Suiza Historia

Historia

Este pequeño país europeo sin salida al mar es una excepción a la regla del estado-nación. Es un espécimen raro y refinado, un país privilegiado y neutral nacido de su Constitución de 1874 y puesto a prueba por dos guerras mundiales (durante las cuales se mantuvo firme en su neutralidad). A pesar de la abrumadora presencia de instituciones globales (como la Organización de las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y la Cruz Roja Internacional en Ginebra) y sus iniciativas para una  mayor cooperación internacional (como la supresión de los controles aduaneros para los países Schengen a finales del 2008), sigue manteniendo su idiosincrasia provinciana y única.

Clanes y castillos: las raíces de Suiza

La historia moderna del país empieza en 1291, pero los miles de años anteriores a su nacimiento también fueron importantes: fue el período que dio a la nación sus mejores châteaux y schlösser (castillos) de cuento. 

Los primeros habitantes fueron tribus celtas, como los helvecios del Jura y de la llanura de Mittelland o los recios de los Grisones.  Los romanos fueron los primeros en invadir sus territorios y, bajo Julio César, en el 58 a.C. nombraron a Aventicum (actual Avenches) capital de Helvecia (Suiza romana). Las mayores ruinas romanas de Suiza se hallan en Augusta Raurica. En el 400 d.C. llegaron las tribus germánicas de los alemanes o alamanes, que expulsaron a los romanos y se establecieron en la  Suiza oriental. 

Más tarde, los borgoñones o burgundios, otra tribu germánica, se asentaron en la parte occidental del país. Estos últimos adoptaron el cristianismo y la lengua latina, y sembraron las semillas de la división entre francófonos y alemanes. Los francos derrotaron a ambas tribus en el s. VI, pero las dos zonas volvieron a fragmentarse con la división del Imperio de Carlomagno en el 870.

Con su reunificación bajo el Sacro Imperio Romano Germánico en el 1032, Suiza al principio gozó de mucha autonomía. Los nobles locales más influyentes de la época eran la familia Zähringen, fundadora de Friburgo, Berna y Murten, que construyó un castillo con altas torres y torreones de castillos alrededor del lago Lemán, entre los que destacan el Château de Morges y el imponente Château de Chillon (cerca de Montreux).

Cuando Rodolfo I de Habsburgo fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1273 envió a alguaciles de mano dura a recaudar más impuestos y a apretar las tuercas a la administración. El resentimiento suizo aumentó rápidamente.

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Confederación Helvética: la Suiza moderna

Tras la muerte de Rodolfo I (en 1291), los líderes locales lucharon por la independencia. El 1 de agosto de ese año, las comunidades de los bosques de Uri, Schwyz y Nidwalden se reunieron –según la leyenda– en la pradera de Rütli (cantón de Schwyz, Suiza Central). Allí firmaron una alianza por la que se comprometían a no reconocer a ningún juez ni ley externos. Los historiadores opinan que es una versión algo distorsionada, pero el hecho es que existe un pacto, expuesto en el Bundesbriefmuseum. Dicho pacto se considera el acta fundacional de la Confederación Helvética, cuyas iniciales se conservan en la abreviatura “CH” (utilizada, p. ej., en las matrículas de los automóviles y en el dominio de internet). 

En 1315, el duque Leopoldo I de Austria envió un poderoso ejército a sofocar el pujante nacionalismo suizo. Pero sus tropas sufrieron una derrota épica en Morgarten, lo que animó a otras comunidades a incorporarse a la unión suiza. Los 200 años siguientes, la historia suiza es una sucesión de victorias militares, apropiaciones de tierras y nuevos miembros. Se unieron los cantones de Lucerna (1332), Zúrich (1351), Glaris y Zug (1352), Berna (1353), Friburgo y Solothurn (1481), Basilea y  Schaffhausen (1501) y Appenzell (1513). Además, la Confederación Helvética se independizó de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, tras la victoria de Dornach, en 1499.

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Suiza quiere ser neutral

La neutralidad suiza nació de la lacerante derrota sufrida por los suizos, que habían conseguido llegar hasta Milán, frente a un ejército de franceses y venecianos en Marignano, 16 km al sureste de Milán, en 1515. Después de una batalla sangrienta, los suizos abandonaron su sueño expansionista, se retiraron del escenario internacional y se declararon neutrales por primera vez. En los siglos posteriores, el espíritu guerrero del país se ha canalizado en la actividad mercenaria, una tradición que se mantiene en la Guardia Suiza que protege al papa en el Vaticano. 

