Antaño conocida como la “Edimburgo del sur”, Dunedin ha dejado atrás la sombra de su herencia europea para forjar una identidad propia. Si además se la combina con una visita a la cercana Ōamaru, se descubrirá uno de los rincones más originales y con más personalidad de Nueva Zelanda.
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
✩ Una ciudad orgullosamente diferente.
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
En una discreta calle de Dunedin, muy cerca de la Universidad de Otago, se alza una villa victoriana que alberga el Museum of Natural Mystery, un museo difícil de comparar con cualquier otro. Si el viajero llama a la puerta picando la aldaba en forma de cangrejo, le recibirá su conservador, Bruce Mahalski, un artista visual conocido sobre todo por sus elaboradas esculturas realizadas con huesos; en principio puede parecer un personaje macabro pero, según él mismo, “¡En realidad soy muy amable!”, tal como proclama un cartel sobre su escritorio.
Este Museo de los Misterios de la Naturaleza cuenta la historia de Dunedin a través de una insólita colección de curiosidades científicas, objetos culturales y piezas efímeras: un ternero de dos cabezas descansa bajo una escultura cinética de un loro; un gato momificado parece estirarse sobre la pared; también hay huesos de un moa, un ave gigante extinguida hace siglos, libros dedicados a la investigación paranormal y carteles de propaganda de la II Guerra Mundial.
Es un lugar que solo podría existir en Dunedin, una ciudad que se ha convertido en uno de los destinos más singulares de Nueva Zelanda/Aotearoa. Durante mucho tiempo fue conocida por su herencia escocesa –todavía visible en su arquitectura victoriana y en su afición por la morcilla–, pero hoy Dunedin es como ese vecino extravagante que mucha gente tiene en su edificio. Sí, tiene un humor muy negro y un gusto impecable por la gastronomía, el arte y la música, pero, igual que Bruce Mahalski, en realidad es tremendamente amable.
Paseo por la Universidad de Otago. © Olli Torma / Shutterstock
Una personalidad difícil de olvidar
Esa personalidad tan particular comenzó a forjarse hace dos siglos, cuando inmigrantes escoceses, buscadores de oro y emprendedores poco convencionales se establecieron en estas costas. Hoy, el relativo aislamiento de la ciudad y su animada población universitaria –los estudiantes representan alrededor del 20% de su población– han favorecido esa tendencia a hacer las cosas de una manera diferente. Aquí se encuentran el Larnach Castle, el único castillo de Nueva Zelanda; una cala escondida a la que solo se accede atravesando el Tunnel Beach, un túnel excavado a mano en la roca; o, en la Dunedin Craft Distillers, un whisky elaborado con pan que, de otro modo, habría acabado en el vertedero.
A 1½ h hacia el norte se encuentra Ōamaru. Como su hermana mayor, esta localidad también es famosa por su arquitectura victoriana, que sus creativos habitantes convirtieron en el escenario perfecto para la cultura steampunk. Este universo de ciencia ficción echó raíces aquí cuando los agricultores de la región empezaron a transformar viejas piezas de maquinaria y chatarra agrícola en esculturas interactivas. En Steampunk HQ se puede ver cómo un enorme zepelín expulsa vapor, escuchar el inquietante mecanismo de un reloj del fin del mundo o subir a un antiguo vagón de tren convertido en sala de cine.
La sede de Steampunk, a la entrada del Barrio Victoriano de Oamaru. © Uwe Aranas / Shutterstock
Tanto Dunedin como Ōamaru están llenas de personajes inolvidables. Bajo la sombra de los árboles de rātā en flor, Gregor Campbell, fundador de Tales from Darkest Dunedin, me guía por un cementerio mientras comparte historias sobre los buscadores de oro chinos y los maoríes que lucharon durante las Guerras de Nueva Zelanda. Una visita guiada por un cementerio tal vez puede parecer algo macabro, pero no cuando la cuenta Campbell: “Creo que los cementerios son como bibliotecas. Pero también son lugares donde se concentra un inmenso amor, y donde hay amor también hay pérdida y dolor”.
Ni qué decir tiene que estas singulares experiencias es imposible vivirlas en otro lugar que no sea Dunedin.
No te vayas sin...
Observar algunas de las aves endémicas más raras de Nueva Zelanda en la costa de Otago: el hoiho en la Reserva Opera, el toroa en Pukekura/Taiaroa Head y el colorido takahē en el santuario de Orokonui, de camino a Ōamaru.
Descubrir las curiosas formaciones geológicas del Waitaki Whitestone Geopark, desde las perfectamente esféricas rocas de la playa de Moeraki hasta las formaciones kársticas de piedra caliza con forma de elefante en Duntroon.
Visitar algunos de los escenarios utilizados como localizaciones de cine y televisión, como la estación de tren de Dunedin o el Recinto Victoriano de Ōamaru.