Rusia

Viajar a Rusia

"¡Oh, qué rutilante, maravilloso espacio infinito, que el mundo desconoce por completo! ¡Rus!"

Nikolái Gógol, Almas muertas (1842)

 

Durante siglos el mundo no ha sabido qué pensar de Rusia, descrita indistintamente como un país de inmensas riquezas o de indescriptible pobreza, de crueles tiranos o de mentes excelsas, de generosa hospitalidad o de pesada burocracia, de hermosos ballets o de monstruosidades industriales, de piedad religiosa o de desbocado hedonismo; todas ellas eternas verdades que coexisten con paisajes igualmente variados de tundra helada y playas soleadas, densos bosques de abedules y pinos, y profundos y misteriosos lagos, montañas nevadas y ondulantes praderas, las famosas estepas. Si a ello se le añaden antiguas fortalezas, palacios lujosos, elegantes iglesias y pueblos de madera perdidos en el tiempo, empieza a hacerse evidente que se trata de un país increíble.

Para aprovechar al máximo el viaje, conviene abandonar las rutas más convencionales. Tras visitar viejos favoritos como la dinámica Moscú, la histórica San Petersburgo y el hermoso lago Baikal, lo mejor es adentrarse mucho más en el país más grande del mundo. Visitar, por ejemplo, las suaves y doradas arenas del antiguo rincón prusiano de Kranz, hoy Zelenogradsk, en el extremo oeste de la región de Kaliningrado; el encantador pueblo de Gorodets, a orillas del Volga, con su arte popular y sus dulces de miel; la fascinante Elista, la única población exclusivamente budista de Europa y sede de la insólita Ciudad del Ajedrez; los mausoleos de 400 años de antigüedad de Dargavs, la “ciudad de los muertos” de Osetia del Norte; o las fuentes termales del valle Nalychevo en Kamchatka, en el Extremo Oriente ruso.

Por sus enormes distancias geográficas y diferencias culturales, no resulta fácil acotar los puntos de interés principales. El Extremo Oriente ruso, por ejemplo, tiene el tamaño de Europa. Por lo que es más sensato abordar Rusia como un conjunto de países, merecedores cada uno de una exploración por separado. En lugar de pasar por Moscú, también se puede aterrizar directamente en una capital regional como Irkutsk, para unas vacaciones en Siberia oriental, o en Yekaterinburgo, al pie de los Urales.

Los interesados especialmente en la cultura y la arquitectura deberían limitarse a la Rusia europea, es decir, todo el territorio al este de los Urales, y dejar Siberia y el Extremo Oriente para quienes estén dispuestos a renunciar a las comodidades y quieran experimentar los grandes espacios rusos. Otra forma de conseguir acelerar la adrenalina son las estaciones de esquí y los ríos propicios para el rafting. También se puede contemplar todo a vista de pájaro desde un MiG-25 o incluso desde el espacio exterior, además de experimentar unos buenos azotes en un banya (baño tradicional ruso).

Rusia ha cambiado mucho en la última década. Ya no es un caso perdido, el país desorganizado, económicamente inestable que Vladímir Putin heredó de Boris Yeltsin, sino uno de los Estados que mueven los hilos del petrodólar, y el principal mercado de artículos de lujo del mundo. Gracias a sus reservas de petróleo y gas, el exportador de energía más grande del mundo ha pagado sus deudas y ha acumulado unas reservas de 3,84 billones de RUB (1 625 000 millones de US$). Con un crecimiento económico del 7% anual, el Instituto Nacional de Estadísticas informó de que el salario medio mensual había aumentado un 27% en el 2007, hasta los 13 500 RUB (550 US$), y que el índice de paro había descendido al 6%. Según la revista Forbes, en el 2007, 19 de las 100 personas más ricas del mundo eran rusas, mientras que el país se sitúa justo detrás de EE UU en número de multimillonarios, con 87 magnates. ¡Lenin debe estar revolviéndose en su mausoleo!  

El descalabro financiero mundial de finales del 2008 puede haber afectado notablemente sus balanzas bancarias, pero sigue siendo cierto que la vida de lujo que disfrutan personajes como el magnate del aluminio Oleg Deripaska, o Roman Abramovich, está a años luz de la de los 20 millones de rusos que subsisten con menos de 4500 RUB al mes. Tampoco la creciente clase media tiene acceso a demasiados caprichos, aunque viva con comodidades que ni se atrevían a soñar la mayoría de soviéticos hace menos de dos décadas. En estas circunstancias, el pueblo ruso ha apoyado a Putin y sigue respaldando a su sucesor, Dmitri Medvedev, a la vez que se aprieta el cinturón para encajar la inflación imparable, de un 15% al año en mayo del 2008.

Sin un rival creíble, la elección de Medvédev como presidente en marzo del 2008 estaba cantada, con los únicos interrogantes sobre el alcance de su mayoría (71,25%) y acerca de cuántos rusos acudirían a votar (73,73 millones). Los observadores extranjeros expresaron dudas sobre si el resultado había sido realmente democrático, y se inquietaron todavía más en agosto del mismo año cuando Rusia entró en conflicto con Georgia por el tema de las regiones separatistas de Abjasia y Osetia del Sur.

Aunque la controversia suscitó inevitablemente reacciones extremas, un análisis más sobrio indicaría que Rusia está intentando, aunque a veces de forma avasalladora, sacudirse la sensación de cerco debida a sus vecinos proclives a la OTAN, como Georgia, Ucrania y los países bálticos, antaño parte de su “esfera de influencia” y cuyas fronteras siguen acogiendo ciudadanos rusos. Aunque afirma que no desea desafiar a la comunidad internacional, Medvédev ha dicho “No tenemos miedo de nada, ni siquiera de la posibilidad de una nueva Guerra Fría.”

En estas circunstancias es comprensible que muchos duden en visitar Rusia, y no sería justo afirmar que la experiencia será un puro jardín de rosas, y por mucho que una vez en el país el extranjero se sienta realmente bienvenido, la primera impresión que produce es más bien gélida. La burocracia, la corrupción y las incomodidades, sobre todo lejos de los florecientes centros urbanos, siguen siendo parte intrínseca de la experiencia. Sin embargo, un poco de perseverancia se verá ampliamente recompensada.

En 1978, en su discurso de graduación en Harvard, Alexandr Solzhenitsin habló de la “cultura autónoma (rusa), antigua y de profundas raíces… llena de enigmas y sorpresas para el pensamiento occidental”. Desde las maquinaciones políticas del Kremlin y una Iglesia ortodoxa rusa en clara recuperación, hasta la entrañable belleza de sus artes y el quijotesco carácter de sus habitantes, que pueden pasar en un santiamén de la melancolía a la indiferencia o la exaltación, Rusia sigue siendo país único y fascinante, que todo el mundo debería conocer por sí mismo. 

Fuente: Rusia 2 (marzo del 2009)