Montserrat es una tranquila isla caribeña que la mayoría de viajeros pasa por alto, pero lo cierto es que quien desembarca o aterriza en ella se pregunta cómo ha podido permanecer tanto tiempo fuera de su lista de destinos a visitar. Con montañas de un verde intenso, playas de arena negra, una gastronomía galardonada y una historia marcada por el fuego, es una isla capaz de hacer sentir al viajero que ha descubierto un verdadero tesoro oculto.
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✩ El Caribe más auténtico se disfruta sin prisas.
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La primera visión de Montserrat siempre ha reavivado mi capacidad de asombro. Sus montañas cubiertas de una exuberante selva tropical y envueltas en la niebla me seducen antes incluso de que las ruedas del avión toquen tierra. Este es mi refugio.
La isla que invita a desconectar
Aquí, las mañanas invitan a recorrer senderos por el bosque antes de que apriete el calor, y para las tardes, lo suyo es buscar un tranquilo rincón de playa en el que solo se escuche el murmullo de las olas. En todo momento la isla impone de forma natural un ritmo pausado: la lluvia repiquetea suavemente sobre los tejados, los gallos anuncian el amanecer cuando les viene en gana y los vecinos saludan desde los coches al pasar. Es la vida caribeña en estado puro, reconfortante y maravillosamente sencilla. Cuando algún amigo me dice que está pensando en venir, siempre le doy el mismo consejo: "Reserva al menos dos o tres noches". Montserrat no es un lugar para recorrer con prisas, sino un destino que recompensa con creces a quienes se toman el tiempo de disfrutarla.
Isla de Montserrat. © Getty Images/iStockphoto
Una de las primeras cosas que hago cuando vuelvo a casa es reservar una sesión de spa. Los baños de la isla no son lujosos complejos de estilo resort, sino pequeños oasis escondidos entre colinas, jardines y terrazas abiertas, donde la belleza natural de la isla forma parte de la experiencia. Mi favorito es el Blyss Day Spa, en Drummonds. Su propietaria, Lauretta, usa plantas de su propio jardín, aceites aromáticos y tratamientos cuidadosamente diseñados para aliviar cualquier molestia. Siempre salgo de allí sintiéndome más ligera. Y en el norte de la isla, hacer una parada en la playa de Carr's Bay es innegociable: no hay nada como beber agua de coco directamente del fruto y después disfrutar de su tierna pulpa. Basta con pasear un poco para cruzarse con alguien preparando una olla de comida ital (vegetariana), una persona friendo pescado o un grupo de lugareños completamente absortos en una partida de dominó. Es fácil acercase, tomar asiento y unirse a ellos. Es así como se consiguen esos momentos que dan sentido a los viajes.
Mucho más que buena gastronomía
¿Y la gastronomía? Aquí se come más que bien, porque cocinar es una auténtica muestra de cariño. Por supuesto, están los puestos de comida a pie de carretera y las rum shops –merece la pena detenerse en todos los que se pueda–, pero también hay restaurantes excepcionales, como el Olveston House, que ocupa la antigua residencia de George Martin, el legendario productor de los Beatles y fundador de Air Studios, donde se grabaron algunos de los grandes éxitos de la década de 1980. Comer allí es como adentrarse en un pedazo de la historia de la música envuelto en la calidez del Caribe. También está el Isles Bay Beach Bar, considerado uno de los 10 mejores chiringuitos de playa del Caribe, el lugar perfecto para contemplar el atardecer con un cóctel en la mano, degustar marisco a la parrilla y disfrutar de música en directo.
Vista de Plymouth, la antigua capital de Montserrat. © James Davis Photography / Shutterstock
Por supuesto, la historia de Montserrat también está marcada por su pasado volcánico. Las erupciones ocurridas entre 1995 y el 2010 transformaron la isla y dejaron la antigua capital, Plymouth, congelada en el tiempo bajo capas de ceniza. Cada vez que acompaño a viajeros a recorrer la zona, ya sea por tierra o por mar, vuelvo a recordar el inmenso poder de la naturaleza y la extraordinaria resiliencia de nuestra gente.
Pero Montserrat no se define por lo que perdió, sino por la vida que alberga. La selva tropical rebosa de criaturas insólitas, casi mágicas, algunas de las cuales siguen descubriéndose y estudiándose hoy en día. Los arrecifes están llenos de vida. Los montserratenses son acogedores, ingeniosos y sienten un profundo orgullo por su isla. Y, como el número de visitantes sigue siendo reducido, aquí el viajero difícilmente se siente un turista, es como un invitado a un lugar cuya historia todavía se está escribiendo.
No te vayas sin...
Beber la refrescante agua del manantial del Runaway Ghaut Trail; cuenta la leyenda que quien hace una pausa para beber aquí algún día regresará a Montserrat.
Hacer una parada en el People's Place o el Hilltop para disfrutar de las impresionantes vistas del norte de la isla y probar un imprescindible de la gastronomía local: el goat water del Uncle John, un contundente guiso de cabra considerado el plato nacional de Montserrat.
Contemplar una ciudad enterrada desde St George's Hill, donde el volcán parece estar al alcance de la mano y la panorámica de Plymouth resulta sobrecogedora, solemne e inolvidable.