Filipinas

Viajar a Filipinas

Filipinas es sinónimo de arrozales color esmeralda, frenéticas megalópolis, coloridas yipnis, impetuosos volcanes, búfalos de agua peludos y un pueblo siempre sonriente y despreocupado.

Justo cuando ya se creía tenerle tomada la medida a Asia, se llega a Filipinas, un destino donde los curas ocupan el lugar de los monjes budistas, los triciclos sustituyen a los tuk tuks y el adobo reemplaza al pho. De entrada, más que encandilar, Filipinas produce un efecto desalentador, pero basta con profundizar en su esencia y en sus muchos tesoros para que este se disipe. Para empezar, el viajero podrá nadar con tiburones ballena, escalar volcanes, explorar islas desiertas, alucinar con antiguos arrozales en terraza, bucear en enclaves extraordinarios o aventurarse en la selva al encuentro de tribus.

Más allá de sus innegables atributos físicos, Filipinas posee cierto aire estrafalario que requiere algo más de tiempo para ser apreciado. Hay pociones secretas y lociones curativas, luchadores sonrientes, ensordecedoras granjas de gallos, catamaranes motorizados (bangkas), políticos corruptos y cerveza barata para disfrutar del espectáculo.

Filipinas es un país único en el sureste asiático, no solo geográfica sino también cultural y espiritualmente. Su peculiaridad más obvia es su arraigado catolicismo, resultado de 350 años de dominio español; por otro lado, los centros comerciales, las cadenas de comida rápida y el uso del inglés como idioma oficial demuestran la influencia de su sucesor, Estados Unidos. Quizá por la mezcla de estas influencias, el país presume de un carácter único. Los filipinos son acogedores y optimistas, y esa actitud, cautiva a los visitantes.

El país es, además, el paraíso de los playeros. Con más de 7000 islas, las hay para todos los gustos, desde solitarias extensiones de arena hasta prósperas megaislas como Luzón o Mindanao.

Fuente: El mundo (octubre del 2015)