Japón Historia

Historia

La historia de Japón se caracteriza por la distancia entre sus islas con tierra firme. Aunque durante siglos hubo contactos entre Japón y otras partes de Asia, su separación del continente ha sido decisiva en la forja del país. A grandes rasgos, la historia japonesa se puede dividir en cinco grandes períodos: prehistórico (hasta el 400 a.C.); preclásico (hasta el 710 d.C.); clásico (hasta 1185); medieval (hasta 1600); y del premoderno al moderno (desde 1600).

Fuente: Japón 5 (enero del 2016)

El Japón antiguo: desde los cazadores recolectores hasta la soberanía divina

En el tiempo inmemorial de las leyendas, las divinidades masculina y femenina Izanagi e Izanami descendieron a un mundo acuoso desde Takamagahara (llanuras del Alto Cielo) para crear la Tierra. Las gotitas caídas de la “lanza” de Izanagi se solidificaron en la tierra de Japón y después Izanami e Izanagi la poblaron con dioses; la diosa solar Amaterasu (Luz del Cielo) era la deidad suprema, cuyo tataranieto Jimmu se convirtió en el primer emperador de Japón, supuestamente en el 660 a.C.

Mitos aparte, la presencia humana en el país se remonta por lo menos a 200 000 años atrás (aunque los restos más antiguos solo datan de hace unos 30 000). Hasta el final de la última glaciación, hace unos 15 000 años, varios puentes de tierra unían Japón con el continente (Siberia por el norte, Corea por el oeste y quizá la actual Taiwán por el sur), por lo que el territorio resultaba accesible.

La primera cultura que surgió fue la neolítica Jōmon (así llamada por un estilo de cerámica con “marcas de cuerdas”), desde aproximadamente el 13000 a.C. Los jōmon eran ante todo cazadores-recolectores que preferían la costa, aunque la agricultura, desarrollada a partir del 4000 a.C., permitió asentamientos más estables y comunidades más numerosas. Los indígenas ainu del norte de Japón descienden de los jōmon.

A partir del 400 a.C. arribaron oleadas de inmigrantes, conocidos después como yayoi (por el primer centro de producción de su cerámica rojiza torneada); se establecieron primero en el suroeste, llegados probablemente de Corea, y trajeron el hierro y el bronce así como técnicas sofisticadas para el cultivo de arroz.

Los jōmon se vieron empujados hacia el norte, aunque los japoneses de hoy en día conservan cantidades relevantes de su ADN, lo que indica una mezcla de razas. Los yayoi se habían extendido hasta la mitad de Honshū en el s. I d.C., pero el norte de Honshū fue todavía jōmon hasta por lo menos el s. VIII.

Las nuevas técnicas de los yayoi incrementaron y diversificaron la producción y estimularon el comercio entre tribus. En paralelo aumentó la rivalidad entre los grupos tribales, con frecuencia por los recursos naturales, y la estratificación social.

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El clan Yamato

Los asentamientos agrícolas delimitaron territorios y fronteras. Según fuentes chinas, a fines del s. I d.C. existían en Japón más de cien reinos, que a mediados del s. III estaban gobernados por una reina llamada Himiko, cuyo territorio se conocía como Yamatai (después Yamato); su ubicación es objeto de controversia: algunos estudiosos lo sitúan en el noroeste de Kyūshū, pero la mayoría se inclina por la región de Nara. Los chinos trataban a Himiko como soberana de todo Japón (el nombre Yamato acabó por aplicarse a todo Japón) y esta, mediante tributos, reconocía su lealtad al emperador de China.

Tras su muerte en el 248, se cuenta que Himiko fue enterrada (junto con 100 esclavos sacrificados) en un enorme túmulo. Otros dignatarios decidieron recibir sepultura en tumbas parecidas, y así, desde aquel momento y hasta la declaración de Nara como capital en el 710, suele acotarse el período Kofun o Yamato.

Durante este período los Yamato se confirmaron como clan dominante tras haber consolidado su poder mediante negociaciones y alianzas, práctica que Japón repitió a lo largo de los siglos siempre que pudo, aunque en términos menos complacientes cuando se trataba de enemigos ‘más débiles’.

El primer emperador del que se tiene constancia fue Suijin (m. c. 318), probable miembro de los Yamato, aunque algunos estudiosos creen que era el cabecilla de un grupo de ‘jinetes’ que penetraron desde Corea hacia principios del s. IV. En este período se adoptó también la escritura basada en el chino pero introducida por sabios del reino coreano de Paekche a mediados del s. v. Desde Paekche llegó también el budismo un siglo después.

