Historia de Estonia

Orígenes

Los primeros asentamientos en Estonia se remontan 10 000 años atrás; cerca de la actual Pärnu se hallaron útiles de la Edad de Piedra. Unos siglos más tarde (probablemente sobre el 3500 a.C.) llegaron las tribus ugrofinesas procedentes del este (seguramente de los Urales), se mezclaron con las comunidades neolíticas y fundaron las actuales Estonia, Finlandia y Hungría. Encariñadas con el lugar, fijaron su residencia y renunciaron a la vida nómada que caracterizó a la mayoría de los pueblos europeos durante los siguientes 4000 años.

La invasión cristiana

Durante los ss. ix y x d.C., los estonios eran conscientes de la amenaza de los vikingos, que parecían más interesados en las rutas comerciales a Kiev y Estambul que en conquistar su territorio. Los invasores cristianos del sur supusieron la primera amenaza real para su libertad.

Atendiendo a los llamamientos papales en pro de una cruzada contra los paganos del norte, las tropas danesas y los caballeros germanos invadieron Estonia y conquistaron la fortaleza de Otepää (al sur del Estonia) en 1208. Tardaron más de 30 años en controlar totalmente el territorio porque sus moradores resistieron con uñas y dientes. A mediados del s. xiii, los daneses ocupaban el norte de Estonia mientras la Orden Teutónica germana controlaba el sur.

Los conquistadores levantaron ciudades nuevas y cedieron buena parte del poder a los obispos. A finales del s. xiii se construyeron catedrales en Tallin y Tartu, más o menos al mismo tiempo que las órdenes religiosas de los cistercienses y los dominicos construían monasterios para adoctrinar y bautizar (o como mínimo intentarlo) a los lugareños. Mientras tanto, los estonios seguían rebelándose.

El alzamiento más significativo empezó la noche de San Jorge (23 de abril) de 1343. Comenzó en el norte de Estonia, controlado por los daneses, cuando los estonios saquearon el monasterio cisterciense de Padise y asesinaron a todos sus monjes. Acto seguido, tras sitiar Tallin y el castillo del obispo en Haapsalu, pidieron ayuda a los suecos, quienes enviaron refuerzos por el golfo pero llegaron demasiado tarde y se vieron obligados a replegarse. Pese a la determinación estonia, en 1345 la rebelión fue sofocada. Sin embargo, los daneses, ya hartos, vendieron su parte de Estonia a la Orden Livónica (una ramificación de la Orden Teutónica).

En el s. xiv aparecieron los primeros gremios y asociaciones mercantiles y muchas ciudades (Tallin, Tartu, Viljandi y Pärnu) prosperaron como socios comerciales de la Liga Hanseática (un gremio mercantil medieval). Sin embargo, en estas ciudades vivían sobre todo comerciantes alemanes, mientras que los estonios se veían relegados a trabajar el campo.

Los estonios siguieron practicando el culto a la naturaleza y bodas y funerales paganos, pero en el s. xv dichos ritos ya se habían fusionado con el catolicismo y se empezaron a utilizar nombres cristianos.

En la década de 1520, la Reforma alcanzó Estonia desde Alemania y los primeros en llegar fueron los predicadores luteranos. A mediados del s. xvi, la reorganización eclesiástica dejó las iglesias en manos de los luteranos y cerró monasterios.

La guerra de Livonia

Durante el s. xvi, por el este acechaba la mayor amenaza contra Livonia (ahora el norte de Letonia y sur de Estonia). Iván el Terrible, autoproclamado primer zar ruso en 1547, quería expandirse hacia el oeste. En 1558, las tropas rusas, encabezadas por la feroz caballería tártara, atacaron las inmediaciones de la región de Tartu. El enfrentamiento fue despiadado, dado que los invasores iban dejando un reguero de destrucción a su paso. Polonia, Dinamarca y Suecia se sumaron a la refriega. Las luchas intermitentes se alargaron durante todo el s. xvii, cuando Suecia se proclamó vencedora.

Como en todas las guerras, quien más sufrió fue la población civil. Durante las dos generaciones de guerras (aproximadamente de 1552 a 1629), la mitad de la población rural pereció y se abandonaron tres de cada cuatro granjas; las enfermedades (como la peste), la pérdida de las cosechas y las subsiguientes hambrunas añadieron más muertos a las guerras. Excepto en Tallin, se saquearon o destruyeron todos los castillos y ciudades fortificadas del país, incluido el castillo de Viljandi, en su día una de las fortalezas más poderosas del norte de Europa. Algunas poblaciones quedaron literalmente borradas del mapa.

