Nombre oficial: República Dominicana Superficie: 48.730 km² Población: 8,71 millones hab. Capital: Santo Domingo (2.000.000 hab.) Nacionalidades y etnias: 73% mulatos, 16% descendientes de europeos, 11% descendientes de africanos Religión: 95% católicos Régimen político: democracia representativa Presidente: Leonel Fernández
PIB: 43.700 millones de dólares PIB per cápita: 5.400 dólares Crecimiento anual: 8,3% Inflación: 5,1% Principales recursos económicos: turismo, azúcar, níquel, oro, cemento, tabaco Principales socios comerciales: EE UU, Venezuela, Bélgica, México, Japón
Visados: todos los visitantes deben tener su pasaporte en regla con una vigencia de más de seis meses para estancias de hasta 60 días. Los ciudadanos de Andorra, Antigua & Barbuda, Argentina, Aruba, Bahamas, Barbados, Brasil, Canadá, Curaçao, Francia, República Checa, Alemania, Hungría, Islandia, Israel, Jamaica, Corea del Sur, Liechtenstein, Mónaco, Rumanía, Rusia, Polonia, Surinam, Suiza, Estados Unidos, Serbia y Montenegro, Chile, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela pueden optar a un visado de turista de un máximo de 90 días. El resto de visitantes precisarán un visado convencional. Se recomienda consultar los últimos requisitos para visados en el consulado dominicano correspondiente. Condiciones sanitarias: Malaria, dengue, disentería, guiardia, fiebres tifoideas, hepatitis A y B. El agua del grifo no es potable, y debe recelarse de la comida que se haya lavado con agua corriente. Hora local: GMT-4 Electricidad: 115-125 V, 60 Hz. Enchufes de dos y tres clavijas planas; muchas zonas están sometidas a apagones de hasta 12 horas diarias Pesos y medidas: sistema métrico con algunas unidades estadounidenses Un Carnaval no es suficiente para Santo Domingo, ciudad amiga de las fiestas: la celebración anterior a la Cuaresma, festejada en todo el país, siempre se inicia dos o tres días antes del 27 de febrero (Día de la Independencia) y finaliza unas jornadas después. Este gran acontecimiento combina la descompresión católica con la espiritualidad africana, ornamentada con fantásticos disfraces, carrozas espectaculares y ron a voluntad. El segundo Carnaval se inaugura el 15 de agosto, coincidiendo con el Día de la Restauración (aniversario de la declaración de guerra a España). Las fiestas de agosto quizá parezcan algo más tranquilas, pero no dejan de constituir una ocasión ideal para lucir plumas y lentejuelas. La República Dominicana organiza otro gran evento durante la última semana de julio y la primera de agosto, el Festival de Merengue, epicentro de este ritmo y que congrega en Santo Domingo a los mayores talentos del planeta, para sumergir la ciudad y sus alrededores en música y baile. Se celebra otro festival de merengue en Puerto Plata durante la primera semana de octubre. Si apetece variar un poco de ritmo, no hay que perderse los tres días del Festival de Música Latina que acontecen en la capital, al que asisten los artistas más renombrados de este género musical, desde Enrique Iglesias y Ricky Martin a Tito Rojas y Fernando Villalona. También merece la pena acudir a otros eventos, como el Festival Cultural que se celebra en junio en Puerto Plata, con una semana surtida de conciertos de jazz, blues, merengue y folk por toda la urbe; el Cabarete Alegría, en el que el país dedica todo el mes de febrero a divertirse, con actividades de fin de semana tales como carreras de bicicleta de montaña, competiciones de vuelo de cometas o concursos de castillos de arena, y el Encuentro Classic, un espectáculo de windsurf conocido internacionalmente que enfrenta a las estrellas de este deporte con la estación de los huracanes en Cabarete. La época indicada para acercarse a Sosúa, repleta de bares y restaurantes, se focaliza durante la Semana Santa. Gentes de toda la nación afluyen a esta población situada junto a la bahía para participar en competiciones de voleibol, emborracharse, tumbarse al sol y bailar durante toda la noche. En definitiva, la gran juerga. Santo DomingoLa capital de la República Dominicana y primera ciudad europea del continente americano se corresponde a una localidad caribeña dinámica, excitante, contaminada, a veces peligrosa y siempre interesante. Por mucho que se alargue la estancia del visitante en Santo Domingo, siempre le quedará algo por ver o hacer. Existen más vestigios coloniales en la urbe de los que es posible conocer en un solo viaje, y resulta inexcusable abandonar el país sin haber descubierto la Zona