cairo.

¿Sunitas o chiíes?

El cambio de capitales de Egipto coincidió con una época de inestabilidad en el Imperio árabe, cuyo centro de poder se trasladó de La Meca a Damasco y después a Bagdad. Aquello también reflejaba la naturaleza cambiante del califato, el liderazgo del islam, dividido entre las facciones chií y sunita. Las primeras dinastías árabes eran sunitas. Los fatimíes, que conquistaron Egipto en el s. x y crearon la ciudad de Al Qahira, eran chiíes. En el centro de su nueva ciudad se alzaba una mezquita, Al Azhar, cuyo jeque se convirtió en la principal autoridad del país en asuntos religiosos. Pero Saladino (Salah Ad Din), que asumió el poder en Egipto en el año 1171 y fundó la dinastía ayubí, era sunita. A partir de entonces, y hasta ahora, los imanes de Al Azhar inculcan la ortodoxia sunita. La mayoría de los egipcios son sunitas.

Los mamelucos

Uno de los últimos gobernantes de la dinastía ayubí de Saladino fue As Salih, quien instauró una nueva clase social, la de los guerreros-esclavos túrquicos. La mayoría de los sultanes confiaba su seguridad a parientes y amigos, pero As Salih despertaba tanta animadversión que creyó más prudente ocuparse de su propia protección, y lo hizo comprando una gran cantidad de esclavos procedentes del territorio situado entre los Urales y el mar Caspio, hombres que se convertirán en una clase guerrera que gobernará Egipto.

Los mamelucos debían lealtad a su propietario original, el emir, y no a los lazos de sangre. Nuevas adquisiciones ayudaron a mantener el grupo. Soldados de pura cepa, los mamelucos emprendieron una serie de exitosas campañas por las que Egipto obtuvo el control sobre Palestina y Siria, el Hiyaz y la mayor parte del norte de África, el mayor imperio islámico de finales de la Edad Media. Al tener prohibido legar sus riquezas, los mamelucos construyeron a gran escala, dotando a El Cairo de exquisitas mezquitas, escuelas y tumbas. Durante los 267 años que duró su reinado [1250-1517], la ciudad se convirtió en el centro intelectual y cultural del mundo islámico.

La financiación de las grandes construcciones mamelucas procedía del comercio. Existía un canal que conectaba el mar Rojo con el Nilo en El Cairo, y así con el Mediterráneo, formando un enlace vital en la concurrida ruta comercial entre Europa, la India y Asia oriental. En los ss. xiv y xv los mamelucos se unieron a los venecianos para controlar el comercio entre oriente y occidente, y ambas partes se enriquecieron muchísimo.

El final de aquella época dorada llegó a comienzos del s. xvi por dos razones: el descubrimiento de Vasco da Gama de la ruta marítima alrededor del cabo de Buena Esperanza, que liberó a los comerciantes europeos de las elevadas tasas que cobraba El Cairo; y la aparición de los turcos otomanos, una nueva y poderosa fuerza que pretendía unificar el mundo islámico. En 1516 los mamelucos, bajo el mando de su penúltimo sultán, Al Ghouri, se vieron obligados a hacer frente a la amenaza turca. La batalla, que tuvo lugar en Alepo, en Siria, supuso la derrota definitiva de los mamelucos. En enero del año siguiente, el sultán turco Selim I entraba en El Cairo, y aunque los mamelucos siguieron en el poder en Egipto, nunca jamás volvieron a gozar de la superioridad y autonomía que habían tenido.

La época moderna

Napoleón y la ‘Description de l’Egypte’

Cuando Napoleón y su ejército, armado con mosquetes, arrollaron en 1798 a la caballería mameluca y sus cimitarras en la batalla de las Pirámides –según Napoleón, con la aprobación del sultán otomano–, Egipto entró en la era de la geopolítica. Napoleón tenía el deseo de resucitar la gloria de Egipto, liberar al país del yugo de la tiranía y educar a las masas, pero también pretendía asestar un buen golpe a Gran Bretaña. Napoleón halló la manera de atacar los intereses británicos capturando Egipto y, durante el proceso, adueñarse del control de la ruta más rápida entre Europa y el Imperio británico que crecía en Oriente a toda velocidad.

