Nueva Caledonia

Escrito por
Jessica Lockhart, Lonely Planet

20 Septiembre 2026
3 min de lectura
© Jessica Lockhart/Lonely Planet
Los bungalós sobre el agua del DoubleTree by Hilton Noumea Ilot Maitre Resort, en Nueva Caledonia.

Además de ser una región rica en tradiciones melanesias y polinesias, el sur del Pacífico ha estado durante mucho tiempo asociado, en el imaginario de los viajeros, a la buena vida: cócteles de inspiración tiki, coloridos jardines de coral y espectáculos culturales aún más vibrantes. Nueva Caledonia rompe por completo con ese estereotipo al combinar la cultura francesa y la indígena con paisajes que parecen sacados del Lejano Oeste.

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✩ El Pacífico más inesperado.

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Estoy de pie en la caja de una camioneta, aferrada con fuerza a las barras mientras el vehículo asciende por los pastos. Desde el punto más alto de la finca, las montañas se despliegan en el horizonte. Entonces los veo: una enorme manada de ciervos salvajes atravesando los prados a toda velocidad. Poco después llegamos al límite de la propiedad, a orillas del mar del Coral. En un canal de agua salada, una sombra oscura se desliza bajo la superficie y asoma brevemente la cabeza para respirar. Nunca imaginé que vería una tortuga verde nadando en una inmensa explotación ganadera, pero esta maravillosa visión está lejos de ser la primera sorpresa que me deparará Nueva Caledonia.

Como editora de destinos de Lonely Planet en Oceanía, he viajado y trabajado por todo el sur del Pacífico, así que me era fácil dejarme llevar por las ideas preconcebidas cuando reservé los vuelos y eché un vistazo al mapa. Incluso la geografía de Nueva Caledonia me parecía familiar: Grande Terre, la isla principal, con forma de baguette, está rodeada de islotes, arrecifes de coral y lagunas, no muy distinta de su vecina Vanuatu. Sin embargo, este territorio francés de ultramar –a solo 2 h de vuelo de Brisbane, en Australia– ha desmontado una a una todas mis ideas sobre la región, y lo ha hecho de la mejor manera posible.

Imagen eliminada.

Una tortuga bajo el agua en un arrecife de coral y una isla con un complejo turístico sobre la superficie; islote Maître, Numea, Nueva Caledonia. © Damsea / Shutterstock

Mucho más que un paraíso tropical

Sí, aquí uno puede alojarse en bungalós sobre el agua (como en el Îlot Maître, a solo 25 min en ferri de la capital, Numea) y pasar los días descansando en playas de arena blanca o practicando esnórquel junto a tortugas en aguas turquesas de una claridad deslumbrante (Lifou y L'Île-des-Pins son dos de los lugares más populares para hacerlo). Y si se prefiere algo más activo, el deporte estrella es el kitesurf; no es casual que campeones del mundo como Tom Hebert presuman de llamar hogar a Nueva Caledonia.

Pero este también es un lugar donde la cultura broussard (de los vaqueros franceses) sigue muy viva. El ganado brahman pasta en las sabanas de tierra rojiza entre eucaliptos, compartiendo espacio con granjas camaroneras que llegan hasta los manglares. Cada agosto, unas 30 000 personas acuden a la costa oeste de Grande Terre para asistir a la Foire de Bourail, una gran celebración del patrimonio agrícola de la región que incluye competiciones de despiece de carne, esquile de ovejas y manejo del látigo. El resto del año, los viajeros pueden descubrir el espíritu de la brousse (el mundo rural) alojándose en establecimientos como la Gîte Les Nautilus, donde es muy probable que sirvan estofado de venado. Y que nadie se sorprenda si acaba montando sobre un caballo y cabalgando por la playa con operadores como Far West Ranch.

Sin embargo, una de mis experiencias más memorables ha tenido lugar en el 'lomo' de la baguette: la cadena de suaves montañas verdes que atraviesa Grande Terre de norte a sur y alcanza los 1615 m de altitud. Allí he pasado un día entero con Rosana Monefara, miembro de la tribu Koindé. En su alojamiento, la Gîte Wankos, hemos rallado juntas plátano verde y taro para preparar un bougna, un plato tradicional canaco elaborado con verduras y pollo envueltos en hojas de platanera. Mientras el guiso se cocinaba lentamente en un caldo de coco, Rosana me ha llevado a refrescarme bajo una cascada cercana. He mirado hacia arriba mientras el agua caía a mi alrededor. Sí, aquello me ha recordado al sur del Pacífico… pero al mismo tiempo ha sido una experiencia completamente distinta a todo lo que había vivido hasta ahora per el sur del Pacífico.

No te vayas sin...

Navegar en una piragua tradicional con balancín entre los islotes rocosos de la bahía de Upi, en L'Île-des-Pins (isla de los Pinos). 

Comer en el restaurante La Table du Banian, cerca de La Foa, donde todos los ingredientes son de proximidad, desde el pescado hasta la fruta cultivada en el propio huerto del establecimiento. 

Recorrer el Parc des Grandes Fougères (Parque de los Grandes Helechos), una inmensa extensión de selva tropical donde habitan numerosas especies endémicas, entre ellas el cagou, un ave gris azulada incapaz de volar.