Los Yamato fomentaron el budismo para unificar y controlar el territorio. Aunque el budismo surgió en la India, para los japoneses fue una de las “cosas chinas” que adoptaron para ser reconocidos como país civilizado (y potencialmente poderoso), sobre todo por los chinos.

En el 604 el príncipe regente Shōtoku (573-620) promulgó una Constitución de sesgo muy chino; sus 17 artículos ponderaban la armonía y el trabajo duro. En el 645 se introdujeron reformas sustanciales al modo chino, como un gobierno centralizado, la nacionalización y reparto de la tierra, y códigos de justicia. Ya desde tiempos del emperador Temmu [673-686], la familia imperial había encargado la compilación de obras históricas, como la Kojiki (Crónica de las cosas antiguas; 712) y la Nihon Shoki (Crónica de Japón; 720), para apelar a su ascendencia divina. La idea surtió efecto y, a pesar de varios momentos de peligro, de todas las monarquías del mundo la japonesa es la que más ha perdurado sin
interrupciones. 

Pero no se emuló todo lo chino. El confucianismo, p. ej., aprobaba la destitución de un soberano inmoral que hubiera perdido el “mandato del cielo”; una idea que no arraigó en Japón, como la costumbre china de acceder a un alto rango mediante un examen, pues la clase gobernante japonesa anteponía el nacimiento al mérito. 

A principios del s. VIII, Japón, con una población aproximada de 5 millones, reunía todas las características de una nación-Estado (salvo el norte): unidad, gobierno centralizado, administración organizada, poder legitimado, estratificación social, Constitución y leyes escritas, y reconocimiento exterior.

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La época de los cortesanos

En el 710 se estableció la capital en Nara (Heijō-kyō). La infl uencia del budismo se percibe aún hoy en el Tōdai-ji, que alberga un enorme Buda de bronce y es el mayor edificio de madera del mundo (y de los más antiguos). 

El emperador Kammu [781-806] decidió reubicar la capital en el 784. Su decisión quizá obedeció a una sucesión de desastres ocurridos tras el traslado a Nara, entre ellos una epidemia de viruela que acabó casi con un tercio de la población entre los años 735 y 737. En el 794 la capital se trasladó a la cercana Kioto (Heian-kyō), y así se mantendría durante más de mil años, aunque no como auténtico centro del poder. 

En los siglos siguientes, la vida cortesana en Kioto alcanzó el culmen de su refinamiento y protocolo, como refleja la famosa novela Historia de Genji, escrita por la cortesana Murasaki Shikibu hacia el 1004, donde se muestra a los cortesanos entregados a diversiones como adivinar las flores por su aroma, construir extravagancias arquitectónicas y no escatimar gastos en lo último en lujo. Aunque aquel era un mundo que estimulaba la estética con conceptos como el mono no aware (lo agridulce de las cosas) y la okashisa (incongruencia que sorprende y agrada), que han subsistido hasta hoy, también era un mundo cada vez más apartado de la realidad. La decadente autocomplacencia de la corte se vio empeorada por la debilidad de los emperadores, manipulados durante siglos por la poderosa familia Fujiwara.

Mientras los nobles se engolfaban en placeres e intrigas cortesanos, en las provincias surgían poderosas fuerzas militares acaudilladas casi siempre por nobles de alcurnia menor, enviados con frecuencia en nombre de la alta nobleza para  desempeñar tareas “tediosas”. Algunos eran parientes lejanos de la familia imperial, privados de derechos sucesorios (una práctica conocida como “recorte dinástico”) y hostiles a la corte. Entre sus sirvientes figuraban diestros guerreros conocidos como samuráis (literalmente, “sirvientes”).

Las dos principales familias “recortadas”, los Minamoto (o Genji) y los Taira (Heike), eran enemigas. En 1156 se les encargó que apoyaran a sendas facciones rivales que aspiraban a mandar en la familia Fujiwara, pero esto pasó pronto a un segundo plano cuando se entabló una contienda entre los Minamoto y los Taira.

Se impusieron los Taira, al mando de Kiyomori (1118-1181), que se estableció en la capital y se entregó a sus muchos vicios. En 1180 entronizó a su nieto Antoku, de 2 años. Cuando un pretendiente rival recabó la ayuda de la familia Minamoto su líder, Yoritomo (1147-1199), ni lo dudó. Kiyomori y el pretendiente murieron poco después, pero Yoritomo y su hermanastro Yoshitsune (1159-1189) continuaron con la guerra contra los Taira. En 1185 Kioto había caído y los Taira fueron perseguidos hasta el extremo occidental de Honshū. Tras una batalla naval en la que vencieron los Minamoto, la viuda de Kiyomori se arrojó al mar con su nieto Antoku (que ya tenía 7 años). Con Minamoto Yoritomo Japón empezó un período de dominio militar.