Pero los ejércitos de Napoleón no siempre salieron victoriosos. En 1798 la flota británica al mando del almirante Nelson rastreaba el Mediterráneo en busca del ejército galo; y el 1 de agosto dio con él en la bahía de Abukir, cerca de la costa de Alejandría. Solo tres buques de guerra franceses sobrevivieron a la batalla del Nilo, que tuvo lugar tras el encuentro. Animado por los británicos, el sultán otomano envió un ejército que los galos aplastaron, lo cual tumbó cualquier pretexto de que los franceses estaban en Egipto con la complicidad de Constantinopla. A pesar de aquellos reveses, los galos mantuvieron el control de la zona.

Durante el tiempo que Napoleón pasó en el recién conquistado Egipto fundó un Gobierno de estilo francés, modernizó el sistema de impuestos, introdujo la primera imprenta en África, puso en marcha obras públicas y adoptó nuevos cultivos y un nuevo sistema de pesos y medidas. También desplazó al país a 167 académicos y artistas, a quienes encargó un completo estudio de los monumentos, las obras de arte, la flora, la fauna y la sociedad de Egipto. La obra resultante se publicó en 24 volúmenes bajo el título Description de l’Egypte, y estimuló en gran medida el estudio de las antigüedades egipcias.

Sin embargo, las relaciones entre ocupantes y ocupados se deterioraron con rapidez y estallaron varias revueltas contra los franceses en El Cairo. Cuando los británicos enviaron de nuevo a sus fuerzas a Abukir en 1801, los franceses aceptaron el armisticio y se marcharon.

Los reyes albaneses

La marcha de los franceses sumió a Egipto en la inestabilidad política, una situación que enseguida aprovechó un teniente de un contingente albanés del ejército otomano llamado Mehmet Alí. Transcurridos cinco años del desalojo francés, luchó y conspiró para convertirse en pachá (gobernador) de Egipto. Aunque nominalmente era vasallo de Constantinopla pronto se dio cuenta, como muchos gobernadores anteriores, que el país podía ser suyo.

El sultán de Constantinopla era demasiado débil para resistir aquel desafío, y tras vencer a un ejército británico de 5000 hombres, la única amenaza contra Mehmet Alí podía proceder de los beyes (líderes) mamelucos. Cualquier peligro potencial era atajado enseguida sin contemplaciones, y el 1 de marzo de 1811 Alí invitó a 470 beyes mamelucos a la Ciudadela para celebrar la inminente partida de su hijo a La Meca. Al terminar la fiesta, los mamelucos montaron en sus caballos engalanados y marcharon en procesión por el angosto y profundo desfiladero que hay bajo el actual Museo de la Policía. Cuando se acercaban al Bab Al Azab, las grandes puertas se cerraron y se abrió fuego desde arriba. Tras las descargas, los soldados de Mehmet Alí irrumpieron con espadas y hachas para rematar la faena.

El reinado de Mehmet Alí es fundamental en la historia de Egipto. Tras ver cómo el viejo ejército mameluco sucumbía ante el armamento y las tácticas de los europeos, muy superiores, reconoció la necesidad de modernizar el ejército y el país. Durante su largo reinado (murió en 1848), Mehmet Alí modernizó el ejército, creó una armada, construyó carreteras, abrió un nuevo canal que unía Alejandría con el Nilo, introdujo la educación pública, mejoró los sistemas de riego, levantó una presa en el Nilo e implantó el lucrativo cultivo del algodón. Sus herederos continuaron su labor implementando reformas y proyectos sociales. La bisoña industria algodonera de Egipto prosperó cuando la producción en EE UU se vio interrumpida por la Guerra de Secesión, y los ingresos se destinaban a proyectos de mayor envergadura, siendo el más imponente de todos el Canal de Suez, inaugurado en 1869 con gran pompa y ante una audiencia que incluía a la realeza europea.

El jedive Ismail, nieto de Mehmet Alí, había contraído más deuda de la que la próspera economía egipcia podía asumir, y los políticos y bancos europeos no tardaron en aprovechar la creciente debilidad del país. Seis años después de la inauguración del Canal, Ismail se vio obligado a vender su participación mayoritaria al Gobierno británico, y poco después la bancarrota y la presión británica le obligaron a abdicar. Aquella intromisión extranjera en los asuntos egipcios generó un gran resentimiento, sobre todo entre un grupo de oficiales del ejército egipcio, que se sublevó contra el nuevo jedive. En 1882, con la excusa de restaurar el orden, los británicos bombardearon Alejandría, y los soldados británicos derrotaron a las tropas nacionalistas egipcias.

