Mucho menos visitada que las conocidísimas Marrakech y Esauira, Rabat ofrece a quien viaje a Marruecos una propuesta diferente. Entre monumentos históricos, una silueta urbana salpicada de arquitectura contemporánea, hermosos jardines, una animada escena musical y playas de arena fina ideales para el surf, la dinámica capital marroquí es uno de los destinos más infravalorados del país.
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✩ Historia, arte y música laten al mismo compás.
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El retumbar de las darbukas hace vibrar mis tímpanos y, mientras mis pies siguen el ritmo de los pulsos resonantes, una voz irrumpe en el aire: “¡Bienvenidos al Festival Mawazine!”. No es la primera vez que la música me conmueve en Marruecos. Un concierto de música gnaua en Fez se convirtió en uno de esos momentos inolvidables que me hicieron comprender el verdadero poder de los viajes. Han pasado 15 años desde entonces y aquí estoy de nuevo, dejándome llevar por la extraordinaria música del país. Celebrado durante nueve días en junio y con un 90% de su programación gratuita, el Mawazine es el mayor festival de música de Marruecos y reúne a un público local e internacional que llega con ganas de disfrutar tanto de artistas marroquíes como de grandes figuras de la escena musical internacional.
Torre de Hassan, Rabat © SCStock / Shutterstock
La ciudad que nunca deja de reinventarse
Tras dejarme contagiar por la energía de los conciertos del Mawazine, al día siguiente me lanzo a descubrir la ciudad. Con su seductora combinación de tradición y modernidad, la capital marroquí es Patrimonio Mundial de la Unesco gracias a la armoniosa convivencia entre su arquitectura histórica y su diseño contemporáneo. En Chellah, un yacimiento arqueológico que permaneció bajo dominio fenicio hasta aprox. el año 40 d.C., cuando pasó a manos romanas, descubro una mezquita, mosaicos, ruinas romanas e inscripciones en latín. Muy cerca, en el mausoleo de Mohammed V –lugar de descanso del antiguo monarca de Marruecos y de sus hijos, el rey Hassan II y el príncipe Abdallah–, admiro los coloridos mosaicos de zellige, dispuestos en intrincados motivos geométricos, y al alzar la vista contemplo el techo de madera de cedro tallada a mano, delicadamente ornamentado con pan de oro.
También dirijo la mirada hacia el perfil urbano de Rabat. Con sus 44 m de altura, es imposible pasar por alto la Torre Hassan. Concebida como parte de una de las mezquitas más altas del mundo, el proyecto quedó truncado cuando en 1755 un terremoto destruyó el templo. Me permito el lujo de pasar la mano sobre las columnas de piedra que aún permanecen en pie.
Da la impresión de que Rabat nunca deja de reinventarse; inaugurada recientemente y con un hotel, apartamentos y un mirador en su interior, la Torre Mohammed VI, de 250 m de altura, es el cuarto edificio más alto de África. También me llama la atención el atrevido exterior del Théâtre Royal de Rabat, inaugurado en el 2024, aunque todavía sin actividad, una creación de líneas fluidas firmada por la desaparecida arquitecta Zaha Hadid, ganadora del Premio Pritzker. Por su parte, la Villa des Arts, una elegante galería de arte art déco construida en 1929, exhibe obras de artistas marroquíes. Otros edificios emblemáticos, como el Cinéma Renaissance, también de estilo art déco, contribuyen a la riqueza arquitectónica de la ciudad.
Calle comercial en el casco antiguo de Rabat. © arkanto / Shutterstock
Entre jardines, murallas y zocos
Uno de los placeres más sencillos de Rabat consiste en caminar sin prisas. En los Jardines Andalusíes, impregnados del aroma de la lavanda, contemplo los naranjos mientras disfruto de la suave luz de la mañana. Recorro la casba de los Udayas, una ciudadela del s. xii encaramada sobre un acantilado que ofrece vistas soberbias del Atlántico y del río Bu Regreg. Más tarde, dejo que los pies se hundan en la arena de la playa de Rabat, la principal de la ciudad y un buen lugar para practicar surf.
Y, por supuesto, están los zocos. En la medina, el Souq es Sebbat es famoso por su joyería, mientras que Rue des Consuls destaca por sus tradicionales alfombras rbati, tejidas en telares de alto lizo.
A lo lejos, el sonido de unas castañuelas de hierro hechas a mano me transporta a la plaza Jemaa el-Fna de Marrakech; el de un sintir (laúd) me lleva hasta la medina de Esauira. Mientras sigo avanzando por las callejuelas empedradas, vuelvo a escuchar el redoble de una darbuka y sus potentes golpes me devuelven al instante al Festival Mawazine. Porque fue allí donde comenzó mi idilio con Rabat.
No te vayas sin...
Asistir a un festival. Además del Mawazine, que se celebra en junio, el calendario musical de Rabat incluye citas imprescindibles como Jazz au Chellah, en mayo, y el Festival Rab'Africa, en agosto.
Contemplar las vistas desde la kasba de los Udayas; el magnífico panorama sobre el océano Atlántico y el río Bu Regreg aporta una agradable sensación de paz y serenidad a cualquier viajero.
Explorar los vestigios fenicios y romanos de Chellah y el ornamentado mausoleo de Mohammed V para descubrir la fascinante y dilatada historia de Rabat.