Túnez

Viajar a Túnez

Puede que solo sea una estrecha franja en la amplia extensión horizontal del norte de África, pero Túnez tiene bastante historia y diversidad natural como para compararse con un país que multiplique varias veces su tamaño. Con una balsámica costa mediterránea arenosa, perfumada de jazmín y brisas marinas, y pescado siempre fresco en la mesa, Túnez es destino de primer orden para unas vacaciones playeras. Pero también es un lugar emocionante y subestimado, que ofrece distintas culturas e increíbles contrastes paisajísticos que pueden explorarse en pocos días. Se está actualizando y convirtiendo en una ambiciosa capital árabe moderna, aunque su antiguo pasado otomano y su reciente pasado colonial todavía tienen una presencia poderosa y palpable. Al norte, los lagos están atestados de flamencos rosados, los sorprendentes bosques de intenso color verde brotan de la costa, y las llanuras onduladas se ven salpicadas de plantaciones de olivos y cítricos. Al sur, las arenas siempre mágicas del Sáhara se extienden profundamente hacia el interior de África y se conservan las tradiciones de los bereberes.

La proximidad de Túnez a la península Itálica se ha cobrado su precio en la historia, y tras casi tres mil años de invasión y colonización, se descubren innumerables sedimentos culturales, a veces patentes y a veces apenas detectables. Desde las técnicas de decoración de la antigua Tiro fenicia hasta las encantadoras camionetas Renault 4 preciosamente conservadas que pasan zumbando por las calles de Cartago, cortesía de la colonización francesa, la mezcla es fascinante. Las cúpulas otomanas y los minaretes de la dinastía hafsí que las preceden llenan las medinas antiguas, mientras que el estilo liberty y los edificios de apartamentos art déco se alinean en las calles de las ciudades modernas. Kairuán, una de las ciudades sagradas del islam, está rodeada de increíbles restos de la ocupación púnica y romana y de villas de asentamientos sicilianos abandonados en ruinas.

Desde la independencia, Túnez se ha abierto su propio camino, escapando al destino de muchos países recién descolonizados y desarrollando una economía fuerte a pesar de su modesto tamaño y de su escasez de recursos naturales. La cara del presidente Zin El Abidín Ben Alí está por todas partes, reluciendo en las vallas de cualquier calle principal y en fotos enmarcadas en todos los edificios públicos. Sus dos décadas de mandato autocrático han aportado un progreso estable y prudente: es un gobierno que ha luchado contra la pobreza y ha priorizado claramente la educación y la salud públicas. El Foro Económico Mundial declaró Túnez el país más competitivo de África, y la inversión extranjera se ha prácticamente doblado en los últimos años. El resultado es un nivel de vida y estabilidad que no tienen los ricos países petroleros vecinos, como Libia y Argelia. Ben Alí emprendió su quinto mandato de cinco años en el 2009, con poco menos del 90% de los votos. Aunque sea un resultado pobre comparado con su aplastante aprobación electoral previa –frente a partidos opositores oficialmente sancionados y con poca tolerancia al desacuerdo público–, lo cierto es que seguirá gobernando mientras él quiera.

Túnez se siente muy occidentalizada, especialmente la capital. Ben Alí ha seguido los pasos del gran arquitecto de la independencia, Habib Burguiba, que gobernó con el mismo vigor (aunque siendo mucho más radical) durante 30 años y que dio al país un vuelco laicista, especialmente en la búsqueda de la igualdad de derechos para las mujeres. La llamada islámica al rezo organiza el día, pero las mujeres eligen llevar velo o no, y la gente bebe alcohol si quiere. Los centros comerciales y urbanizaciones están proliferando en la periferia de Túnez. El integrismo ha sido acallado. Pero la influencia occidental es solo superficial: la familia lo es todo, y las buenas costumbres son imperecederamente –y profundamente– tradicionales. Las grandes marcas han llegado a Túnez, pero se hacen pocas concesiones a las tendencias globales (para muchos viajeros, es un alivio). Los jóvenes son cultos y cosmopolitas, aunque cada vez miran más a Oriente Próximo en lugar de a Francia como parámetro cultural; los homólogos árabes de Túnez ven el país como un jugador de nivel regional, y no lo consideran provinciano y rezagado.

 El gobierno tunecino lleva mucho tiempo actuando como defensor islámico de lo occidental, y ha servido de elemento conciliador y pacificador. El viajero hallará gente que se entusiasma ante la posibilidad de debatir la política exterior de EE UU y Europa; aunque pierden todo interés cuando se les proponen cuestiones nacionales. Muchos han aprendido a renunciar a sus esperanzas en el Gobierno: aunque la constitución defienda la libertad de expresión, de hecho no existe, ya que la prensa está controlada y practica la autocensura, y los periodistas que son abiertamente críticos pueden terminar en prisión.

En general los tunecinos están orgullosos, con razón, de su país, y parecen creer que vale la pena sacrificar la libertad democrática a cambio de lo que han conseguido en tan poco tiempo desde la independencia (hasta el momento, al menos). Sin embargo existe la sensación de que el cambio es inevitable, incluso en tiempos de dificultad económica, o probablemente a causa de ella. Túnez atrae a una gran cantidad de compañías extranjeras de servicios e innovación para las que la preparación tecnológica es clave; para que el país siga siendo económicamente competitivo, la comunicación en línea debe estar menos estrictamente controlada y ser de más amplio alcance.

El turismo integra una parte muy amplia de la economía, pero los tunecinos se muestran sorprendidos y encantados ante la presencia de viajeros independientes. Aunque reciben a unos siete millones de turistas al año, a menos que uno tome un hotel con todo incluido en Hammamet, Susa o Yerba en julio, surge la incógnita de dónde estarán los otros 6 999 999. Y si bien hay muy pocas cosas que atraigan precisamente a la clientela de los centros hoteleros, eso no quiere decir que no sea fácil viajar. Se descubrirán hoteles con encanto que son puros cantos del cisne colonial, cafés y restaurantes donde se puede disfrutar de especialidades magrebíes, platos de pasta casera o pasteles perfectos por un precio ridículo comparado con Italia o Francia, y a menudo con el incomparable valor histórico añadido de un yacimiento asombroso sin ningún turista a la vista. El transporte público del país es barato y fiable. Además, hay nuevas generaciones de hosteleros, restauradores y comerciantes que siguen los pasos de la oferta de calidad de Marruecos y que están generando un gran número de alternativas con estilo y encanto a las cadenas monolíticas y los zocos turísticos, pero con un verdadero estilo tunecino, mucho más tranquilo y asequible. El país más relajado y hospitalario del norte de África puede convertirse, así, en el más interesante.

Fuente: Túnez 2 (enero del 2010)