Colonial, punto de partida de la conquista española de las Américas, lugar de desembarco de colonos, comerciantes y conquistadores, así como centro administrativo gobernado por Diego, hijo de Cristóbal Colón. La ciudad también se enorgullece de albergar la catedral más antigua del continente americano, la catedral Primada de América. El cercano parque Colón, además de poseer una estatua del almirante al que debe su nombre y suponer un hervidero de actividad, también está considerado el punto de encuentro de los residentes en la zona. La urbe rebosa los más variopintos museos, desde los dedicados a la historia indígena y colonial, hasta el del ámbar y otro acerca de los productos más importantes del país. Sus jardines, zoológicos y parques la convierten en una ciudad frondosa. Y, cuando ya se ha absorbido la suficiente dosis de cultura, se puede disfrutar toda la noche en la multitud de discotecas y bares que acogen sus calles. Añádase a lo dicho una oferta de restaurantes bastante atractiva, y se conseguirá la receta de un viaje fantástico. Santiago de los CaballerosLa segunda ciudad en importancia de la República Dominicana, Santiago de los Caballeros, se presenta como una urbe aristocrática y algo provinciana. Sustenta el eje comercial del valle del Cibao, la zona industrial de la nación, donde las fábricas procesan azúcar y tabaco en bruto para convertirlos en ron y puros. Santiago se enorgullece de poseer una próspera industria y una de las mejores universidades del país. El ritmo de Santiago, pausado y elegante, resulta una agradable sorpresa para los escasos viajeros que se acercan a ella. Carece de monumentos remarcables así como de una vida nocturna muy excitante, pero cuenta con diversos restaurantes y museos interesantes para pasar un día relajado. Posiblemente, la actividad más popular de la población sea el paseo por la calle del Sol, la principal vía de la urbe y una agradable zona comercial. Sus gentes poseen un aspecto distinguido y muchos dedican el descanso dominical a pasear por el parque central en coches de caballos. Se convierte en un simpático tributo a la tradición en una localidad que está cambiando con inusitada rapidez. Costa del ÁmbarLa costa septentrional de la República Dominicana debe su nombre a los yacimientos de ámbar más ricos del mundo, situados en las montañas de las cercanías. Su reputación se justifica con los 120 km de bellas playas al este de Puerto Plata. Se erige como la zona más desarrollada de la isla, aunque, por desgracia, gran parte está focalizada al turismo de masas procedente de Europa. Sin embargo, permanecen diversas ciudades pequeñas con un ambiente relajado en sus restaurantes de tejado de palma, y sus pensiones locales prevalecen sobre la arquitectura de edificios amorfos de hormigón propia de los complejos turísticos. Puerto Plata, el eje principal de la costa, posee la vida callejera, arquitectura pintoresca y plazas arboladas propias del país, pero también demasiados complejos turísticos de baja calidad que han contaminado su carácter. Aparte de sus superpobladas playas, otras posibilidades de diversión se centran en los paseos por el malecón o el funicular que se eleva hasta la cima de la montaña Isabel de Torres, de 780 m de altura, que domina la ciudad. SosúaSosúa es algo más que otra urbe de playas paradisíacas, donde su atraso en concepto de infraestructuras se ve contrarrestado por sus extensas costas de arena y cocoteros. Perduran enclaves idóneos para quienes deseen tomar el sol o degustar las delicias de un buen restaurante y disfrutar de su animada vida nocturna, pero muchos desconocen la interesante historia de esta comunidad. La zona al completo perteneció a United Fruit hasta finales de la década de 1920, cuando el dictador Rafael Trujillo compró el terreno por un módico precio y obtuvo pingües beneficios al venderlo a organizaciones judías estadounidenses. Estos grupos adquirían tierras para los hebreos que huían de Europa Central ante el creciente antisemitismo. En 1940, unas trescientas cincuenta familias judías se trasladaron a la localidad y dedicaron varios años a desarrollar un producto agrícola que pudiera prosperar bajo el clima tropical y sobrevivir al largo trayecto por tierra hasta Santo Domingo. Criaban ganado para obtener leche, queso, salchichas y otros productos; con los beneficios, construyeron un sistema de distribución. Pero en la década de 1960, los campesinos se apropiaron ilegalmente de las tierras de cultivo, inutilizándolas para el