El protectorado encubierto

Los británicos no tenían intención de colonizar Egipto: su principal motivo para involucrarse en el país era proteger el Canal de Suez; por ello permitieron que los herederos de Mehmet Alí conservaran el trono mientras el auténtico poder recaía en las manos del agente británico sir Evelyn Baring. Al nombrar ‘asesores’ británicos para los ministerios egipcios y actuar él mismo como consejero del jedive, Baring manejaba lo que se conoció como el protectorado encubierto, que no era más que otro nombre para el colonialismo.

Los británicos querían garantizar la seguridad del paso hacia la India, y por ello controlaron la política egipcia de las décadas siguientes. Estaba claro que controlar Egipto era controlar el Nilo, y por ello se envió un destacamento egipcio para proteger ese enclave en Sudán. Al toparse con el alzamiento islamista del Mahdi, y tras la muerte del general Charles Gordon en Jartum en 1885, las tropas británicas se involucraron en el curso medio del Nilo.

Bajo el ‘protectorado encubierto’ el Canal de Suez estaba protegido, la economía egipcia se restableció, mejoraron la burocracia y las infraestructuras, y se dieron algunos avances sociales. Pero la situación empeoró para los egipcios con el estallido de la II Guerra Mundial, cuando la alianza de Turquía con Alemania permitió a Gran Bretaña convertir Egipto en un protectorado oficial.

El deseo de autodeterminación de los egipcios se vio reforzado por el uso que los Aliados dieron al país como cuartel de una guerra que la mayoría de los egipcios creía que no tenía nada ver con ellos. El sentimiento nacional se articuló a base de disturbios en 1919 y, de forma más elocuente, con personajes como Saad Zaghloul, el más brillante de una hornada emergente de jóvenes políticos egipcios. Los británicos permitieron la creación de un partido político nacionalista, la Wafd (“la delegación”) y garantizaron la soberanía de Egipto, pero aquello fue visto como un gesto vacío. El rey Fuad no era muy popular entre su gente, y los británicos todavía mantenían un control férreo de la administración.

Los británicos y sus Aliados llegaban a Egipto cada vez en mayor número tras el comienzo de la II Guerra Mundial. La guerra no era una mala noticia para los egipcios; no para los tenderos y negociantes que veían llegar a miles de soldados aliados a sus pueblos y ciudades con dinero que gastar durante sus permisos de 48 h; pero también hubo quien veía en los alemanes a sus libertadores potenciales. Los estudiantes organizaron manifestaciones en apoyo de Rommel, y un pequeño grupo de oficiales egipcios, incluidos los futuros presidentes Nasser y Sadat, conspiraron para ayudar a los alemanes en el avance por su ciudad.

Rommel obligó a las tropas aliadas a retroceder casi hasta Alejandría, ante lo cual los británicos empezaron a quemar documentos a toda prisa y en tantas cantidades que el cielo sobre El Cairo se ennegreció, pero los alemanes no entraron en la ciudad. Así, los británicos mantuvieron su presencia política y militar en Egipto hasta casi siete años después de la guerra.

Egipto independiente

Resurgir de las cenizas

Tras años de manifestaciones, huelgas y disturbios contra el dominio extranjero, un enfrentamiento anglo-egipcio en una comisaría del Canal de Suez fue la chispa que encendió la capital. El 26 de enero de 1952, una multitud incendió las tiendas y establecimientos que frecuentaban los extranjeros en El Cairo.

La humareda desapareció, pero no la agitación colectiva; no solo contra los británicos, también contra una monarquía que la mayoría de los egipcios consideraba demasiado influenciada por los británicos. El rey Faruq creyó que la monarquía sobreviviría a los disturbios porque contaba con el apoyo del ejército egipcio, pero una facción del cuerpo de oficiales, los Oficiales Libres, llevaba planeando un golpe de estado desde hacía tiempo. El 20 de julio de 1952, el líder de los Oficiales Libres, el coronel Gamal Abdel Nasser, supo que un nuevo ministro de la guerra conocía la existencia del grupo y que planeaba arrestarlos. Dos noches después, unidades del ejército leales a los Oficiales Libres tomaron puestos clave en la capital y a la mañana siguiente la monarquía había sido derrocada. El rey Faruq, descendiente del albanés Mehmet Alí, huyó de Alejandría en su yate real el 26 de julio de 1952, dejando Egipto en manos de un gobierno egipcio por primera vez desde la época de los faraones.