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La época de los guerreros

Yoritomo no aspiraba a convertirse en emperador, pero quería el título de sogún (generalísimo), y lo consiguió en 1192.  Mantuvo muchos cargos e instituciones ya existentes y se estableció en su tierra natal de Kamakura, no en Kioto. Aunque en teoría Yoritomo representaba el brazo militar del gobierno imperial, en la práctica era él quien gobernaba; su ‘sogunato’ se denominó en japonés bakufu, que significa el campamento de un general, y perduró casi 700 años.

El sistema de gobierno se volvió feudal, centrado en la lealtad entre el señor y sus vasallos; era más personal y familiar que el feudalismo europeo, sobre todo por la relación oya-ko (“padre-hijo”), otra característica perdurable de Japón.

Pero las ‘familias’ no siempre eran felices, y los más ambiciosos no dudaban en matar a sus parientes si los consideraban una amenaza. Yoritomo, desconfiado por naturaleza, dio muerte a tantos que cuando murió en 1199 (al caerse del caballo en circunstancias sospechosas) surgieron dificultades sucesorias. Su hermanastro Yoshitsune, a quien había matado, ocupó un lugar preeminente en las leyendas japonesas como arquetipo del héroe trágico.

Masako (1157-1225), la viuda de Yoritomo, fue una figura señera que controló el sogunato durante buena parte de su vida. Tras haber hecho votos religiosos a la muerte de su marido, empezó a ser conocida como la “monja sogún” y desempeñó un papel decisivo en asegurar que su familia, los Hōjō, sustituyeran a los Minamoto como sogunes. El sogunato Hōjō continuó en Kamakura hasta la década de 1330.

La amenaza mongola
Fue durante el sogunato Hōjō cuando los mongoles intentaron invadir Japón dos veces: en 1274 y 1281. Con Kublái Kan [1260-1294], el imperio mongol estaba casi en el ápice de su poderío y, tras conquistar Corea en 1259, el kan demandó a Japón que se sometiera a su soberanía, pero sin resultado. 

El primer ataque de Kublái Kan se produjo en noviembre de 1274, supuestamente con unos 900 barcos que transportaban a 40 000 soldados, aunque esto quizá sea exagerado. Los mongoles desembarcaron cerca de Hakata en el noroeste de Kyūshū y, a pesar de la vigorosa resistencia, avanzaron hacia el interior; sin embargo, por razones poco claras se retiraron a sus naves y después sobrevino una tormenta que causó daños a un tercio de las mismas. El resto regresó a Corea. 

Siete años después se llevó a cabo un intento más decidido desde China. Kublái Kan mandó construir una flota de 4400 barcos para transportar a 140 000 hombres, de nuevo cifras dudosas. En agosto de 1281 los mongoles desembarcaron de nuevo en el noroeste de Kyūshū y, una vez más, se encontraron con una tenaz resistencia y tuvieron que retirarse. Los elementos volvieron a intervenir (esta vez un tifón). Los supervivientes regresaron a China y los mongoles renunciaron a invadir Japón. 

El tifón de 1281 propició la idea de una intervención divina, origen del término “kamikaze” (viento divino). Estos hechos indujeron también a los japoneses a abrazar la creencia de que su territorio era en verdad la Tierra de los Dioses.

Fin del sogunato Hōjō
A pesar de su exitosa defensa de Japón, el sogunato Hōjō se resintió. Su incapacidad para satisfacer los pagos prometidos a quienes habían repelido a los mongoles causó un gran descontento, mientras que lo gastado mermó notablemente sus finanzas. 

Fue también durante el sogunato Hōjō cuando arribó de China el budismo zen. La austeridad y autodisciplina del budismo sedujeron a la casta guerrera y también contribuyeron a la implantación de valores estéticos como la sabi (sencillez elegante). Las manifestaciones más difundidas del budismo fueron las sectas Jōdo (Tierra Pura) y Jōdo Shin (Verdadera Tierra Pura).

La desafección al sogunato culminó en tiempos del autoritario emperador Go-Daigo (1288-1339). Tras escapar del destierro que le habían impuesto los Hōjō, empezó a recabar apoyos contra el sogunato en el oeste de Honshū. En 1333, y para frenar esta amenaza, el sogunato envió tropas al mando de uno de sus generales más prometedores, el joven Ashi-kaga Takauji (1305-1358); sin embargo, al percatarse de la desafección a los Hōjō y de que si se juntaba con Go-Daigo entre los dos tendrían un considerable poderío militar, Takauji se alió con el emperador y atacó las dependencias del sogunato en Kioto. Otros no tardaron en rebelarse contra el propio sogunato en Kamakura.