Cuando estalló la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), la diversidad suiza fue la causa de su neutralidad. La Reforma protestante emprendida por predicadores como Ulrico Zuinglio (H. Zwingli) y Juan Calvino (Jean Calvin) había logrado algunos avances en Zúrich y Ginebra, mientras que la Suiza Central (Zentralschweiz) seguía siendo católica. Era tal la división interna que, incapaces de ponerse de acuerdo sobre a qué bando apoyar en la Guerra de los Treinta Años, se mantuvieron neutrales. 

Los franceses invadieron Suiza en 1798 y establecieron la breve República Helvética, pero fueron tan mal acogidos como los austriacos antes que ellos y las luchas internas forzaron a Napoleón (entonces al mando de Francia) a restaurar la Confederación de los Cantones en 1803, cuando se incorporaron Argovia, San Galo, los Grisones, Tesino, Turgovia y Vaud.

La neutralidad suiza tal y como se conoce actualmente se declaró oficialmente en el tratado de paz firmado en Viena en 1815 por el que, tras la derrota de Napoleón ante británicos y prusianos en Waterloo, se garantizaba formalmente la independencia y neutralidad de Suiza por primera vez. Por este tratado también se incorporaron los cantones de Valais, Ginebra y Neuchâtel.

La única intervención suiza en la I Guerra Mundial fue la organización de las unidades de la Cruz Roja. Después de la guerra, Suiza entró en la Liga de las Naciones, pero solo en las competencias financieras y económicas (que incluían situar su sede en Ginebra), ninguna militar.

En la II Guerra Mundial el país siguió siendo neutral y apenas si sufrió daños, excepto por el error de Schaffhausen, cuando los pilotos Aliados confundieron esta población con otra alemana y bombardearon dos veces las afueras en abril de 1944. De hecho, el acontecimiento más señalado de esta guerra para los suizos fue cuando Henri Guisan, general del ejército de civiles, invitó a unos oficiales de alto rango a la pradera de Rütli (lugar del Pacto de Alianza de 1291) para mostrar al mundo lo decididos que estaban los suizos a defender su territorio.

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Una voz para los cantones: la Constitución

En 1847 estalló la guerra civil. El ejército protestante, liderado por el general Dufour, aplastó rápidamente a la Sonderbund (Liga Especial) de los cantones católicos, Lucerna incluido. El conflicto solo duró 26 días, y el canciller alemán Otto von Bismarck lo calificaría después de mera Hasanschiessen (cacería de liebres). Pero, para los pacífi cos ciudadanos, el trastorno y los disturbios fueron suficientes para que consolidaran pronto la victoria de las fuerzas de Dufour con la creación de una nueva Constitución federal. La capital se estableció en Berna. 

La Constitución de 1848, que sigue en gran parte vigente, fue un compromiso entre los defensores del control centralizado y las fuerzas conservadoras, que querían mantener la autoridad cantonal. Los cantones terminaron cediendo al gobierno federal sus potestades de emitir billetes, gestionar el servicio de correos y de gravar impuestos de aduanas. No obstante, conservaron el control legislativo y ejecutivo sobre los asuntos locales. Además, la nueva Asamblea Federal fue constituida  para permitir la expresión de los cantones. La cámara baja nacional, la Nationalrat, tiene 200 miembros, elegidos entre los 26 cantones de forma proporcional al tamaño de su población. La cámara superior, la Ständerat, consta de 46 miembros, 2 por cantón.

La oposición a la corrupción política desató un movimiento en pro de una mayor democracia. Se revisó la Constitución en 1874 con el fin de que muchas leyes federales tuvieran que ser aprobadas por referéndum nacional, una cuestión por la que Suiza sigue siendo célebre ahora. Una petición con 50 000 firmas puede hacer peligrar una proposición de ley; 100 000 firmas pueden obligar a una votación pública sobre cualquier asunto nuevo. 