El coronel Nasser fue elegido presidente tras las elecciones de 1956. Con el objetivo de devolver parte de la riqueza de Egipto a su explotado campesinado, pero también haciéndose eco de los eventos rusos de 1917, los terratenientes fueron desposeídos de sus tierras. Nasser también se puso en contra de la enorme comunidad extranjera del país, y aunque no les obligó a emigrar, sus medidas persuadieron a más de uno a venderlo todo y abandonar el país.

En el año de su investidura, Nasser venció a Gran Bretaña y Francia en una disputa por el Canal de Suez, del cual británicos y franceses eran los principales propietarios. El 26 de julio, el cuarto aniversario de la marcha del rey Faruq, Nasser anunció que había nacionalizado el Canal de Suez para financiar la construcción de una gran presa que controlaría la crecida del Nilo e impulsaría la agricultura egipcia. Cuando un contingente invasor británico-galo-israelí, enviado a tomar posesión del canal, se vio obligado a una retirada poco digna tras la presión de la ONU y de EE UU, Nasser emergió del conflicto como un héroe del mundo en vías de desarrollo.

Vecinos y amigos

La demostración de fuerza de Nasser en 1956 se tradujo en muchos años de tensión y antagonismo entre Egipto y sus vecinos árabes, por un lado, y su incómodo vecino Israel, por el otro.

Las relaciones con Israel habían sido hostiles desde su fundación en 1948. Egipto había enviado soldados a luchar junto a los palestinos en contra del recién proclamado estado israelí, y acabó en el bando perdedor. Aunque Nasser reconoció en privado que los árabes probablemente perderían otra guerra contra Israel, en público arengaba al pueblo para liberar Palestina. Fue un gran orador, y a principios de 1967 el ánimo que sus discursos generaron en todo el mundo árabe empezó a pasarle factura. Otros líderes árabes empezaron a acusarle de cobardía y de esconderse tras las tropas de la ONU estacionadas en el Sinaí desde la Crisis de Suez. Nasser respondió echando a las misiones de paz y bloqueando los estrechos de Tirán, cerrando así el puerto meridional israelí de Eilat. Garantizó a Israel que no iba a atacarles, pero mientras tanto reunió a su ejército al este de Suez. Pero Israel golpeó primero; en junio lanzó un ataque sorpresa que destruyó la fuerza aérea egipcia en tierra, seguido de un ataque terrestre.

Cuando, seis días después, cesaron los disparos, Israel tenía el control de toda la península del Sinaí y había cerrado el Canal de Suez (que no volvió a abrirse en ocho años). Humillado, Nasser quiso dimitir, pero en un espontáneo acto de apoyo, los egipcios no se lo permitieron y permaneció en el cargo. Sin embargo, solo duró tres años más; en noviembre de 1970 el presidente murió de un infarto.

Anwar El Sadat, otro miembro de los Oficiales Libres, fue el siguiente presidente del país. Promovió un cambio de política extranjera. Si Nasser se había inspirado en la Unión Soviética, Sadat se fijó en EE UU, sustituyendo los principios socialistas por el oportunismo capitalista. Tras haber mantenido un perfil bajo durante una década y media, los ricos resurgieron acompañados de una nueva y amplia clase media que se enriqueció gracias a la tan mentada al infitah (política de puertas abiertas) de Sadat. El presidente también creía que para revitalizar la economía egipcia tenía que tratar con Israel.

En noviembre de 1977, en una época en la que los líderes árabes se negaban a hablar públicamente con Israel, Sadat viajó a Jerusalén para negociar un tratado de paz. Al año siguiente, él y el primer ministro israelí firmaban los Acuerdos de Camp David, por los cuales Israel aceptaba retirarse del Sinaí a cambio de que Egipto reconociera su derecho a existir. Aquello causó una conmoción en el mundo árabe, donde el rechazo de Sadat a los principios panarabistas de Nasser fue visto como una traición. Como resultado Egipto perdió mucho prestigio entre los árabes, quienes trasladaron la sede de la Liga Árabe fuera de El Cairo, y Sadat perdió la vida: el 6 de octubre de 1981, durante un desfile que conmemoraba la guerra de 1973, unos soldados, miembros de un grupo islamista, rompieron las filas que marchaban y dispararon a la tribuna presidencial. Sadat murió en el acto.