La era sueca

Tras la guerra, Estonia, en manos suecas, entró en un período de paz y prosperidad. Aunque la situación del campesinado estonio no mejorara mucho, las ciudades, estimuladas por el comercio, crecieron y prosperaron y ayudaron a una rápida recuperación económica. Por primera vez en su historia, toda Estonia estaba regida por el mismo gobernante; este período está considerado como un episodio ilustrado de la larga historia de opresión extranjera en el país.

El rey sueco garantizó a la aristocracia báltico-germana un cierto grado de autogobierno e incluso, en un acto de generosidad, les concedió algunas tierras abandonadas durante la guerra. Aunque el primer libro impreso en estonio data de 1535, la publicación de libros no se inició hasta la década de 1630, cuando el clero sueco fundó escuelas en las aldeas y enseñó a los campesinos a leer y escribir. La fundación de la Universidad de Tartu en 1632 dio el empujón definitivo a la educación.

No obstante, a mediados del s. xvii todo empezó a deteriorarse. Un brote de peste y después la Gran Hambruna (1695-1697) se cobraron 80 000 víctimas, casi el 20% de la población. Los campesinos, que por una vez disfrutaban de mayor libertad de acción, pronto perdieron sus privilegios. Por su parte, el rey sueco, Carlos XI, quería abolir el vasallaje en las casas señoriales reales estonias (los campesinos eran libres en Suecia), pero los barones báltico-germanos de la zona lucharon a muerte por conservar el legado de la servidumbre de la gleba.

La Gran Guerra del Norte

Pronto Suecia se encaró a la amenazadora alianza antisueca de Polonia, Dinamarca y Rusia, que querían recuperar las tierras perdidas en la guerra de Livonia. En 1700 estalló la Gran Guerra del Norte y tras algunas victorias (incluida la derrota de los rusos en Narva), los suecos empezaron a amilanarse en diferentes frentes. En 1708 Tartu había sido destruida y todos sus supervivientes deportados a Rusia. Con la capitulación de Tallin en 1710, los suecos huyeron en desbandada.

El Siglo de las Luces

La dominación rusa perjudicó seriamente al campesinado estonio. La guerra y la peste de 1710 dejaron miles de muertos. Pedro I anuló las reformas suecas y destruyó cualquier esperanza de libertad para los siervos supervivientes. Las actitudes conservadoras hacia las clases más bajas de Estonia no cambiaron hasta el Siglo de las Luces, a finales del s. xviii.

Entre los más influenciados por la Ilustración se contaba Catalina la Grande [1762-1796], quien puso freno a los privilegios de la élite mientras iniciaba reformas casi democráticas. Sin embargo, se tuvo que esperar hasta 1816 para que los campesinos fueran liberados; podían ponerse un apellido, gozar de mayor libertad de movimientos e incluso de un acceso limitado al autogobierno. En la segunda mitad del s. xix, los campesinos empezaron a comprar fincas y a ganarse un sueldo con las ganancias de las cosechas, entre otras, de patatas y lino (el último se vendió a precios especialmente altos durante la guerra de Secesión estadounidense y la posterior caída de la exportación del algodón americano a Europa).

Despertar nacional

A finales del s. xix y encabezado por una nueva élite estonia, el país inició su andadura para constituirse como nación. El primer periódico en estonio, Perno Postimees, apareció en 1857. Lo publicó Johann Voldemar Jannsen, uno de los primeros en utilizar el término “estonios” en lugar de maarahvas (gente del país). Entre otros pensadores influyentes se contaba Carl Robert Jakobson, que luchó por la igualdad de los derechos políticos para los estonios y fundó Sakala, el primer periódico político de Estonia.

Nacieron muchas sociedades estonias y en 1869 se celebró el primer festival de la canción. El riquísimo folclore nacional también salió a la luz, especialmente con la publicación de Hijo de Kalev, la epopeya épica de Friedrich Reinhold Kreutzwald que recopilaba centenares de leyendas y cuentos de la tradición estonia. Otros poemas, en especial las obras de Lydia Koidula, ayudaron a dar forma a la conciencia nacional, marcada por siete siglos de esclavitud.

Rebelión y Primera Guerra Mundial

Las postrimerías del s. xix experimentaron una industrialización desenfrenada, marcada por el trazado de una extensa red ferroviaria que comunicaba Estonia con Rusia y por la construcción de grandes fábricas. El socialismo y el descontento acompañaban esos tétricos puestos de trabajo, con manifestaciones y huelgas instigadas por los nuevos partidos de los trabajadores. Estonia se contagiaba de Rusia y, en enero de 1905, cuando una insurrección armada cruzó la frontera, los obreros estonios se sumaron a las trifulcas. La tensión fue creciendo hasta otoño de ese año cuando unos 20 000 trabajadores se declararon en huelga. Las tropas zaristas respondieron con contundencia, matando e hiriendo a 200 personas.

