Utilizamos cookies propias y de terceros para recopilar información estadística del uso de nuestra página web y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.
Cerrar

Marrakech

Viajar a Marrakech

Desde el momento en que se pisa Marrakech se tiene la sensación de haber olvidado algo: ¿el cepillo de dientes?, ¿los calcetines? No, lo que se echa en falta en Marrakech es la previsión y el sentido de la orientación. No hay por qué preocuparse; es mejor así. Marrakech ofrece demasiadas distracciones y pasajes laberínticos como para seguir una aburrida lógica lineal. El viajero, aunque tenga un destino en mente, se verá asaltado por encantadores de serpientes, carros de burros pasando a toda velocidad, modernos pufs de cuero plateado y antiguos remedios bereberes para cualquier cosa, desde relaciones personales hasta el alquiler.

Lo mejor es empezar en la animada Djemaa el-Fna, y si se consigue pasar de largo los aguadores que tocan las castañuelas y los vendedores de pociones con turbantes, hay que entrar al laberinto cubierto de callejuelas comerciales. Basta lanzarse de cabeza a cualquier calle que salga de Djemaa el-Fna en dirección norte y, con un poco de suerte, al cabo de unas horas se saldrá, triunfante y feliz, con una alfombra bajo el brazo.

La medina de Marrakech es el lugar perfecto para explorar palacios, alojarse en riads palaciegos y probar un plato de caracoles picantes. Pero también merece la pena dejar la ciudad vieja de vez en cuando para comer, tomar algo, visitar galerías de arte y tiendas a precio fijo en la ville nouvelle (ciudad nueva). Lo mejor es dejarse llevar y convertirse en un bahja (hombre feliz) de honor marroquí.

Fuente: Marruecos 6 (agosto del 2011)