Mubarak y el auge del movimiento islámico

A Sadat le sucedió el vicepresidente Hosni Mubarak, un antiguo general de las fuerzas aéreas. Menos ostentoso que Sadat y menos carismático que Nasser, Mubarak estaba considerado un personaje indeciso y falto de imaginación, pero supo mantener el equilibrio en varios frentes, en el extranjero y en casa. Para indignación de países de la línea dura, como Siria y Libia, Mubarak rehabilitó Egipto ante el mundo árabe sin abandonar el tratado con Israel y, al mismo tiempo, consiguió mantener a raya a los islamistas de su país hasta principios de los noventa, cuando todo cambió.

Son muchas las teorías sobre el auge de los grupos fundamentalistas islámicos en Egipto. Hay quien cree que se debe a las duras condiciones socioeconómicas, al margen del uso de la religión que hagan los grupos islamistas. Más de 30 años después de la revolución, las promesas del Gobierno no han estado a la altura de la explosión demográfica y de una generación de jóvenes que vivía en casas diminutas y abarrotadas, sin trabajo y sin apenas esperanza para el futuro. Con un sistema político que casi no daba voz a la oposición legítima, muchos sintieron que la única esperanza la ofrecían los partidos islámicos, como los Hermanos Musulmanes, y sus ansias de cambio. El estado les negó todo reconocimiento como entidad política legal, y en los años ochenta y noventa, los islamistas optaron por usar la fuerza. Hubo varios atentados contra la vida del presidente y sus ministros, y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. El asunto se convirtió en un problema internacional cuando los islamistas empezaron a fijar como objetivo una de las fuentes más valiosas y vulnerables de ingresos del país: los turistas.

Durante los años noventa, varios grupos de turistas fueron víctimas de atentados, incluido el atentado con bombas en 1997 a un autobús turístico aparcado frente al Museo Egipcio de El Cairo, seguido unas semanas después por el asesinato de otro grupo de turistas en el templo de Hatshepsut, en Luxor.

La brutalidad de la masacre y la eficacia que tuvo para alejar a los visitantes extranjeros del país acabó con el apoyo popular de sus militantes, y los Hermanos Musulmanes declararon una tregua al año siguiente. Todo se mantuvo relativamente tranquilo hasta octubre del 2004, cuando un atentado con bombas en Taba, en la frontera con Israel, y en el vecino campamento Ras Shaytan, mató a 34 personas y desató 12 meses de violencia.

Las primeras elecciones

En el 2005 el presidente Mubarak cedió a la creciente presión internacional para alinear el sistema político del país con las democracias occidentales, y propuso una enmienda constitucional (aprobada después por el Parlamento y ratificada en un referéndum nacional) por la convocatoria abierta de elecciones presidenciales. Si bien algunos críticos lo vieron como un gran paso adelante, otros sospechaban que era una farsa, sobre todo porque grupos populares de la oposición como los Hermanos Musulmanes seguían ilegalizados y otros candidatos independientes necesitaban un respaldo mínimo de 65 miembros de la cámara baja del Parlamento. Como la cámara baja estaba dominada por el Partido Democrático Nacional (NDP), las posibilidades de cambio real eran mínimas. Cuando la coalición de grupos opositores Kifaya! (¡Basta!) protestó por esas restricciones, las fuerzas de seguridad les reprimieron. Ayman Nour, líder del popular partido Ghad (Mañana), fue encarcelado con cargos de falsificación. Las organizaciones locales de derechos humanos cuestionaron la validez de los cargos y expresaron su preocupación por la integridad de Nour, mientras que EE UU se declaró “profundamente preocupado” por la condena.

A partir de entonces los ilegalizados Hermanos Musulmanes empezaron a ofrecer mítines y se dieron dos incidentes terroristas aislados contra turistas extranjeros en El Cairo, ambos reivindicados por el mismo sector proislamista. Poco después, un atentado con tres bombas en el popular resort playero de Sharm El Sheij mató a 88 personas, la mayoría de ellas egipcias. Varios grupos reivindicaron su autoría, el turismo cayó de inmediato y los egipcios se prepararon ante posibles nuevos atentados y la inestabilidad del país.

En el 2005 Mubarak ganó las primeras elecciones presidenciales abiertas con el 89% de los votos y una participación de tan solo el 23% de un censo de 32 millones de votantes registrados. Observadores como la Egyptian Organization for Human Rights (EOHR) emitieron muchos informes denunciando la desorganización, la intimidación y el abuso de las fuerzas del orden durante las elecciones, y los partidos y candidatos de la oposición (incluido Ayman Nour) alegaron fraude electoral y dieron el resultado por inválido. Aun así, otros observadores destacaron que aquellas elecciones suponían una mejora comparadas con comicios anteriores.