pastoreo. La policía se negó a ayudar a la comunidad hebrea, y la mayoría optó por emigrar a EE UU o Israel. En la actualidad únicamente permanecen algunas de estas familias, pero si se desea obtener una rápida visión de su fascinante historia se puede visitar el Museo de la Comunidad Judía, antes o después de broncear la resaca junto a las aguas claras y brillantes (también ideales para el buceo, por cierto). CabareteSe puede afirmar que es el destino indicado para unas vacaciones: cuenta con una enorme y preciosa bahía, considerada una de las mejores del planeta para la práctica del windsurf; sus hermosas playas de arena blanca parecen de postal; y si lo que se desea es una suite con bañera de agua caliente junto a un servicio de habitaciones que sirva una cena de langosta y champaña, Cabarete aparece como el enclave idóneo. No se pueden obviar sus bares y discotecas, con música en directo todas las noches y frecuentados por gente engalanada y con ganas de disfrutar. Incluso para aquellos que no se sientan seducidos por la imagen de veinteañeros europeos semidesnudos disfrutando de la playa y el surf, se debe reconocer que la vista del mar es espectacular. El windsurf atrae a ciudadanos de los cinco continentes, y resulta factible alquilar el equipo completo, además de apuntarse a clases con cualquiera de los monitores que se hallan en la misma playa. Para los que prefieran disfrutar del surf, es importante tener presente que algunas de las mejores olas dominicanas rompen justo al oeste de Cabarete, sobre arrecifes de coral que bien merecen una excursión. Igualmente, es posible alquilar tablas de surf y boogie boards. SamanáEn muchos aspectos, Samaná refleja una imagen de típica ciudad tranquila y tropical, con casas coloreadas pegadas como lapas a las verdes laderas y mecidas por cocoteros. Existe un par de locales donde tomar una copa y admirar la bahía (de tal importancia estratégica en el pasado que estuvo ocho años ocupada por EE UU), y el Norte acoge escasos complejos turísticos. El principal motivo para llegar hasta esta zona reside en su generosa naturaleza: Samaná resulta el punto de partida perfecto para explorar los tesoros más preciados de la República Dominicana. Siete kilómetros hacia el Sur, el idílico cayo Levantado presenta selvas frondosas y tres playas espectaculares que suelen aparecer desiertas hasta la llegada de autobuses repletos de turistas, alrededor del mediodía. Los itinerarios para senderismo y las bellas vistas potencian el atractivo del lugar. Hacia el Oeste, el Parque Nacional de los Haitises ofrece numerosas islas alfombradas de selvas y tupidos manglares, indicadas para explorar en barco. El mayor espectáculo, sin embargo, se desarrolla en la bahía durante los meses de enero y febrero: aproximadamente el 80% de los rorcuales del mundo se aparean y crían frente a las costas de la República Dominicana. Para atraer a las hembras, los rorcuales macho elevan al aire sus cuerpos de 40 toneladas, para luego caer al agua salpicando mares de espuma (ellas también lo hacen, aunque evitan volar tan alto para proteger el frágil ego de los machos). Los patrones de embarcación de la zona cobran entre 25 y 40 dólares por adentrarse en la bahía. JarabacoaA los lugareños les gusta denominar a su ciudad la Suiza de los trópicos. El apodo no puede considerarse muy acertado, pero la urbe tiene carácter. El clima casi templado -sus gentes parecen vivir en una primavera perpetua- favorece el cultivo de cerezas, manzanas y fresas, que cubren las laderas de las montañas. Como corresponde al ambiente primaveral, en las tardes de los fines de semana el Parque Centralse halla atestado de jóvenes enamorados. Más avanzado el día, las calles que rodean el parque atraen vehículos de todo tipo que pasean, lentamente, por la localidad. Numerosos dominicanos acaudalados poseen una segunda residencia en Jarabacoa, donde se refugian de los excesos de la naturaleza en las tierras bajas durante el verano. La zona cuenta con atractivos tales como cataratas, estanques para nadar y lugares para practicar el senderismo y la equitación; incluso posee un campo de golf. Tras agotarse con el deporte preferido, se puede volver a la urbe para tomar una relajada comida al aire libre o una copa en los bares locales. ConstanzaSi se pretende conocer el interior de la isla, el mejor punto de partida se ubica en la población del municipio, situada en la cordillera Central, a 1.200 m de altitud. Rodeada de frutales, jardines de flores para la