Aquello supuso el final del sogunato Hōjō, pero no de la institución. Takauji aspiraba al título de sogún, pero su aliado Go-Daigo temía que de hacerlo se debilitaría su poder como emperador. La alianza se rompió y Go-Daigo envió tropas contra Takauji, pero este venció y atacó Kioto, lo que obligó a Go-Daigo a refugiarse en las montañas de Yoshino, unos 100 km al sur de la ciudad, donde estableció su corte. Takauji, por su parte, instaló en Kioto a un emperador títere de un linaje rival, el cual le proclamó sogún en 1338. Las dos cortes coexistieron hasta 1392, cuando la “corte del sur” (en Yoshino) fue traicionada por Ashikaga Yoshimitsu (1358-1408), nieto de Takauji y tercer sogún Ashikaga.

Estados en guerra
Takauji estableció su sogunato en Kioto, en Muromachi. Con contadas excepciones como Takauji y su nieto Yoshimitsu (que mandó construir el famoso Kinkaku-ji y se declaró en una ocasión “rey de Japón”), los sogunes Ashikaga fueron relativamente débiles. Sin un poder fuerte y centralizado, el país se vio inmerso en un conflicto civil cuando los señores de la guerra (los daimios) se enzarzaron en interminables luchas por el poder. Empezó con la Guerra de Ōnin de 1467-1477 y durante 100 años el país vivió en una contienda civil casi constante; a ese período se le conoce como era Sengoku (Estados en Guerra).

Acaso por caprichos del destino, durante el período Muromachi se produjo un nuevo florecimiento de las artes, como el refinado teatro nō, el ikebana (arreglos florales) y la chanoyu (ceremonia del té). Los principios estéticos fundamentales eran el sabi (la pátina del tiempo), el yūgen (espiritualidad elegante y tranquila, como en el ), el wabi (gusto comedido) y el kare (sobriedad y austeridad).

Los primeros europeos llegaron en 1543; los vientos llevaron a tres comerciantes portugueses hasta la isla Tanegashima, al sur de Kyūshū. Pronto arribaron más europeos, junto con el cristianismo y las armas de fuego, que se encontraron una tierra dividida por la guerra y a punto para su conversión. Pero los señores de la guerra japoneses se interesaron más por las armas de fuego.

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Reunificación

Nobunaga toma el poder
Uno de los señores de la guerra que mejor aprovecharon estas nuevas armas fue Oda Nobunaga (1534-1582), en la actual prefectura de Aichi. Su habilidad e implacables dotes de mando resultaron en una sucesión de victorias sobre sus rivales. En 1568 tomó Kioto y colocó como sogún a un miembro del clan Ahikaga (Yoshiaki); en 1573 lo expulsó y se estableció en Azuchi. Aunque no adoptó el título de sogún, Nobunaga ejercía el poder supremo en la ‘Tierra’.

Célebre por su brutalidad, Nobunaga no era hombre a quien llevarle la contraria; odiaba a los sacerdotes budistas y toleró el cristianismo como un contrapoder frente a ellos. Su ego desmedido lo llevó a erigir un templo donde se le rendía culto y a declarar fiesta nacional el día de su nacimiento. Su objetivo era el “Tenka Fubu” (Un Reino Unificado bajo un Gobierno Militar) y hasta cierto punto lo consiguió al redistribuir territorios entre los daimios, realizar catastros y normalizar pesos y medidas. 

La ambición de Hideyoshi
En 1582 Nobunaga fue traicionado por uno de sus generales y obligado a suicidarse. La unificación continuó con otro de sus generales, Toyotomi Hideyoshi (1536-1598), un soldado raso que había ascendido hasta convertirse en el favorito de Nobunaga. Era además un personaje singular: diminuto y de facciones simiescas, Nobunaga lo apodó “Saru-chan” (“Monito”). Pero su ansia de poder desdecía de su talla física: se deshizo de sus posibles rivales entre los hijos de Nobunaga, asumió el  título de regente, continuó con la política de Nobunaga de redistribución territorial e insistió en que los daimios debían  entregarle a sus familias como rehenes en Kioto. También proscribió las armas a todas las castas salvo a la de los samuráis.