En las subsiguientes elecciones parlamentarias, en noviembre del 2005, los independientes de los Hermanos Musulmanes obtuvieron 88 escaños de los 444 del Parlamento nacional, multiplicando por seis sus anteriores resultados y convirtiéndoles en un actor clave de la política nacional a pesar de su estatus oficial de partido ilegal.

Egipto avanza

El 11 de febrero del 2011 el presidente Mubarak dimitió. La razón más obvia de su marcha, después de 30 años de ocupar la presidencia, fueron los cientos de miles de personas que llevaban tiempo manifestándose y la ocupación, durante 18 días, de la plaza Tahir de El Cairo. La pérdida de apoyos de Mubarak entre los militares egipcios y EE UU también fue significativa. Los problemas económicos, sobre todo el aumento del precio de los productos de alimentación, y la perspectiva de tener a Gamal Mubarak como sucesor de su padre, enfermo, eran algunas de las muchas razones de la pérdida de popularidad del presidente. La enorme reacción popular ante la muerte de Khaled Said –asesinado en Alejandría por fuerzas de seguridad en verano del 2010– fue un indicador de lo desesperados que estaban algunos egipcios en los últimos años del Gobierno de Mubarak.

La euforia generada por la salida de Mubarak se vio realzada por la ausencia de represión por parte de las fuerzas de seguridad. El ejército estaba considerado como el protector de la revolución, y la gente de la plaza Tahrir cantaba “¡El pueblo y el ejército en una sola mano!”. Los antiguos generales de Mubarak, incluido el exministro de defensa y jefe de las fuerzas armadas, el mariscal de campo Marshal Tantawi, tomaron el poder.

El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF) se presentó como un agente honesto dispuesto a conducir al país hacia la democracia, pero antes de que se celebraran las elecciones, se aseguró la autonomía de las fuerzas armadas con un decreto por el cual los futuros gobiernos no podrían elegir al jefe de las fuerzas armadas o intervenir en los asuntos internos o económicos de los militares.

Las primeras elecciones presidenciales y parlamentarias abiertas de Egipto, en el 2012, confirmaron el ascenso de los Hermanos Musulmanes y los partidos salafistas. Mohammed Morsi, miembro de los Hermanos Musulmanes, se convirtió en el primer presidente de Egipto elegido democráticamente. La euforia que despertó su elección se desvaneció al poco tiempo cuando promulgó una constitución proislámica que le garantizaba poderes ilimitados, le daba total inmunidad ante la ley y prohibía las protestas públicas. En verano del 2013 la crisis económica egipcia provocaba largas colas en las gasolineras y cortes de electricidad diarios en hogares y negocios. Millones de personas salieron a la calle a pedir la dimisión de Morsi, y cuando aquello fracasó, entraron en escena los militares.

El ministro de defensa de Morsi, Abdel Fattah Al Sisi, quien estaba detrás del cambio de régimen, insistía en que no tenía interés alguno por el poder. Pero en la primavera del 2014, con un Gobierno interino en el país, Sisi se retiró del ejército con el rango de mariscal de campo y anunció su candidatura. Solo tenía un opositor, el político de izquierdas Hamdeen Sabahi. Sisi obtuvo el 96% de los votos; pero, aunque había llamado a la participación a 40 millones de egipcios, un 75% del electorado, más de la mitad se abstuvieron. Aunque tenía más respaldo por parte de los egipcios del que jamás tuvo Morsi, la posición de Sisi se vio debilitada por la baja participación, pero ello no le ha impedido afianzarse en el poder.

El presidente Sisi se presentó como la opción popular y tras su elección se dejó ver junto al pueblo, junto a pacientes en los hospitales, yendo en bicicleta por la calle… Pero pronto se convirtió en otro líder autoritario. Transcurridos un par de años, había impuesto un régimen más represivo que el de sus predecesores, aprobando leyes que imposibilitaban una revuelta popular contra él y criminalizando a los grupos por los derechos civiles, entre otros. Al mismo tiempo ha sido incapaz de derrotar a la insurgencia islamista del Sinaí, prueba de ello son los atentados con bombas contra los coptos de Tanta y Alejandría en primavera del 2017 y el ataque a la mezquita Al Rawda, al norte del Sinaí, en diciembre del 2017, donde murieron más de 300 personas.

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