venta y bosques, el clima vigorizante de Constanza ha hecho de ella un centro agricultor muy productivo y un destino vacacional de montaña para los dominicanos que huyen de la canícula del litoral. La urbe alberga una pequeña comunidad de familias japonesas, acogidas por Trujillo para gestionar el lanzamiento de los jardines comerciales de la zona. Se puede acceder a pie hasta la catarata de las Aguas Blancas, a 10 km al sur de la ciudad, explorar las selvas vírgenes de la cercana Reserva Científica Valle Nuevo, o darse un baño en el río del lugar (a una temperatura como para poner la carne de gallina). Constanza no está muy bien acondicionada para acoger turismo, y únicamente cuenta con algunos hoteles rudimentarios. Pero no hay que preocuparse de la comodidad de la habitación si la idea es pasar la mayoría del tiempo respirando aire fresco y disfrutando del campo. Parque Nacional Armando Bermúdez y José del Carmen RamírezLa República Dominicana estableció este parque nacional en 1956 con la esperanza de impedir que la creciente deforestación del país alcanzara los límites del vecino Haití. Fue todo un acierto: la cordillera Central, que cuenta con las cimas más altas del Caribe, atrae a senderistas de todo el planeta. Doce de los principales ríos de la nación fluyen por estas montañas, incluido el único río de aguas bravas del país, el río Yaque del Norte. Los rápidos no son muy peligrosos (incluso se puede navegar por el río en colchonetas hinchables de piscina), pero sirven para pasar un día divertido. El ráppel, el piragüismo y el senderismo se han popularizado sobremanera y cualquier monitor de los alrededores del parque puede ayudar a iniciarse. Es recomendable ir provisto de material propio, así como de un buen abrigo. En las montañas hace bastante frío: en diciembre y enero es habitual encontrarse con valores negativos. Existen 14 lugares para acampar y docenas de pistas de senderismo. Se erige como uno de los paisajes naturales más espectaculares del Caribe, y merece la pena escapar de los itinerarios más trillados. Península de PedernalesCon tres parques nacionales singulares e impresionantes, una estación de investigación científica y centenares de kilómetros de costa caribeña, cabría pensar que la península de Pedernales está siempre abarrotada de todo tipo de turistas. Por desgracia (o por fortuna, según el punto de vista), los visitantes no cuentan con un camino apacible, y únicamente los viajeros independientes y arriesgados alcanzan la meta. En este enclave se puede disfrutar, prácticamente en soledad, de uno de los paisajes más extraordinarios de la República Dominicana. El centro urbano, Barahona, es una comunidad costera azotada por el viento que vive de la minería y la caña de azúcar, en absoluto del turismo. La bahía resulta un lugar excelente para bucear, y en ella abundan meros, tiburones nodriza y manatíes. En la cercana Reserva Científica Laguna Rincón se protege y estudia el mayor lago de agua dulce de la República Dominicana. Hay tortugas jicoteas, garzas de Luisiana, flamencos de Florida y muchas plantas acuáticas endémicas para regalarse la vista. Con las cimas de la Sierra de Neiba como fondo, se podrán sacar fotografías preciosas para impresionar a los amigos al volver a casa. Otras zonas naturales protegidas engloban el Parque Nacional Jaragua, una gran reserva, árida en comparación con el resto del territorio dominicano, con 130 especies de aves; y el Parque Nacional Sierra de Baoruca, que abarca una exuberante región montañosa alfombrada de orquídeas. El tercer parque de la zona comprende una isla al completo, situada en el centro del lago Enriquillo: el Parque Nacional Isla Cabritos, que acoge múltiples tipos de animales, pero la mayoría de visitantes se acercan para observar los numerosos cocodrilos. Los primeros habitantes conocidos de la República Dominicana arribaron a la isla alrededor de 2600 a.C., en piraguas que les permitieron surcar la corriente desde América del Sur hasta las Antillas. Se trataba de cazadores-recolectores nómadas que utilizaban herramientas de piedra y dejaron muy pocos vestigios para disfrute de los arqueólogos. Un segundo grupo, generalmente conocido como los salanoides o antiguos arahuacos, llegó alrededor de 250 a.C. Este pueblo, fácil de localizar gracias a su característica cerámica, se expandió por todo el Caribe. Una tercera migración, procedente de Venezuela, se extendió por las Antillas hace unos dos mil años y, alrededor de 700 d.C., ya poblaban la