Senegal

Viajar a Senegal

Entre todas las fronteras africanas trazadas al azar, el caso de Senegal y Gambia quizá sea el más curioso. Una mirada rápida al mapa obliga a plantearse por qué esas dos naciones están así, como una astilla anglófona clavada en un inmenso costado de tierra francófona. Los dos países están unidos por muchas cosas, más de las que a sus ciudadanos les gusta admitir. El wolof, la principal lengua en ambos, y las playas de arena, que abrazan el Atlántico con sonrientes bahías, se encogen de hombros ante la idea de una frontera establecida por el hombre.

Mientras que, por un lado, las identidades nacionales están claramente definidas y, a menudo, se oponen ferozmente; por otro, antiguas civilizaciones se extendieron por estos territorios, uniendo a sus pueblos. A ambos lados de la frontera entre Senegal y Gambia, los griots (trovadores de África occidental) invitarán al viajero a escuchar sus narraciones épicas sobre las proezas del héroe del s. XIII Soundiata Keïta y las batallas históricas del Imperio de Kaabu, acompañando su poesía del sonido de una kora (arpa-laúd). En los locales nocturnos de Dakar y Banjul la gente contornea sensualmente sus caderas al ritmo del mbalax, mientras los cantos de devotos musulmanes sobrecogen la noche. ¿Sonidos contradictorios? En Senegal y Gambia, no. Aquí la cultura está formada por un mosaico de atractivas paradojas, la lógica se escurre entre los dedos como la arena fina y la realidad desafía tenazmente a la razón. Cuando la gente se mueve por las ciudades parece como si estuvieran realizando un viaje a través del tiempo y el espacio. Un hombre de negocios puede cambiar su traje de diseño por un ondeante boubou y arrodillarse en medio de la calle para ofrecer su oración del viernes. Uno se encuentra a combativas feministas dentro de matrimonios polígamos en los que han esculpido nichos de asombrosa libertad. E incluso los más firmes defensores de la lógica pueden llevar amuletos protectores en secreto, como copias de seguridad para posibles cortes de energía de la razón.

Pero los contrastes más agudos son los económicos. Hasta el viaje más corto por Dakar lo deja patente. Mientras que un pequeño porcentaje de la nación conduce llamativos todoterrenos, la mayoría de la población se queda escupiendo el polvo que estos levantan a su paso. Lustrosas coctelerías, boutiques de las mejores marcas y hoteles de lujo tienen su clientela local, pero aquellos que tienen que escoger entre comprar un trozo de pan para desayunar o un billete de autobús hasta la ciudad son mucho más numerosos. Aun así, dando un paseo por las calles de Dakar que recorren los buscavidas, es difícil escapar a la sensación de que las posibilidades son infinitas, de que un día la energía creativa que se invierte en ingeniar astutas estafas y agresivas estrategias de venta de recuerdos se aplique a la creación de unas pocas empresas.

En Senegal, el terreno político parece fértil, y es que el país no solo es estable, sino que es una de las pocas naciones de África en las que el debate es posible. En el 2008 demostró, una vez más, la madurez de su democracia cuando la alianza de la oposición ganó las elecciones municipales en las principales ciudades y el Gobierno aceptó el tirón de orejas. Esos dramáticos resultados fueron ruidosamente debatidos junto a la jornada de fútbol, cuestiones maritales y cotilleos de famosos en diminutas tanganas (cafeterías de carretera), o tomando un cargado té ataaya en las callejas arenosas de los animados barrios de Dakar. En Gambia, donde la idea de que el Gobierno pueda ofrecer un hueco a las voces de la oposición resulta un tanto alienígena, la gente contuvo la respiración ante los inesperados resultados de Senegal. Mientras que los gobernantes de Senegal siempre han querido mostrarse a sí mismos como partidarios de la democracia, francófilos y gobernantes de gran talento e inteligencia, el líder gambiano, Yahya Jammeh, se ha modelado según su idea de un legendario héroe de África occidental. Desde su golpe de estado en 1994 ha gobernado la nación como un monólogo, tomando fuertes medidas contra las críticas, potenciando los servicios secretos e intentando impresionar con sus grandes togas, su bastón real, sus rosarios de ébano y sus invocaciones de poderes mágicos. Como resultado, la gente es más recelosa a la hora de expresar sus ideas políticas y el viajero no podrá entablar discusiones políticas ni religiosas tan fácilmente como en Senegal.

Aun así, ambos países suelen ser seguros para el viajero y, aunque sin duda se cruzará con varios estafadores y “cazaclientes” infatigables, la auténtica hospitalidad resultará ser un compañero más fiel. Si se aleja de los principales centros turísticos y de la persistente presencia de la arena de Sahel, se llevará a casa recuerdos de evocadores encuentros. 

Fuente: Gambia y Senegal 2 (septiembre del 2009)