Con sus espectaculares paisajes desérticos, así como una cordillera cuyas cumbres superan los 3000 m de altitud y rivaliza en extensión con su largo litoral, Omán es un destino perfecto para los viajeros más aventureros. Pero lo más memorable de un viaje a este país es descubrir la hospitalidad de los omaníes; la cálida acogida que brindan a sus visitantes constituye todo un rasgo de la identidad nacional.
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✩ Un país que recibe al viajero con los brazos abiertos.
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El arte de dar la bienvenida
Un anciano extiende una alfombra sobre la árida cima de la montaña y coloca cuidadosamente un termo, tres diminutas tazas y un paquete de dátiles pegajosos cubiertos de semillas de sésamo. Se quita los zapatos, se arrodilla sobre la alfombra y comienza el ritual de enjuagar las tazas. “¡Venid! Tomad qahwa”, nos dice en árabe, como si fuera de lo más normal ver aparecer a dos extranjeros en la escarpada cumbre de su remoto refugio de montaña, al final de un sendero apenas lo bastante ancho para que pase una cabra. Al llegar, intercambiamos las cortesías de rigor, un ritual de 5 min que se repite una y otra vez en las conversaciones de este país: “¿Cómo está la familia?" "¿Qué hay de nuevo? ¿Nada? Eso es buena señal.” Finalmente, cuando nuestro limitado árabe se agota, el anciano empieza a contarnos la historia de su vida en un inglés impecable: “Cuando era piloto de las Fuerzas Aéreas...”.
Mercaderes en el casco antiguo de Mutrah. © Shutterstock
Esto sucedió hace 10 años, cuando mi marido y yo recorríamos Omán para escribir un libro sobre pistas de montaña como aquella, apenas transitables. Desde entonces han cambiado muchas cosas, entre ellas el asfaltado de un gran número de rutas, pero hay algo que permanece inalterable: la hospitalidad. Forma parte del tejido social omaní y, tanto si a uno le recibe un hombre de las montañas como si asiste a una reunión oficial, el café, los dátiles y una conversación distendida son elementos imprescindibles del concepto de marhaban, cuyo significado bien podría traducirse como “bienvenido”.
Con una historia marcada por un imperio marítimo y por la necesidad beduina de convivir con los forasteros, los omaníes llevan siglos perfeccionando el arte de relacionarse con los demás. Una parte importante de la población tiene sus raíces en Baluchistán, en el actual Pakistán; otros hablan suajili porque pasaron su juventud en África Oriental; y muchos omaníes de mayor edad cursaron sus estudios en el extranjero. Si a esta diversidad se suma la amplia comunidad de expatriados que sostienen buena parte de la actividad comercial del país, resulta fácil comprender por qué Omán se ha convertido en un respetado mediador regional, abierto al mundo, aunque siempre actuando desde la más absoluta discreción.
Wadi Bani Khalid, Oman. © Hamdan Yoshida / Shutterstock
La identidad como motor del cambio
De hecho, esta discreción define muchos aspectos de la experiencia omaní. Quienes busquen los rascacielos más altos o los proyectos más extravagantes, mejor que viajen a alguno de los prósperos países vecinos. En cambio, quienes valoren la calidad por encima de la ostentación la encontrarán reflejada en lugares como la Gran Mezquita, el Museo Nacional o la Ópera Real de Mascate, auténticos motivos de orgullo nacional.
Impulsada con verdadero celo por el ya fallecido sultán Qabus bin Said, el fortalecimiento de la identidad nacional ha sido la clave del extraordinario desarrollo que ha experimentado Omán desde 1970. Basta recorrer la Galería del Renacimiento del moderno Museo Oman Across Ages (Museo de Omán a Través de los Tiempos), cerca de Nizwa, para ver cómo omaníes de todas las edades se sienten orgullosos del papel que han desempeñado en la creación de las sólidas infraestructuras, el sistema educativo y la sanidad de los que hoy disfruta el país. Este renacimiento ha sido fruto de una mezcla casi perfecta entre el cambio y la capacidad de conservar aquello que merecía perdurar. Hoy, quienes recorren las montañas del norte, las dunas costeras o las tierras del sur descubren paisajes empapados de historias humanas, narradas a través de petroglifos y antiguos enterramientos, fortalezas restauradas, pueblos escalonados en las laderas y centenarios palmerales repletos de dátiles. Esa progresión cultural, cimentada en el respeto al patrimonio, la religión y la familia, es la que ha convertido a Omán en el país seguro de sí mismo y próspero que es hoy en día.
No te vayas sin...
Recorrer al menos un 'wadi' (valle fluvial), cuyas aguas atraen a martines pescadores y mariposas, y donde los antiguos aflaj (canales de riego) siguen abasteciendo las terrazas cultivadas de palmeras datileras.
Atravesar a lomos de un camello las suaves ondulaciones del desierto de Sharqiya, un inmenso mar de arena con plateadas dunas situado a solo 2 h por carretera de Mascate.
Descubrir la tradición marinera de Omán en los museos de la capital y en los astilleros de sur, antes de lanzarse al agua para nadar entre tortugas y bancos de sardinas.