actual República Dominicana y la mayoría de las islas cercanas. Su estructura social, compleja y jerarquizada, dio pie a la especialización: la pesca, la religión, el arte y la agricultura. Se denominaban a sí mismos taínos (pueblo amable), y se estima que unos cuatrocientos mil habitaban en la isla cuando Cristóbal Colón bajó de la carabela para dirigirse a su encuentro. Las tribus de otra isla habían comunicado al conquistador que en estas tierras encontraría oro. Colón, ansioso, zarpó al anochecer en su búsqueda, y la Santa María naufragó cerca de sus costas. El aventurero bautizó a la isla La Española en diciembre de 1492 y, al año siguiente, regresó con un millar de colonos preparados para convertirla en el centro del nuevo Imperio Español. Obligaron a los taínos a trabajar para conseguir sus objetivos y, al cabo de seis años de su llegada, ya habían sido diezmados por las crueles condiciones laborales y las enfermedades provenientes del Viejo Continente. Aunque algunas comunidades independientes sobrevivieron en las zonas más inaccesibles de la isla, se perdió gran parte de la cultura original. El primer asentamiento español, próximo a La Isabela, fue abandonado al cabo de pocos años, y los colonos se trasladaron a la actual Santo Domingo. Fue allí donde el hijo de Colón, Diego, intentó continuar la obra de su padre. Sin embargo, el oro de La Española se agotó con bastante rapidez, y Santo Domingo perdió su predominio debido a los hallazgos de oro y plata en México y Perú. Los piratas saqueaban los asentamientos españoles, especialmente el situado en el actual Haití, y finalmente España renunció al tercio occidental de la isla, que cedió a Francia en 1697. Probablemente acabarían arrepintiéndose, puesto que los franceses lo convirtieron en el mayor productor mundial de caña de azúcar. Al principio, la rebelión de esclavos haitianos fue apoyada por los españoles, pero esta política se volvió en su contra cuando el líder revolucionario Toussaint L'Ouverture invadió la parte oriental de La Española, tomó Santo Domingo y liberó a los cuarenta mil esclavos que permanecían en la isla. Esta situación obligó a gran parte de la elite española a trasladarse a islas vecinas, como Puerto Rico y Cuba. Con el tiempo, Toussaint tuvo que retirarse a los antiguos territorios franceses, y Haití declaró su independencia en 1804. En 1821, los haitianos invadieron de nuevo la mitad oriental de la isla, en la que permanecieron 23 años. Durante la ocupación saquearon el país, liberaron a los esclavos (otra vez) y paralizaron toda actividad económica. Simultáneamente, apareció un movimiento nacionalista dominicano incipiente, que envió a los invasores de nuevo a la zona occidental de la isla en 1844. El líder de esta importante revolución, Juan Pablo Duarte, resultó ser un caballero español muy contestatario, en la actualidad aclamado como el Padre de la Patria. Numerosos militares y familias adineradas se disputaron el control del gobierno en ciernes, mientras el general Santana permitió que España anexionara la república con la única intención de mantenerse en el poder. La población dominicana, pobremente armada, luchó contra el ejército español tan bien que, el 3 de marzo de 1865, Isabel II anuló todas sus aspiraciones sobre la isla. Desde entonces, la República Dominicana es totalmente independiente. Pero no se atisbaban buenos tiempos: la guerra había causado múltiples daños en la infraestructura urbana y la economía agraria. Entraron en escena más militares y familias acaudaladas, que se disputaron durante los 35 años siguientes lo que quedaba. Se produjo algún progreso, especialmente bajo los gobiernos liberales del general Luperón, el padre Arturo (1879-1882) y Ramón Cáceres (1905-1911), pero se respiraba una situación de caos generalizado. Los vecinos estadounidenses advirtieron en la inestabilidad caribeña una oportunidad de expansión y, en 1916, aparecieron tropas de EE UU. Al igual que los españoles, que perdieron el interés cuando se agotó el oro, los estadounidenses dejaron de interesarse por la isla cuando quedó patente que los alemanes no iban a atacar el canal de Panamá, con lo que la República Dominicana dejó de considerarse un enclave estratégico. En 1924, las tropas se retiraron y llegó al poder el presidente Horacio Vázquez. El nuevo gobernante construyó carreteras y escuelas, puso en marcha programas de irrigación y la economía dio un salto hacia adelante. En el momento en que todo parecía encarrilarse, Rafael Leónidas