En sus últimos años Hideyoshi se volvió cada vez más paranoico: cortaba por la mitad con una sierra a los portadores de malas noticias y mandó ejecutar a jóvenes de su familia por supuestos conspiradores; también decretó la primera expulsión de los cristianos (1587) porque sospechaba que eran la avanzadilla de una invasión: en 1597 crucificó a 26 cristianos, nueve de ellos europeos. Su ambición contemplaba la conquista de toda Asia, y como primer paso intentó la invasión de Corea en 1592, que fracasó; repitió el intento en 1597, pero la campaña se abandonó cuando Hideyoshi murió en 1598.

El sogún Ieyasu
En su lecho de muerte, Hideyoshi encomendó a uno de sus generales más capacitados, Tokugawa Ieyasu (1542-1616), la salvaguarda del país y la sucesión de su hijo Hideyori (1593-1615). Ieyasu le traicionó: en 1600, en la Batalla de Sekigahara, derrotó a los que protegían a Hideyori y se convirtió de facto en caudillo de Japón. En 1603 su poder se consolidó cuando el emperador le otorgó el título de sogún, y su residencia en Kantō, el antiguo pueblecito de pescadores de Edo –después  Tokio– se convirtió en el verdadero centro del poder de Japón.

Gracias a estos tres hombres, Nobunaga, Hideyoshi, Ieyasu, por medios limpios o, las más de las veces, arteros, el país se reunificó en tres décadas. 

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Un período de estabilidad

Tras haber asegurado el poder a los Tokugawa, Ieyasu y sus sucesores estaban decididos a conservarlo; su estrategia consistió en mantener el statu quo y frustrar cualquier cambio. 

Su política incluía un control estricto sobre las familias militares, que debían pedir autorización hasta para construir castillos y casarse. Se continuó con la redistribución (o confiscación) del territorio y se obligó a los daimios y a sus sirvientes a que pasaran uno de cada dos años en Edo, donde sus familias eran retenidas como rehenes.

El sogunato controlaba también directamente los puertos, las minas, las ciudades principales y otras zonas estratégicas. La libertad de movimientos se vio restringida por la destrucción de puentes, los puestos de control y la exigencia de autorización escrita para viajar. Se prohibió el transporte sobre ruedas; los barcos capaces de surcar el océano fueron sometidos a un control estricto, y se prohibió que los japoneses viajaran al extranjero y que regresaran los que ya estaban fuera.

La sociedad quedó dividida en cuatro clases principales: en orden decreciente los shi ((samuráis), los (agricultores), los (artesanos) y los shō (comerciantes), y para cada una se fijaron precisos códigos de conducta que regían la vestimenta, la comida, la vivienda e incluso la ubicación del retrete.

Aunque no gozaba de gran popularidad, el cristianismo amenazaba la autoridad del sogunato y los misioneros fueron expulsados en 1614. Tras la Revuelta de Shimabara, encabezada por cristianos, el cristianismo fue prohibido, varios cientos de miles de cristianos japoneses tuvieron que esconderse, y todos los occidentales, salvo los holandeses protestantes, fueron expulsados en 1638. 

El sogunato veía al protestantismo como una amenaza menor que el catolicismo (se sabía que el Vaticano podía reunir uno de los ejércitos más poderosos), y habría permitido que se quedaran los británicos si los holandeses no lo hubieran convencido de que Gran Bretaña era católica. Con todo, los holandeses no pasaron de ser una docena de hombres confinados en una pequeña factoría en la isla artificial de Dejima, cerca de Nagasaki.

Aislamiento del mundo
Japón entró en una era de sakoku (aislamiento del mundo exterior) que duraría más de dos siglos. En este Japón de los Tokugawa incluso la violación de una ley trivial podía significar la muerte, y hasta el “comportamiento grosero”, definido como “actuar de manera inesperada”, constituía un delito. Los castigos podía ser crueles, como la crucifixión, y se aplicaban colectivamente o por persona interpuesta, p. ej., se castigaba al cacique de un pueblo por la falta de uno de sus habitantes. La policía secreta era muy eficaz. La gente aprendió la importancia de la obediencia a la autoridad, de la responsabilidad colectiva y de “hacer lo correcto”, valores aún muy preeminentes en la actualidad.

Auge de los comerciantes y decadencia de los samuráis
Pese a todas las restricciones, el período Tokugawa se caracterizó por un notable dinamismo, sobre todo entre los comerciantes, que por ser la clase más baja gozaban de relativa libertad. En gran medida los comerciantes prosperaron porque los bienes y servicios necesarios para las procesiones de los daimios a Edo eran tan costosos que estos tenían que vender parte de lo que producían sus dominios para obtener liquidez, lo que impulsó la economía en general.