La respuesta del zar Nicolás II provocó aún más a los rebeldes estonios, que siguieron destruyendo las propiedades de la vieja guardia. Rusia mandó a miles de soldados a sofocar esos levantamientos; se ejecutó a 600 estonios y centenares fueron deportados a Siberia. Se cerraron sindicatos, periódicos y organizaciones progresistas, y los líderes políticos huyeron del país.

Planes más drásticos para someter a Estonia (como colonizar el país con miles de campesinos rusos) nunca llegaron a realizarse. Al zar de Rusia le acuciaba otra prioridad, la I Guerra Mundial. Estonia pagó cara la intervención de Rusia; se reclutó a 100 000 hombres, de los que 10 000 murieron en el frente. Muchos estonios lucharon con la idea de que si ayudaban a derrotar a Alemania, Rusia les recompensaría con la independencia. Pero Rusia no albergaba ninguna intención al respecto. En 1917 tal cuestión dejó de ser competencia del zar. En San Petersburgo, Nicolás II fue obligado a abdicar y los bolcheviques tomaron el poder. Mientras el caos se apoderaba de Rusia, Estonia aprovechó el momento y el 24 de febrero se autoproclamó independiente.

La guerra por la independencia

Estonia se encaró a las amenazas de Rusia y de los barones báltico-germanos más reaccionarios. La guerra estalló cuando el Ejército Rojo, que avanzaba a marchas forzadas, ocupó la mitad del país en enero de 1919. Estonia se opuso con tenacidad y, con la ayuda de los buques de guerra británicos y de las tropas finlandesas, danesas y suecas, derrotó a su sempiterno enemigo. En diciembre Rusia acordó una tregua y el 2 de febrero de 1920 firmó el Tratado de Paz de Tartu, con el que Rusia renunciaba a sus derechos de soberanía sobre el territorio estonio para siempre. Por primera vez en su historia, Estonia era totalmente independiente.

Una independencia efímera

El período de independencia fue una época dorada en muchos sentidos. La nobleza, en su mayoría báltico-germana, pudo arreglar sus asuntos antes de que sus casas señoriales se nacionalizaran y sus propiedades se repartieran entre el pueblo estonio. Por primera vez muchos granjeros podían poseer y trabajar sus propias tierras.

La economía progresó rápidamente; Estonia utilizaba sus recursos naturales y atrajo inversiones extranjeras. La Universidad de Tartu se convirtió en una universidad para estonios y el estonio en la lengua vehicular en todos los aspectos de la vida pública, creando nuevas oportunidades en esferas profesionales y académicas. La educación secundaria también mejoró (el número de estudiantes per cápita superó a buena parte de los países europeos) y se forjó una importante industria editorial, con 25 000 títulos publicados entre 1918 y 1940 (una vez más superando a casi todos los países europeos en libros per cápita).

En otros frentes –sobre todo en el político– la independencia resultó tan productiva. El miedo a las subversiones comunistas (como el fallido golpe de Estado de los bolcheviques en 1924) decantó al Gobierno hacia la derecha. En 1934 Konstantin Päts, líder del gobierno de transición, junto con Johan Laidoner, comandante en jefe del Ejército estonio, violaron la Constitución y se hicieron con el poder con el pretexto de proteger la democracia de las facciones extremistas. Empezó la “era del silencio”, una época de autoritarismo que atrapó a la joven república hasta la II Guerra Mundial.

La invasión soviética y la Segunda Guerra Mundial

El destino de Estonia quedó sellado cuando la Alemania nazi y la Unión Soviética firmaron un pacto secreto en 1939 por el que Estonia era cedida a Stalin. El Pacto Molotov-Ribbentrop, un acuerdo de no agresión entre la Unión Sovética y la Alemania nazi, dividió secretamente Europa del Este en esferas de influencia soviéticas y alemanas. Estonia cayó en la esfera soviética. Con el estallido de la II Guerra Mundial, Estonia se declaró neutral pero Moscú la obligó a firmar un acuerdo de asistencia mutua. Consecuentemente llegaron miles de soldados rusos con sus bases militares terrestres, navales y aéreas. El Partido Comunista de Estonia orquestó una falsa rebelión a través de la cual “el pueblo” pedía formar parte de la Unión Soviética. El presidente Päts, el general Laidoner y otros líderes fueron destituidos y enviados a campos de prisioneros rusos, se creó un gobierno de paja y el 6 de agosto de 1940, el Soviet Supremo aceptó la “petición” de Estonia de pertenencia a la Unión Soviética.

Las deportaciones y la II Guerra Mundial devastaron el país. Miles de estonios fueron reclutados no para luchar sino para trabajar (y a menudo morir) en campos de trabajo del norte de Rusia. Miles de mujeres y niños fueron deportados a los gulags.

