Irlanda

Viajar a Irlanda

En el 2008 la televisión irlandesa emitió un anuncio de un fabricante local de pan en el que se veían dos operarios construyendo un tradicional muro de piedra en Connemara. Mientras trabajaban, una mujer se acercaba con una bandeja de sándwiches de aguacate y gambas, ofreciéndoles también té verde y un escuálido latte. Entonces uno de ellos respondía una llamada en su móvil y rechazaba un trabajo porque esa tarde tenía clase de pilates.

El anuncio capta perfectamente el espíritu irlandés, plasmando las dos caras bien diferenciadas de un país que ha sufrido una colosal transformación sin por ello dejar de ser el de siempre. Por un lado está la nueva Irlanda, multicultural territorio de autopistas, planificada y desarrollada entre cafés latte descafeinados y visitas a lo último en spas para un tratamiento termal de lodo. Aunque la economía ha encajado un serio revés en los últimos años, el país ha entrado en un nuevo ámbito cosmopolita y sofisticado que no parece que vaya a perder de momento. Sin embargo, la “otra” personalidad de Irlanda es algo más tradicional y, si las encuestas que responden los turistas al partir merecen credibilidad, es la que sigue teniendo la clave del magnetismo del país como destino turístico.

El quid de la cuestión es su impresionante paisaje, todavía lo bastante prodigioso como para dejar al viajero con la boca abierta a pesar de los denodados esfuerzos de los promotores por dejar su huella en algunos hermosos rincones en forma de rotondas, brutales barrios periféricos y bungalós de verano. Desde los solitarios espacios naturales de Donegal, barridos por el viento, hasta los paisajes de postal al oeste de Cork, Irlanda es uno de los países más bellos del planeta y merece cualquier esfuerzo que se haga por conocerlo. Eso incluye la isla entera, también un norte marcado durante años por el conflicto, aunque hoy finalmente comprometido con un proceso de recuperación, capaz de volver a mostrar su deslumbrante personalidad ante un mundo que solo oía hablar de sus problemas en los informativos nocturnos.

No obstante, la abrumadora popularidad de pintorescos lugares de primer orden como Connemara y Kerry ha provocado la aparición de otros destinos idílicos más tranquilos para el viajero exigente, que ha descubierto la belleza de los lagos de Roscommon, las aldeas de Waterford y condados como el de Westmeath, rara vez visitados; aquí el visitante puede entrar en contacto con una Irlanda más genuina, alejada de la hábil maquinaria de las rutas turísticas.

Irlanda es un país complejo y a menudo contradictorio, y esas contradicciones resultan evidentes en todos sus rincones, desde el pub rural con tejado de paja que anuncia su conexión Wi-Fi y vinos australianos de importación, al grupo de niños de origen polaco hablando entre ellos en irlandés. En cuanto el viajero se ha hecho una composición de lugar, aparece algo que le confunde totalmente, dejándole tan perplejo como al principio. Aunque de todas formas, no debe preocuparse: a la mayoría de los irlandeses les pasa lo mismo.

Toda esta confusión apenas se ajusta a la visión tradicional y algo añeja de una nación de gente afable, contenta de compartir una copa entre amigos, aunque sus habitantes siempre han ridiculizado las extravagantes ideas de los irlandeses residentes en EE UU y otras comunidades extranjeras que vuelven a la tierra de sus ancestros esperando encontrar una versión de la película El hombre tranquilo. Al irlandés le encanta el humor, pero suele preferirlo con ciertos tintes negros e irónicos, para así enfrentarse mejor a las dificultades que le rodean.

Sin duda corren tiempos difíciles para Irlanda. Lamentablemente hoy todo el mundo ya conoce la historia de esos incompetentes vestidos con traje de raya diplomática que llevaron al mundo al borde del desastre lanzando trozos de papel al aire y llamándolos “derivados financieros”. Pero en Irlanda es aún más terrible porque la quiebra del sistema financiero mundial desencadenó la virtual desintegración de una economía ciega y despreocupadamente dependiente (y en última instancia con efectos nefastos) de una burbuja inmobiliaria que estalló a finales del 2008, enfrentando de nuevo al país con los demonios del pasado: la espiral de desempleo, la parálisis económica y la lenta sangría de la emigración.

Entonces, seis meses más tarde, cuando la ciudadanía empezaba a asumir el rigor de las vicisitudes económicas, su annus horribilis se vio agravado por la publicación de un informe de 3000 páginas de la Commission to Inquire into Child Abuse (Comisión de Investigación de Abusos a Menores), que revelaba con descarnado e incalificable horror el destino de muchos de los 170 000 niños que pasaron por los orfanatos en las décadas centrales del s. xx, y la complicidad de la Iglesia y el Estado en ese infierno. En el 2009 todo el mundo se preguntaba cómo había podido llegar a ocurrir algo así.

Durante el viaje se oirán numerosas teorías en boca de los propios irlandeses, además de varias soluciones drásticas: encarcelar a todos los banqueros, apartar a los curas del sacerdocio y, sobre todo, librarse de ese montón de embusteros e incompetentes del Gobierno. Pero también saben que probablemente nada de eso ocurra, por lo que sacuden la cabeza con resignación y dicen: Así va todo, ¿no?”. Entonces invitan al visitante a tomar una copa mientras charlan sobre los males del país, asegurándose de que el vaso nunca quede vacío.

A pesar de los auténticos problemas de Irlanda y sus desconcertantes contradicciones, la calidez y acogida de sus habitantes son su mejor virtud y millones de visitantes dan fe de lo poco que cuesta hacer amigos aquí. El viajero comprobará que alguien se detendrá a ayudarle a encontrar una dirección cuando esté consultando un mapa en una esquina; al sentarse solo en un pub alguien entablará conversación rápidamente; y es muy probable que si su coche se avería, alguien se ofrezca a llevarle en el suyo a donde sea necesario. A los irlandeses les encanta quejarse de su país: el clima es malo; el tráfico, horrible; hay corrupción y, cada vez con mayor insistencia, aparecen los horrores del pasado. Jurarán que el viajero es la persona más afortunada de la tierra por no tener que vivir allí. Pero eso lo hacen solo porque saben que residen en el mejor país de la tierra. ¿No tiene sentido? Aquí sí.

Fuente: Irlanda 3 (enero del 2010)