El auge de los comerciantes alumbró una cultura hedonista que dio como fruto el teatro kabuki, con su color y efectos escénicos. Otras formas de entretenimiento eran el bunraku (teatro de marionetas), el haiku, las novelas populares y las ukiyo-e (xilografías), con frecuencia de geishas.

Los samuráis no desempeñaban tareas militares de importancia. Por su esmerada educación, la mayoría terminó por librar guerras de papel como administradores y burócratas. Curiosamente, fue durante este período de relativa inactividad cuando cobró forma el famoso bushidō o código de los samuráis. Aunque imbuido de idealismo, este se ponía alguna vez en práctica, como en la suprema lealtad demostrada en 1701-1703 por los “47 Rōnin”, unos samuráis sin amo que esperaron dos años para vengar el injusto y obligado seppuku (suicidio ritual) y cometerlo después ellos mismos.

Tiempo de sabiduría
El confucianismo gozó del fomento oficial para reforzar la idea de jerarquía y statu quo, pero también estimuló el estudio y la alfabetización. A fines del período, hasta un tercio de los 30 millones de japoneses sabían leer, superando así con mucho a Occidente en esa época. Sin embargo, también se produjo un vigoroso brote de nacionalismo, fundamentado en el sintoísmo y los textos antiguos; su énfasis en la primacía del emperador perjudicaba al sogunato. Desde principios hasta mediados del s. XIX creció el descontento con el sogunato, azuzado también por la corrupción e incompetencia de los funcionarios. No se sabe cuánto más podría haber durado el sogunato Tokugawa en su aislado mundo, pero las fuerzas exteriores aceleraron su desaparición.

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La modernización

Varios barcos occidentales habían aparecido en aguas japonesas desde comienzos del s. XIX. Aquellos que desembarcaban, aunque fuera por un naufragio, eran casi siempre expulsados y hasta ejecutados, lo que resultaba inaceptable para las potencias occidentales. EE UU, en especial, aspiraba a ampliar sus intereses en el Pacífico, pues sus numerosos balleneros que faenaban en el noroeste necesitaban aprovisionarse con regularidad. 

En 1853, y otra vez al año siguiente, el comodoro estadounidense Matthew Perry entró en la Edo-wan con sus cañoneras y exigió a Japón su apertura al comercio. El sogunato no podía enfrentarse al fuego de Perry y tuvo que acceder a sus demandas; pronto llegó un cónsul de EEUU, seguido por los de otras potencias occidentales. Japón se vio obligado a otorgar los derechos de “nación más favorecida” a todas las potencias y no tardó en perder el control sobre sus propios aranceles.

La Restauración Meiji
Los samuráis opuestos al sogunato, sobre todo en los dominios más apartados de Satsuma (Kyūshū meridional) y Chōshū (Honshū occidental), sacaron provecho de la humillación del sogunato, supuesto protector militar del país, y surgió un movimiento para “venerar al emperador y expulsar a los bárbaros” (sonnō jōi).

Tras sus escaramuzas con las potencias occidentales, los reformistas se dieron cuenta de que, aunque no era posible expulsar a los bárbaros, sí lo era restaurar al emperador. Su golpe, conocido como Restauración Meiji (Gobierno Iluminado), de finales de 1867 a principios de 1868, ‘restauró’ al emperador adolescente Mutsuhito (1852-1912; llamado después Meiji) tras la oportuna muerte de su padre Kōmei (1831-1867).

Tras cierta resistencia inicial, el último sogún, Yoshinobu (1837-1913), se retiró a Shizuoka, donde vivió en paz el final de su vida. La sede del sogunanto en Edo se convirtió en la nueva sede imperial con el nombre de Tokio (“Capital Oriental”).

Mutsuhito obedecía a quienes lo habían entronizado, aunque estos afirmaban que todo se hacía en su nombre y con su aprobación. Sus restauradores, movidos por ambiciones personales y también preocupados por el país, eran en su mayoría samuráis de Satsuma o Chōshū que contaban poco más de 30 años; el más destacado era Itō Hirobumi (1841-1909), que después sería primer ministro en cuatro ocasiones. Por suerte para Japón, demostraron ser una oligarquía muy capacitada.

Fue también providencial que las potencias occidentales, distraídas por las ganancias más sustanciosas que podían obtener en China y otros lugares, no pensaran en Japón. No obstante, el miedo a la colonización obligó a los reformistas a actuar rápido; lejos de ser colonizados, querían ser colonizadores y convertir a Japón en una gran potencia. 