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Conocida por su secretismo: la banca suiza

La confidencialidad bancaria, que se remonta a la Edad Media, fue consagrada por una ley de 1934, que permitió la existencia de cuentas bancarias numeradas (y no nominales). El sector de la banca no ha dejado de prosperar desde entonces, gracias sobre todo a la envidiable estabilidad que garantiza la neutralidad. Cuando el Banco de Pagos  Internacionales (BPI, la organización que facilita la cooperación entre bancos centrales) eligió Basilea como su base de operaciones en 1930 fue por un buen motivo: la neutralidad. 

A finales de la década de 1990 salieron a la luz varios escándalos, que obligaron a reformar el secretísimo sector bancario, nacido con la creación de una agrupación de bancos comerciales a mediados del s. XIX. En 1995, después de la presión de los grupos judíos, los bancos suizos anunciaron que habían descubierto millones de dólares depositados en cuentas inactivas abiertas antes de 1945, que pertenecían a víctimas y supervivientes del Holocausto. Al cabo de tres años, acusados de haberse quedado con el dinero sin hacer muchos esfuerzos por encontrar a sus propietarios, los dos mayores bancos de Suiza, UBS y Crédit Suisse, acordaron el pago de 1250 millones de dólares como compensación a los supervivientes del Holocausto y a sus familias.

Suiza es el lugar preferido de los ricos para depositar sus fortunas en bancos privados, de ahí la inmensa presión ejercida por EE UU, Gran Bretaña, Alemania y otros países de impuestos altos desde el 2009 para que cambie su ley sobre la banca de 1934, que protege a los titulares de cuentas acusados de evasión de impuestos en sus países de origen. 

Los suizos accedieron y el sector crítico declaró triunfante la sentencia de muerte del secreto bancario suizo. En medio de la alegría,  Wegelin, el banco más antiguo de Suiza, cerró en el 2013 tras declararse culpable en EE UU de haber asesorado para evadir impuestos. El mismo año, Suiza y EEUU firmaron una declaración conjunta que permitía a los bancos suizos cooperar voluntariamente con las autoridades estadounidenses en asuntos de evasión fiscal. En el 2014, el segundo mayor banco de Suiza, Crédit Suisse, se declaró culpable del delito de conspirar para ayudar a la evasión de impuestos durante años. El banco acordó pagar una sanción de 2600 millones de dólares. 

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Neutral para siempre: una nación aparte

Desde el fi n de la II Guerra Mundial, Suiza ha disfrutado de una época ininterrumpida de estabilidad económica, social y política gracias a la neutralidad, que le ha permitido escalar posiciones desde una base ya sólida tanto comercial como financiera e industrial, mientras el resto de Europa todavía estaba recuperándose de la guerra. Zúrich se convirtió en un centro internacional de banca y seguros, y la Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales establecieron sus sedes en Ginebra. Para conservar su preciada neutralidad, optó por quedarse fuera de la ONU (aunque desde sus orígenes Ginebra alberga su segunda sede más importante después de la central de Nueva York) y más recientemente, de la Unión Europea.

El triunfo de la derecha conservadora en las elecciones parlamentarias del 2003 contribuyó a fortalecer la posición de Suiza como una nación aparte. En el 2006, el Partido Popular Suizo (SVP), contrario a la UE y a la inmigración, reclamó leyes de inmigración y asilo político más severas. Las medidas fueron aprobadas con una mayoría abrumadora en un referéndum nacional. Luego apostó por prohibir la construcción de minaretes públicos para las llamadas a la oración de los musulmanes, y aunque la idea desató protestas internacionales, fue aprobada después de que el 57,7% de los votantes apoyaran la prohibición en un referéndum nacional. Durante la campaña, el SVP imprimió carteles donde aparecían tres ovejas blancas echando a una oveja negra de la cruz blanca de la bandera suiza. 

A pesar de la dura política conservadora del SVP, Suiza ha dado señales de abrirse al mundo. El país se convirtió en el 190º miembro de la ONU en el 2002 (el referéndum convocado en 1986 había dado una respuesta negativa) y tres años después votó para incorporarse a la zona de libre circulación de Europa, Schengen (y terminó el proceso a fi nales del 2008). En otro referéndum del mismo año, ganó por poco la legalización de las uniones civiles entre parejas del mismo sexo (pero no el matrimonio), otra derrota para el SVP.

Pero poca gente espera que Suiza se incorpore alguna vez a la UE o a la zona de moneda única del euro. Tradicionalmente, los cantones francófonos simpatizaban más con la idea, mientras que los de habla alemana (y Tesino) solían oponerse. 

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