Cuando Rusia huyó ante el avance alemán, muchos estonios recibieron a los nazis con los brazos abiertos; 55 000 estonios se sumaron a las unidades de defensa nacional y a los batallones de Wehrmacht Ost. Sin embargo los nazis no reconocieron a Estonia como estado sino como un mero territorio ocupado por la Unión Soviética. Toda esperanza se perdió cuando los alemanes empezaron a ejecutar a colaboracionistas comunistas (unos 7000 ciudadanos estonios fueron fusilados) y a aquellos judíos estonios que todavía no se habían marchado del país (unos 1000). Para escapar de las filas alemanas (se reclutó a casi 40 000), miles huyeron a Finlandia y se unieron al regimiento estonio del Ejército finlandés.

A principios de 1944, los soviéticos bombardearon Tallin, Narva, Tartu y otras ciudades. El casco antiguo barroco de Narva fue destruido casi por completo. Los nazis se retiraron en septiembre de 1944. Ante el temido avance del Ejército Rojo, muchos estonios también huyeron y 70 000 llegaron a Occidente. Al final de la contienda uno de cada 10 estonios vivía en el extranjero. El país había perdido más de 280 000 compatriotas en la guerra (¼ de su población). Además de aquellos que emigraron, 30 000 murieron en el frente y otros fueron ejecutados, deportados a los gulags o exterminados en campos de concentración.

De vuelta a la URSS

Inmediatamente después de la guerra, Estonia fue anexionada a la Unión Soviética y comenzó la deprimente época de la represión estalinista, con miles de estonios encarcelados y otros 19 000 ejecutados. Los granjeros se vieron obligados a colectivizar sus granjas y llegaron miles de inmigrantes procedentes de otras regiones de la Unión Soviética. Entre 1945 y 1989 el porcentaje de nativos estonios descendió del 97% al 62% de la población.

La resistencia se plasmó en un gran movimiento guerrillero autodenominado Metsavennad (“Hermanos del Bosque”). Unos 14 000 estonios se abastecieron de armas, pasaron a la clandestinidad y operaron en pequeños grupos por todo el país. Las guerrillas afectaron poco al Ejército soviético y, en 1956, el movimiento ya había sido desmantelado.

Aunque se vivieran ciertos momentos de optimismo (sobre todo durante el deshielo de Jrushchov, con la exposición pública de los crímenes de Stalin), se tuvo que esperar hasta la década de 1980, con la perestroika (reestructuración) y la glásnost (apertura) del líder soviético Mijaíl Gorbachov para que los cambios parecieran posibles.

El movimiento disidente de Estonia cobró impulso y durante el 50º aniversario del Pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 se celebró un mitin masivo en Tallin. En los meses posteriores se sucedieron las protestas que reclamaban la restauración de la independencia. Los festivales de la canción se convirtieron en un potente vehículo de protesta. El mayor tuvo lugar en 1988 cuando 300 000 estonios se citaron en los Jardines del Festival de la Canción de Tallin y atrajo la atención internacional.

En noviembre de 1989 el Soviet Supremo estonio declaró los sucesos de 1940 un acto ilegal de agresión militar. Estonia desobedeció a Moscú, convocó elecciones libres en 1990 y recuperó su independencia en 1991.

La segunda independencia de Estonia

En 1992 se celebraron las primeras elecciones generales con la nueva Constitución, con muchos partidos de nuevo cuño. El partido Unión Pro Patria ganó con escasa mayoría con su eslogan “Limpiando en casa”, que hacía referencia a apartar del poder a aquellos personajes vinculados con el pasado comunista. Su líder, Mart Laar, historiador de 32 años, se convirtió en primer ministro.

Laar empezó a trabajar para convertir Estonia en una economía de libre mercado, introdujo la corona estonia como moneda y negoció la retirada total del Ejército ruso. En 1994, cuando partieron las últimas guarniciones soviéticas, los estonios suspiraron aliviados. Pese a los logros de Laar, se le consideraba una persona impetuosa y en 1994 fue destituido tras perder la confianza del Riigikogu (Consejo Nacional).

En septiembre del 2003 se convocó un referéndum en el que un 60% de estonios votó a favor de ingresar en la UE. En la primavera del 2004, el país se unió oficialmente a la UE y a la OTAN. A ello le siguieron la afiliación a la OCDE en diciembre del 2010 y la adopción del euro en lugar de la efímera corona a principios del 2011.

Tras la adhesión a la UE, los temas recurrentes son la economía, la creciente desigualdad de las rentas y las tensas relaciones con Rusia, sobre todo en cuanto a la numerosa comunidad rusohablante de Estonia.

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