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La occidentalización

Bajo la consigna “Fukoku kyōhei” (País rico, ejército fuerte), los jóvenes que ahora controlaban Japón decidieron que la mejor estrategia era la occidentalización. Otro lema, “Oitsuke, oikose” (Igualar, adelantar), da a entender que incluso querían superar a sus modelos. Se enviaron misiones al extranjero para observar las instituciones y prácticas occidentales, y se trajeron especialistas a Japón para que asesoraran desde la banca hasta el transporte y la minería.

En las décadas siguientes Japón se occidentalizó a conciencia, no solo en cuestiones materiales como telégrafos, trenes y ropa, sido también con una economía y una banca modernas, un ordenamiento jurídico, una Constitución y una asamblea legislativa, elecciones y partidos políticos, y un ejército de conscripción.

Cuando se juzgó necesario, se suprimieron las instituciones y prácticas existentes. A los daimios se les ‘convenció’ para que cedieran sus feudos al Gobierno a cambio de obtener cargos de gobernadores u otros, lo que permitió la creación de prefecturas. El sistema de cuatro estamentos fue abolido y la gente obtuvo libertad para escoger ocupación y residencia. Incluso la clase de los samuráis desapareció en 1876 para allanar el camino a un ejército de reclutas más eficaz.

Nuevas ideologías
La prohibición del cristianismo se levantó. Numerosas ideologías occidentales penetraron en el país, como la filosofía de la “autoayuda”, que sirvió de guía a una población recién liberada de un mundo predestinado. El Gobierno se percató pronto de que el nacionalismo podía encauzar aquellas nuevas energías. La población se sintió estimulada a triunfar en la vida, y que ello demostraría al mundo el éxito y el poderío de Japón.

Hacia la democracia
El Gobierno creó grandes industrias y luego vendió muy baratas a ‘amigos’, lo que contribuyó a la formación de los enormes conglomerados empresariales conocidos como zaibatsu. Aunque tales iniciativas no eran verdaderamente democráticas, sí que eran habituales. Otro ejemplo es el “gabinete trascendental”, que era responsable solo ante el emperador, que seguía los consejos de sus asesores, ¡a su vez miembros del mismo gabinete! El Japón Meiji era democrático solo en apariencia.

A esta economía “guiada por el Estado” le favorecía una población instruida, obediente y numerosa, además de la tradición de prácticas comerciales complejas como los mercados de futuros. En los primeros años, la principal industria de Japón era la textil, y la seda su gran exportación; pero en el período Meiji pasaron a serlo las manufacturas y la industria pesada, y el país se convirtió en una potencia mundial de la construcción naval. Los avances en la agricultura liberó mano de obra campesina que se derivó a los sectores manufactureros.

El escenario mundial
Un factor clave para convertirse en potencia mundial con territorios en ultramar fue el Ejército, para lo que copió los modelos prusiano (infantería) y de Gran Bretaña (marina), Japón acumuló una poderosa fuerza militar. Con la misma táctica que Perry había empleado contra los japoneses, en 1876 Japón pudo imponer en Corea el tratado que más le convenía y se inmiscuyó cada vez más en su política. En 1894, y con la ‘interferencia’ china en Corea como justificación, Japón se inventó una guerra con China, salió victorioso y ganó Taiwán y la península de Liaotung. Rusia presionó a Japón para que renunciara a la península, que después ocupó, lo que desencadenó la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905, ganada por Japón. Un beneficio importante para Japón fue el reconocimiento occidental de sus intereses en Corea, que al final se anexionó en 1910.

A la muerte de Mutsuhito en 1912, Japón era considerado una potencia mundial. Además de sus victorias militares y conquistas territoriales, en 1902 había firmado la primera alianza anglo-japonesa, la primera entre un país occidental y uno no occidental. Se habían instaurado organizaciones de corte occidental y su economía se contaba entre las primeras del mundo. Durante el medio siglo del período Meiji la modernización del país era extraordinaria. Pero ¿qué rumbo seguir?

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Descontento con Occidente

A Mutsuhito le sucedió su hijo Yoshihito (Taishō), cuyo deterioro mental aconsejó la regencia de su hijo Hirohito (1901-1989) en 1921. 

Durante el período Taishō (Gran Rectitud; 1912-1926) continuó la democratización, se amplió el derecho al voto y se reforzó la diplomacia. Hasta la I Guerra Mundial, Japón se había beneficiado económicamente de la presencia reducida de las potencias occidentales, y políticamente de su alianza con Gran Bretaña, lo que le permitió ocupar las posesiones alemanas en el este de Asia y el Pacífico; sin embargo, en 1915 también intento controlar China e hizo públicas sus “Veintiuna  Exigencias”, que acabó por modificar.