Trujillo, cabeza del ejército (que llevaba años malversando fondos del presupuesto militar, pero a veces la riqueza no basta), obligó a Vázquez a dimitir movido por sus ansias de poder. Entre 1930 y 1947 (e indirectamente hasta 1961), Trujillo prescindió de las formalidades democráticas e instauró una política de terror: la represión, el asesinato y la tortura coexistieron con la construcción, la reforma agraria y el éxito económico de la administración trujillista. La vuelta de las elecciones democráticas enfrentó de nuevo a las fuerzas tradicionales: los liberales reformistas, los militares y las familias adineradas se disputaban el poder. La República Dominicana mantuvo la diversificación de su economía, construyendo escuelas y, poco a poco, progresando a pesar de sus gobiernos (por no mencionar los apagones, cada vez más frecuentes, provocados por unas centrales de energía insuficientes respecto al aumento de la infraestructura). Al presidente Leonel Fernández Reyna, un abogado criado en la ciudad de Nueva York cuya política de privatizaciones mejoró la economía del país (aunque no consiguió sacar a la mayoría del pueblo dominicano de su pobreza), le sucedió en el año 2000 Hipólito Mejía, del Partido Revolucionario Dominicano. Sus promesas electorales se fundamentaron en la creación de programas sociales, la reforma de la educación y la mejora de la economía. Sin embargo, en las siguientes elecciones generales, celebradas en mayo de 2004, Leonel Fernández volvió a conquistar la presidencia. Todo un abanico de culturas ha dejado sus huellas en la sociedad dominicana. La cocina y la medicina taínas siguen practicándose, y diversas palabras del taíno (como hamaca) salpican nuestra lengua. Los colonos españoles legaron al país su idioma, su cultura y la religión católica. Los africanos llegados como esclavos aportaron su propia fe, que en la actualidad está estrechamente ligada a la religión europea preponderante, así como su música y arte. Hasta el ejército estadounidense ha dejado en herencia valores culturales: los dominicanos adoran el béisbol. Resulta una mezcla embriagadora. La música y el baile fundamentan el núcleo de la cultura dominicana. El ritmo más popular es el merengue, que se escucha con el volumen muy alto en todo el espectro territorial. Más pausada resulta la bachata, música del campo dominicano, con muchas canciones tristes y desgarradoras. La salsa aparece como el tercer género musical favorito en la República Dominicana, aunque también se puede encontrar jazz, rock, hip-hop y cualquier sonido que invite a contornear la cintura. El panorama artístico del país permanece bastante activo, en gran parte gracias al dictador Rafael Trujillo (en el poder desde 1930 a 1961). La libertad creativa no fue precisamente el fuerte de su gobierno, pero sí la pintura. Fundó la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1942, que supuso el inicio de la tradición pictórica en la nación. El arte primitivo, que presta menos atención a la perspectiva y la luz y más al color y la acción, también se ha popularizado con profusión. Si se desea conocer las últimas tendencias, se convertirá en ineludible una visita al Museo de Arte Moderno de Santo Domingo. La arquitectura también constituye una parte importante de la cultura dominicana, desde los edificios coloniales españoles, muy bien conservados, de Santo Domingo, hasta las haciendas de vivos colores campestres. El color y el estilo predominan en todos los rincones del país, originándose paisajes muy interesantes. Durante la estancia en la República Dominicana, no está de más tener presente que los buenos modales serán de gran ayuda en cualquier situación. Las quejas y protestas, por el contrario, sólo servirán para quedar en ridículo. Es mejor tomarse una copa más, relajarse y disfrutar. Después de todo, ¿cuántas veces se va a estar en un paraíso tropical? · Baud, Michiel: Los cosecheros de tabaco: la transformación social de la sociedad cibaeña, 1870-1930, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Santiago de los Caballeros, 1996 · Furst, Peter: Don Quijote en el exilio, Anaya; Mario Muchnik, Madrid, 1997 · Vargas Llosa, Mario: La fiesta del chivo, Ediciones Alfaguara, Madrid, 2001 · VV AA: Historia del Caribe, Editorial Crítica, Barcelona, 2001 · Bertran, Josep: Viaje al fin del mundo con la tuna y sin un duro, Editorial Lerna, Barcelona, 1997 · VV AA: Cocina dominicana, Icaria Editorial, Barcelona, 1996
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