Fulidhoo, Maldivas

Escrito por
James Pham, autor de Lonely Planet

16 Septiembre 2026
3 min de lectura
© lemaret pierrick/Shutterstock
Vista de la isla Fulidhoo en Maldivas.

Una escapada a las Maldivas evoca inevitablemente la imagen del paraíso tropical con el que todo el mundo sueña. La pequeña y accesible isla de Fulidhoo cumple con creces esas expectativas, con su arena blanca y fina y sus aguas cristalinas, pero a una fracción del coste de una estancia en una de las típicas islas-resort del archipiélago.

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✩ La vida isleña en su versión más genuina.

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Con poco más de 400 habitantes permanentes, Fulidhoo es una de las islas habitadas más pequeñas de las Maldivas. Situada en el atolón Vaavu, el menos poblado del país, apenas mide 700 m de largo por 200 m de ancho; basta con hacer un tranquilo paseo a pie de 20 min para rodearla por completo.

Para la mayoría de la gente, unas vacaciones en las Maldivas son sinónimo de lujosos bungalós sobre el agua en islas ocupadas íntegramente por un único resort, con tarifas tan exclusivas como desorbitadas. Pero Fulidhoo es una de las menos de 100 'islas locales' (habitadas por maldivos en lugar de estar ocupadas por complejos turísticos) que también cuentan con algunas casas de huéspedes; las hay desde las más sencillas hasta otras de estilo boutique, y todas ofrecen una versión mucho más asequible –pero igual de fascinante– del paraíso tropical. Además, aunque las cerca de 1200 islas de las Maldivas se reparten por unos 90 000 km² de océano y muchas requieren un costoso traslado en hidroavión, Fulidhoo se encuentra solo 57 km al sur del aeropuerto internacional de Malé y es fácilmente accesible en una lancha rápida (1½ h) o en ferri (3½ h).

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Niños jugando con un columpio en la playa. © Levon Avagyan/Shutterstock

La magia de lo cotidiano

En cuanto llegué, sentí que el mundo exterior se desvanecía. No hacía falta mirar el reloj: las melodiosas llamadas a la oración marcaban el ritmo del día. Me quité las sandalias y no volví a pensar en ellas hasta el momento de marcharme. Desde el primer día, las jornadas se basaron en una rutina deliciosamente sencilla, que comenzaba con un desayuno de mas huni: atún desmenuzado, cebolla picada y coco fresco rallado con unas gotas de lima, todo ello envuelto en un roshi, un pan plano servido caliente. Después de este completo desayuno me dirigía a alguna de las pocas playas de la isla, siempre con ropa que cubriera el cuerpo hasta llegar a una de las zonas habilitadas como “playa bikini”, una norma que se respeta en las islas locales, como Fulidhoo, aunque no en las islas-resort privadas. Aquí la vida se percibe auténtica, no diseñada para los visitantes: los vecinos salen a pescar, se reúnen para animados partidos de fútbol o vóley playa, o simplemente descansan en los columpios repartidos por la isla.

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Rayas en la orilla de la playa en Fulidhoo. © lemaret pierrick / Shutterstock

El otro paraíso maldivo

Otro de los grandes atractivos de Fulidhoo es que tiburones y rayas nadan hasta la misma orilla, atraídos por los restos de pescado echado por pescadores y operadores turísticos. Cada mañana llegaban embarcaciones cargadas de visitantes en busca de la fotografía perfecta, pero cuando se marchaban, solo quedábamos el mar, yo y la vida marina. Mi momento favorito era la tarde, sentado sobre la arena mientras las olas acariciaban mis pies, y las rayas, junto con algún que otro tiburón nodriza, nadaban con calma a apenas unos metros de distancia. Más de una vez tuve que pellizcarme para convencerme de que aquello era real.

Ahí reside el verdadero encanto de Fulidhoo. No hay una interminable lista de actividades; basta con recorrer sus acogedores cafés, nadar hasta el famoso columpio instalado en el mar, acercarse a la pequeña tienda de la isla para comprar un helado o apuntarse a una excursión para nadar con tiburones nodriza o disfrutar de un banco de arena desierto sin nadie alrededor. Cuando cae el sol, las opciones son todavía más sencillas: acurrucarse con un buen libro o reunir a unos amigos para jugar a juegos de mesa, sabiendo que al día siguiente se volverá a repetir exactamente el mismo mágico plan.

No te vayas sin...

Recorrer con calma el perímetro de la isla, descubriendo tanto las playas locales como las "playas bikini" y disfrutando de su relajado ambiente descalzo. 

Nadar hasta el famoso columpio de Fulidhoo, situado en el mar a unos 100 m de la costa; con un poco de suerte, incluso se podrán ver delfines en la distancia. 

Embarcarse en una excursión en barco hasta Shark Point para nadar con tiburones nodriza y mantarrayas y hacer una parada en un banco de arena desierto.

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