Cada vez crecía más el descontento con Occidente y la percepción de sentirse injustamente tratado. La Conferencia de Washington de 1921-1922, que pretendía limitar el armamento naval, estableció tres buques de líneas para Japón, cinco para EE UU y cinco para Gran Bretaña, lo que ofendió a los japoneses a pesar de que superaban con mucho el 1,75 de Francia. Por la misma época fue rechazada la propuesta sobre igualdad racial presentada por Japón ante la recién creada Sociedad de Naciones. En 1924 EE UU aprobó normas sobre inmigración que, por su contenido racial, afectaban a Japón.

La insatisfacción aumentó durante el período Shōwa (Paz Ilustre), que empezó en 1926 con la muerte de Yoshihito y la subida al trono de Hirohito. Débil como emperador, fue incapaz de domeñar el poder creciente de los militares, que denunciaban la diferencia de las condiciones de vida entre el campo y la ciudad, y acusaban de corrupción a los políticos. Las repercusiones de la Gran Depresión de finales de la década de 1920 empeoraron todo. La causa de estos problemas, a juicio  de los japoneses, era Occidente, con su individualismo y liberalismo excesivos. Según los militaristas, Japón debía velar por sus propios intereses, lo que significaba la creación de una “Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental controlada por Japón, que incluía a Australia y Nueva Zelanda. 

Japón invadió Manchuria en 1931, instauró un gobierno títere y, cuando la Sociedad de Naciones se opuso, abandono la organización. Japón se centró pronto en China y en 1937 lanzó una invasión brutal, con atrocidades como la matanza de Nanjing de diciembre. Las cifras de víctimas entre la población civil china van de 40 000 a más de 300 000. Aún hoy los intentos de Japón de restar importancia a estas y otras matanzas perpetradas en Asia subsisten como un escollo en sus relaciones con sus vecinos.

II Guerra Mundial
Japón no rechazaba a todas las naciones occidentales: admiraba a los nuevos regímenes de Alemania e Italia y en 1940 firmó un pacto con ellos, y continuó su expansión por el sureste asiático, principalmente en busca de petróleo. Sin embargo, aquella alianza no conllevó mucha cooperación, y como Hitler hablaba abiertamente de los japoneses como Untermenschen (seres inferiores) y “peligro amarillo”, Japón nunca se fió. EE UU, preocupado por las agresiones de Japón, aplicó sanciones.

La aviación japonesa atacó Pearl Harbor (la fl ota de EE UU en el Pacífico) el 7 de diciembre de 1941, al parecer por sorpresa (algunos estudiosos creen, sin embargo, que Roosevelt y otros permitieron el ataque para llevar a EE UU a la guerra contra Alemania). En cualquier caso, lo cierto es que se subestimó el empeño de Japón. Casi todos los historiadores coinciden en que Japón nunca confió en vencer a EE UU, pero esperaba llevar al país a la mesa de negociaciones y salir beneficiado.

Las tornas empezaron a volverse contra Japón a partir de la Batalla de Midway de junio de 1942. En los tres años siguientes,  Japón se vio obligado a contraatacar isla por isla. A mediados de 1945 Japón, haciendo caso omiso de la Declaración de Postdam, que exigía su rendición incondicional, se preparaba para un ataque final de los aliados. El 6 de agosto se lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica, que mató a 90 000 civiles. Rusia, con cuya eventual mediación había contado Japón, le declaró la guerra el 8 de agosto. Para rematar, el 9 de agosto se lanzó una segunda bomba atómica, esta vez sobre Nagasaki, que causó otras 50 000 bajas. El emperador se rindió el 15 de agosto. 

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Época moderna

La recuperación de Japón después de la guerra es ya leyenda. La ocupación estadounidense terminó en 1952, cuando EE UU se enzarzó en otra guerra en la península de Corea. Muchos historiadores sostienen que el papel de Japón relanzó la economía del país. En cualquier caso, su crecimiento a partir de la década de 1950 solo puede calificarse de milagroso; hasta 1990, con el estallido de la burbuja financiera, no tocó techo.

Las décadas siguientes se han caracterizado por el estancamiento económico, empeorado por la crisis financiera mundial del 2008. Tres años después Japón sufrió el terremoto y el tsunami del 2011, en el que perecieron más de 15 000 personas. Cabía esperar que Japón tirase la toalla, pero el país ha demostrado que sabe luchar. En el 2013 Japón experimentaba un nuevo crecimiento económico, y Tokio se prepara para acoger los Juegos Olímpicos del 2020 con optimismo.

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